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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

La moción

Pillo el debate de la moción de censura en el Congreso de los Diputados, precisamente, cuando el portavoz del PNV toma la palabra. Aitor Esteban tiene su gracieta preparada –como todos – y dice que no va a decir nada “sobre esta patochada”. Y se va después de un minuto en una tribuna de oradores. Curiosamente llevo años escuchando que Esteban parlotea maravillosamente; a mí, si soy sincero, me asombra mucho el elogio, ribeteado de críticas positivas y premios de los periodistas parlamentarios. Su señoría es, sin duda, un buen tribuno, pero esto debe hacer decaído mucho. Para no salir del ámbito vasco, Juan María Bandrés era no solo un orador admirable, a la vez racional y apasionado, sino un abogado y ciudadano ejemplarmente comprometido con las libertades públicas y la convivencia en libertad, y no un obscuro burócrata del PNV, que se limita, como los anteriores, a sacarle la piel a tiras al presupuesto del Estado español a cambio de sus votos. Bandrés, por cierto, murió 8 días después de que ETA anunciara su disolución en octubre de 2011.

Una moción de censura puede ser ocasión de innumerables patochadas, en efecto, pero no es una necedad. Es un dispositivo constitucional relevante en el parlamentarismo español y ha sido utilizada por la nueva ultraderecha celtibérica por primera vez porque, por vez primera, dispone de una representación parlamentaria suficiente para presentarla. Por sí solo esta humilde verdad demanda más atención que el minuto de desprecio de Esteban que, en el contexto dramático del país, se parece mucho a una patochada.

Santiago Abascal es un sujeto mal escolarizado que no ha presentado un análisis político, económico y social, sino un conjunto de exabrutos guerracivilistas; que no ha precisado un proyecto de gobierno, sino que se dedicó a aventar durante dos horas un surtido de excomuniones, amenazas, escupitajos grandilocuentes, idioteces conspiranoicas y miserias morales. No existe ninguna renovación –siquiera retórica– en la ultraderecha que representan ahora Abascal y los suyos: si uno cerraba los ojos de vez en cuando le parecería escuchar una prédica apocalíptica de Blas Piñar, con la diferencia de que el señor Piñar, líder de Fuerza Nueva, era bastante más honrado e inteligente y tenía sus lecturas. Ni un átomo de las nuevas derechas populistas e iliberales se puede registrar en su discurso, sostenido en una cultura política de raíces franquistas, aguado en todo menos en la pulsión autoritaria y excluyente. Steve Bannon ni se molestaría en leer toda esa casposidad machorra y engolada. La única pequeña novedad fue la ironía dedicada a las empresas del IBEX 35, pero no pasó a mayores. Vox es una ultraderecha casi tradicionalista empapada en coñac, ahumada por puros y con una ideología de cretona incapaz de presentarse –como el trumpismo o el Frente Nacional francés– como una fuerza antiestablishment que se enfrenta a los grandes poderes económicos, corporativos y culturales en favor de los obreros y las clases medias. Y con la actual dirección política al mando no lo será nunca.

A Pedro Sánchez le brillaban los ojitos. Por supuesto se puso presidencial: así nadie podría olvidar que es el presidente democráticamente elegido y con una incuestionable legitimidad. Pero fundamentalmente dedicó su intervención a ganar de nuevo la Guerra Civil. No sé cuántas veces la ha ganado ya. Qué inmensa suerte: una derecha fraccionada en tres cachos y un presidente dispuesto a mercadear hasta con el tuétano de nuestros huesos y los límites de la Constitución con los independentistas.

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