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Punto de vista

La rectificación del PP

El PP es un partido que parece estar siempre buscándose a sí mismo. Tiene una historia muy diferente a la del PSOE, mucho más breve y muy condicionada por la discontinuidad política de la derecha a consecuencia de la larga duración de la dictadura franquista. Nacido de un injerto democratacristiano realizado en 1989 en el tronco del conservadurismo español clásico, nacionalista y católico, es el resultado de unir el legado de la extinta UCD a la herencia de Alianza Popular. Desde el principio se propuso aunar a todas las corrientes democráticas no socialistas, lo que le impidió identificarse con una sola etiqueta. Bajo el liderazgo de Aznar se definió como un partido de centro y reformista al mismo tiempo que adquirió un notable protagonismo en las organizaciones internacionales democristianas y fue evolucionando progresivamente a imagen y semejanza del partido republicano estadounidense. Rajoy rebajó el perfil ideológico y sus gobiernos de estilo tecnocrático acabaron por suscitar un clima tenso en su seno que alimentó el crecimiento de Vox y Ciudadanos. La salida del gobierno dejó al PP alicaído y fue entonces cuando apareció Pablo Casado, guiado por el influjo paternal de Aznar, para rivalizar con el continuismo de Soraya Sáenz de Santamaría, cerrar el paréntesis marianista e insuflar vigor político y un aire nuevo al partido, de manera que pudiera ser otra vez el punto de encuentro de toda la derecha, como lo había sido durante casi dos décadas, excepto en algunas comunidades autónomas. Este breve repaso de antecedentes históricos contiene algunas claves tanto del nombramiento como del cese de Cayetana Alvarez de Toledo. Es un episodio más del titubeo clásico del PP, un partido con dos almas, una que obedece a un fuerte impulso ideológico y otra que lo lleva a conciliarse con su único destino posible, que es representar al conglomerado heterogéneo y plural que habita el espacio político del centroderecha. Cayetana era un símbolo de los sectores más críticos con Rajoy que hicieron posible la elección de Casado como presidente del partido, y con su destitución Casado se corrige a sí mismo y, en cierto modo, devuelve el partido a la línea política seguida por Rajoy, esquiva con la disputa ideológica, centrada en la gestión pública y templada en las formas.El relevo en la portavocía del grupo parlamentario, en particular, ha sido interpretado como una medida disciplinaria, el fin de una lucha de poder interna, un cambio de posición política o un giro estratégico hacia el centro. En su comparecencia a pie de calle ante la prensa, desprovista de cualquier signo de su estatus político, Cayetana se despachó a gusto con una declaración densa e intencionada, una pieza valiosa, con la que quiso dejar claro su desacuerdo con la decisión, en la que veía un castigo a la libertad de sus planteamientos, un respaldo al secretario general y la señal de una actitud diferente del partido hacia el gobierno. Las quejas de Cayetana tuvieron la respuesta de Pablo Casado en la reunión de la Junta Directiva. Ahondando en el motivo de la destitución, sin negar su carácter disciplinario, el líder popular dedicó su alocución a dibujar la imagen de un partido que, dijo literalmente, salga al encuentro de la mayoría silenciosa, entienda que las elecciones se ganan con persuasión además de convicciones y tenga vocación de mayoría imbatible y no de minoría indomable. Sus palabras, que parecían dirigidas a la portavoz cesada, se resumen en esta afirmación: "Un partido no puede pretender que una sociedad se parezca a él por mucha razón que tenga. Lo que debe hacer es parecerse lo más posible a la sociedad y caminar junto a ella". La frase justifica la sustitución de Cayetana, pero supone también una rectificación en toda regla de la idea sobre la relación entre partidos y ciudadanos que subyacía en el discurso que elevó a Pablo Casado a la presidencia del PP.No obstante, están por ver las implicaciones de los cambios habidos en el partido, especialmente respecto a su posición ante el gobierno. Los nombramientos hechos, ni son un mero arreglo de fachada ni traen una gran transformación al PP. El movimiento del líder popular, en todo caso, ha sido inteligente y oportuno. Se ha adelantado a los miembros del ejecutivo en la vuelta de las vacaciones, ha resuelto un desajuste interno cada vez más visible y problemático, marca distancias con Vox, pone más difícil a la coalición gubernamental seguir utilizando contra su partido el sambenito de la extrema derecha y dirige su actuación a los problemas de cada día de los ciudadanos, que esperan soluciones antes que batallas ideológicas. El PP ha adquirido un aspecto más atractivo para el nuevo curso político. Pedro Sánchez no podrá reaccionar igual que hizo en los meses anteriores ante su principal adversario. El debate de la moción de censura anunciada por Vox será una buena ocasión para apreciar la evolución del panorama político. A este PP que aspira a ampliar horizontes la prueba de fuego le llegará cuando la sociedad española escrute su disposición a colaborar con el gobierno para superar la situación actual, que muestra una obstinada tendencia a empeorar. Porque, no nos engañemos, el hecho más determinante de la política española sigue siendo la falta de conversación entre el PSOE y el PP.

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