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CRÓNICAS GALANTES

Bodas bancarias

Parecería imposible, además de innecesario, que el Barça y el Madrid se fusionasen; pero en esto se nota que la banca es más seria que el fútbol. Las dos antiguas cajas de ahorro de Barcelona y de la capital andan ahora en tratos prematrimoniales que, si las llevasen finalmente al altar, demostrarían hasta qué punto los negocios son una fuente natural de entendimiento. Otra cosa son la política y el balompié, focos habituales de conflicto.

El comercio es la mejor vacuna contra la guerra. Lo descubrieron hace ya un porrón de siglos las ciudades-Estado de la antigüedad que, sin descuidar las armas, basaban su bonanza en el ejercicio de la diplomacia y el intercambio de mercancías. Los fenicios fueron, a pesar del tono despectivo con el que aún hoy se utiliza su nombre, los primeros en aplicar la fórmula, luego imitada en muchos otros lugares.

El más reciente ejemplo lo ofrece la China fundada por Mao. Sin disparar un solo tiro -ni falta que hace-, los extraños comunistas de Pekín se van adueñando poco a poco del mundo y hasta le disputan su primacía a los Estados Unidos. Por fortuna para todos, las guerras mundiales del pasado siglo han dejado paso a la incruenta guerra comercial que ahora libra el todavía emperador Donald Trump con los chinos que han convertido a su país en la fábrica del planeta.

A la más módica escala de España, el noviazgo entre Caixabank y Bankia viene a demostrar, igualmente, que el comercio -de dinero, en este caso- es capaz de diluir las más ensañadas disputas. Madrid y Barcelona, rivales así en lo político como en lo futbolístico, han sabido alcanzar un punto de encuentro en el territorio de las finanzas, que por su propia naturaleza excluye las pasiones. Más o menos han venido a decir, en estos tiempos de crisis para la salud pública y la financiera, que lo único importante son la salud y las pesetas. Lo demás, puñetas.

Suena raro que el mayor banco del país vaya a nacer como resultado de la fusión de dos de aquellas cajas ya extinguidas que tanto dinero costaron al contribuyente por su errática gestión. No es el caso de la catalana, que fue una de las pocas excepciones dentro de ese paisaje de ruina; pero sí, en general, el del viejo sistema de montepíos. Y, desde luego, el de la ex caja madrileña, que requirió más de 20.000 millones de euros públicos para salir a flote del naufragio.

Poco probable parece que la concentración de la banca vaya a ser un beneficio para el cliente; pero los que saben de estas contabilidades aseguran que, en las actuales circunstancias, no quedan muchas más opciones. De hecho, el matrimonio de estos dos bancos bien pudiera ser el punto de partida para otras fusiones de entidades de menor cuantía que necesiten hacer peña para competir en ese difícil mercado.

Probablemente se pierdan por el camino miles de puestos de trabajo, aunque eso sucedería de todos modos con la irrupción de la economía digital, que está sustituyendo a la analógica: y no solo en el ramo de la banca.

La suma de todos esos inconvenientes y daños nada colaterales oscurece, sin duda, las ventajas de la fusión que ahora anda en trámites; aunque la Bolsa ya ha dado palmas de alegría al cortejo nupcial. Números aparte, lo realmente notable de estas bodas bancarias es que, por una vez, hayan puesto de acuerdo a Madrid y Barcelona en su larga pendencia de rivalidad. Aquí y en China, el comercio obra milagros.

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