Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Antonio Perdomo Betancor

Anotaciones en el margen

Arrecife de Lanzarote, ciudad tendida al sol, de un llano al otro llano. En la llanura marítima. Toda una tentación geométrica para arquitectos o gramáticos de las líneas y las formas. Pero el parto de esa ciudad provocó un desgarro en la arquitectura ecológica y tranquila de Lanzarote. Antes que Arrecife, le precede en el tiempo una Arrecife de castillos defensivos ideados por Leonardo Torriani al que encomendó el rey Felipe II su defensa, y que proyecta en la costa de marismas rodeada de lo profundo del océano. En las montañas interiores otros castillos, con aspilleras de fuego vigilando Berbería.

Mi glotonería de prensa escrita, de periódicos, de revistas, de libros, mi contumaz filiación al papel escrito y su lectura fue una adicción temprana e irreversible que forma mi segunda piel. Desayuno sopa de letras, grafitis, arabescos, toda esa extraña paleografía de escritura cuneiforme o fenicia dibujada en los bancos, en las tabillas, con la que los enamorados inmortalizan su eternidad de un minuto. Es entonces cuando me sale, ante toda esa tipografía, el cara a cara, la concentración de hermeneuta neurasténico. A la postre, la interpretación de los signos, de otros signos, del universo simbolizado que es la escritura y que hace al hombre el hombre que es, y que comienza, por ejemplo, cuando una montaña, por esa capacidad de abstracción simbólica, se reduce a un acento circunflejo. Nada tan elegante. Tener ante sí la montaña sin la montaña, dibujar con el trazo de carbón el nuevo poder. Qué belleza.

La observación crítica que hace Sánchez Ferlosio, envuelto en su chilaba, a la prensa diaria es que cada día contiene igual número de páginas. No importa que el mundo se hunda, que el día sea anodino o insípido. Siempre ofrece igual número de páginas. Esa crítica revela lo que ya sabíamos, la imperfección del mundo, y el fracaso del idealismo alemán. Un periódico es un precipitado, un daguerrotipo urgente de vida apremiante. Para daguerrotipo singular, Leandro Perdomo, el autor de “Lanzarote y yo”, que baja desde la Villa de Teguise, antigua capital de Lanzarote, en una calesa tirada por un caballo cuatralbo. Iba por la carretera, a un lado los bólidos cuyos conductores esbozaban rechifla y suficiencia, el caballo seguía a su trote, en ese trayecto a su paso se movían las montañas con un lento ondular de camellos. Trae Leandro Perdomo esa caballerosidad antigua, la chispa que salta del yunque de las minas donde trabajó de emigrante, lleva una extraña cadencia, leído de filosofía continental, de rebeldía de otro tiempo, del tiempo en que picaba el oro de los Nibelungos. Nos cruzaríamos en el camino, él iba en sí mismo, yo a leer la prensa, por esa filia. En este momento documental en que la historia aporta o que yo aporto, el tiempo es la medida del valor antropológico del “lugar”.

Por cierto, el antropólogo Marc Augé teoriza sobre el no-lugar. O sea, un lugar que no es. Sin embargo, el tiempo siempre concede la gracia antropológica, algo así como una bula. Así cualquier objeto humano tiene valor de verdad, como lugar. Un cascote de cemento, un residuo ruin contiene la misma huella tecnológica que una punta de flecha de obsidiana del neolítico. Arrecife, en terminología de Marc Augé, es un no-lugar, pasillo, autopista o aeropuerto. Y Arrecife comparte eso que caracteriza a los lugares de tránsito, carece del magnetismo que portan las cosas que ama el alma humana. Atrás en el tiempo el ingeniero militar Leonardo Torriani tomaba notas preliminares de los lugares, de los puntos de defensa, y que describe con minuciosidad en su Descripción e historia del reino de las islas Canarias.

Por un instante pienso que la arquitectura militar y la arquitectura religiosa son la misma arquitectura defensiva, con distintos fines en apariencia, la militar que se bifurca en las especificidades y soluciones de protección frente a los enemigos externos, y la arquitectura religiosa que alza el vuelo en defensa de la contingencia humana, el escudo que defiende de la muerte definitiva, la naciente Catedral de San Marcial de Limoges (Rubicón), arrasada por la piratería inglesa, señala teológicamente al dios verdadero, de los hombres que matan en nombre de o por otros dioses, en definitiva, avitualla la nave del último viaje. Por fin, me alejo de Arrecife, de su feroz y orgiástico desbarajuste urbanístico, de su desorden epistémico de ciudad non nata, de su tempestad de calles empotradas, abismada en su avaricia geométrica, abortada, mutilada por la mezquindad de sus habitantes y sus representantes consistoriales. Y subo por la carretera del interior junto al castillo de Guanapay, llevo magua de papel impreso, de su perfume, de su tacto, terso y sin arrugas, de su tipografía virgen hoja a hoja, de la ciudad que Arrecife pudo ser.

Compartir el artículo

stats