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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

La salsa del virus

Caminanos hacia una fricción incompatible con el verano: pende de un hilo la solución drástica de acabar con el ocio nocturno, tomada ya en Cataluña, para evitar que la covid-19 se expanda entre frotaciones de cuerpos, traspasos de copas y sudorosos bailes. Ha corrido como la polvora la imagen de un yate en el sur de Gran Canaria, en cuya cubierta florecían como margaritas cientos de cabezas moviendose al ritmo de una música sensual, como no podía ser menos en época de bronceado. Ni el grumete de la enloquecida embarcación llevaba la mascarilla de rigor. En puridad, detectada la jarana, lo suyo hubiese sido impedir el desembarco del pasaje para someterlo a aislamiento para conocer su evolución prepandémica. Meterse en la boca de lobo discotequero es casi como entregarse a una ruleta rusa, de la que el adolescente sale para situarse al día siguiente -jornada de resaca- en una comida familiar en la que introduce, como plato extra, el virus que se ha pillado por una gotita (vuelve otra vez la gotita, la que lo pega todo) con la que lo bañó un entretenimiento que se había buscado y que le hablaba a gritos sobre sus labios. El verano es la peor estación para dar marcha atrás, para pasar del desconfinamiento a un confinamiento light que amenaza las vacaciones y su consiguiente desparrame en el máximo de localizaciones, posiciones y criterios. Hasta que llegó la llamada nueva normalidad el foco sanitario por excelencia estaba en los mayores, mientras que ahora los estragos del despertar se centran en los menores de 50, como si el virus estuviese en la salsa de la actividad veraniega, en torno a los cambios de residencia estivales, en el frenesí de la noche y en la agenda de las familias, sobre todo en los cumpleaños, bodas, bautizos y primeras comuniones. La amada socialización nacional, expansiva hasta decir basta, nos va a traer más de un quebradero de cabeza. Sólo hace falta mirar a un lado para encontrarse con una fiesta peligrosa en La Graciosa, territorio virgen frente al virus. Y si miras al otro: el fútbol y sus reglas particulares, con un Fuenlabrada que ha dejado el reguero de la covid en lo que podría ser una experiencia kamikaze, atornillada por la negligencia más exhibicionista. En Canarias, el personal saca pecho para mostrar un costillar infranqueable: pero aquí nadie está a salvo de la enfermedad. La pandemia, con parsimonia, vuelve a emerger por culpa de los que se empeñan en adelantar el reloj biológico de la criatura: darla por muerta antes de tiempo, antes de que llegue la vacuna.

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