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PAPEL VEGETAL

¿Cuándo pedirán perdón en lugar de insultarse?

Escuchamos el otro día al ministro de Sanidad alemán, el cristianodemócrata Jens Spahn, decir en público que seguramente todos tendrían que pedir perdón algún día por la dureza de algunas de las decisiones adoptadas durante la pandemia, tal vez en algún caso demasiado extremas por lo que se ha sabido después sobre el modo de comportarse el coronavirus.

Eso lo dice el ministro del Gobierno del país europeo que seguramente mejor ha sabido hasta ahora hacer frente a esa epidemia global, alguien que explica como justificación de los posibles excesos cometidos que nunca en la historia alemana han tenido los políticos que enfrentarse a tantos imponderables.

¿Cuándo escucharemos palabras así de labios de alguno de nuestros inmaduros políticos, que, sobre todo los de una oposición que no acaba de resignarse a su papel, no han hecho otra cosa que insultar y deslegitimar continuamente al Gobierno central en lugar de sentarse a buscar las mejores soluciones ante el desafío de un virus que no entiende de ideologías?

Lo primero por lo que tendrían que pedir perdón los gobiernos, todos los gobiernos, pasados y presentes, y no sólo los nuestros, es por no haber sabido tomar a tiempo medidas en previsión de una pandemia de cuya probabilidad habían advertido ya importantes instituciones.

Así, en un informe del año 2004 del Consejo Nacional de Inteligencia de EEUU se decía que "es sólo cuestión de tiempo el que aparezca una pandemia similar a la gripe de 1918/19", la llamada "gripe española", que se calcula que causó hasta cincuenta millones de muertes en todo el mundo.

Once años después, en una charla ampliamente difundida por los medios digitales, el fundador de Microsoft, Bill Gates, predijo que podría producirse pronto una epidemia causada por un virus altamente infeccioso frente a la cual el mundo no estaba preparado. El mismo Gates que se ve ahora acusado por los conspiranoicos de estar tras la actual pandemia.

"Se vis pacem para bellum" (si quieres la paz, prepara la guerra"), reza una máxima latina muy citada. Muchos políticos se han referido a la lucha contra la pandemia en términos guerreros, pero no han demostrado estar en ningún momento preparados para esa guerra tan particular contra el que les gusta calificar de " enemigo invisible".

La industria bélica es -haya o no guerra- siempre altamente lucrativa, y a los gobiernos no les ha importado nunca invertir miles de millones en defensa. ¿Por qué, sin embargo, una epidemia que se preveía que podía llegar en cualquier momento los ha cogido a todos desprevenidos? ¿No es lo primero por lo que tendrían que presentar excusas a sus ciudadanos?

Una vez estallada la pandemia, les resultó por supuesto mucho más fácil el control de la misma a las dictaduras como la China, que no tienen que preocuparse de si vulneran con las medidas que adaptan derechos civiles.

Dada la gravedad de la situación, también los gobiernos democráticos no tuvieron más remedio en muchos casos de recurrir a medidas excepcionales como la declaración del estado de alarma, la restricción y el control de los movimientos de los ciudadanos o incluso, en casos extremos, el confinamiento de la población.

Los gobiernos se enfrentaban a una situación para ellos nueva, llena de incertidumbres, en las que era siempre necesario ponderar costes y beneficios de las eventuales medidas: los costes para la economía que supone, por ejemplo, la paralización durante un tiempo de la actividad comercial e industrial y los beneficios en cuanto a protección de la salud y bienestar general de la población.

Se trata de un difícil equilibrio porque la paralización económica tiene también enormes costes sociales: desempleo, aumento de la pobreza, enfermedades físicas y mentales de las personas confinadas o despedidas de sus trabajos. Ese equilibrio no lo han sabido encontrar siempre ni siquiera los países que mejor han capeado hasta ahora el temporal. De ahí las disculpas del ministro alemán Spahn.

Pero en nuestro ruedo ibérico, en lugar de escucharles a todos los políticos, tanto del Gobierno o de la oposición, expresiones de modestia, admisiones públicas de que hubo demasiada improvisación y se cometieron errores, sólo los hemos visto culpar siempre al enfrente de los propios yerros, sólo les hemos escuchado insultos y descalificaciones . ¿Acaso les importamos algo los ciudadanos?

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