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José A. Luján

San Diego lagunero, 101 años

La pandemia que nos atenaza ha consolidado la tertulia virtual constituida dos años atrás por un buen número de miembros que aterrizamos en la ciudad de Aguere hace algo más de medio siglo. Blanca, Juani, Marcelo, Rosaura, Ponciano, Lourdes, Mercedes, Nelly, Ana, Bea, Ramiro, Malule, Carmina… Pily y Jesús evocan la anacrónica fuga de San Diego, que se celebra por estas calendas de noviembre, con datos históricos que verifican su celebración.

Creemos que las ciudades universitarias aquilatan eventos frívolos que se podrían catalogar como lecciones extramuros. La novela La casa de la Troya recrea el ambiente estudiantil de fines del XIX en Santiago de Compostela que, además de haber sido llevada al cine, ha dado pie a la creación de un museo municipal en la indicada ciudad, donde la Tuna no deja de ocupar una inevitable referencia. Y es que en una etapa de ebullición juvenil, en que se pretende perfilar una personalidad que está a medio cocer, podríamos hablar de tres escenarios en los que se representa el acto del vivir: el aula, con el ineludible aprendizaje científico; el pasilleo político de arengas, carteles y reivindicaciones socioculturales; y el libre albedrío de callejear a diestra y siniestra, respirando libertad.

La ciudad del Adelantado cobijaba una serie de iconos que no sólo la evolución de las costumbres juveniles, sino el paso de los años y la deslocalización del campus en un recinto impersonal, han dado al traste con casi todas las lecciones que, sin exámenes en las aulas extramuros, se aprueban sin estudiar. En ‘El dos y uno’ se servía la mejor salsa con papas fritas y huevos que se despachaba en Nivaria. Mientras los estudiantes rebañaban el plato por tres duros, el dueño se iba construyendo un edificio de cuatro plantas enfrente mismo de su negocio. ‘La Artillería’ era un cenáculo popular y democrático donde el vino abocado y los manises con cáscara eran carburante para que los estudiantes y la soldadesca atajaran el frío junto a una sempiterna parranda de lugareños que actuaba en la trastienda hasta bien pasada la hora de la cena; El Paseo Largo, con sus palmeras al atardecer, a la espera de que cayera la luz del crepúsculo; la Carrera, paseada cien veces de arriba abajo para exhibir nuestra presencia; Casa Maquila; La Princesa; el bar del inefable don Salvador, que un imaginativo alumno llamaba el «bare nostrum»; El Venecia. No deja de tener razón un afamado periodista de la isla redonda que, en su satírica y analítica columna, sostenía que “La Laguna era el único bar del mundo que tenía universidad”.

El icono que desvelan los tertulianos Manescau y Ravelo es la ‘Fuga de San Diego’, convertida en imborrable estampa en oro viejo, la mejor lección de la memoria colectiva que comparten muchas promociones.

¿Por qué San Diego? En varias ocasiones hemos admitido que la historia se construye a partir de nimios acontecimientos que adquieren categoría cuando prenden en una colectividad. Nuestros contertulios dicen que la Fuga de San Diego nació de una anécdota trivial, cuando allá por 1919 llega al Instituto Canarias Cabrera Pinto el catedrático de Química Diego Jiménez de Cisneros. Este profesor tenía la costumbre de realizar un examen el día de su onomástica. Como ese año impidió que los alumnos acudieran a la romería de San Diego, éstos no asistieron a clase, lo que se repitió anualmente, sumándose en los años siguientes el resto del alumnado del propio centro. Antiguamente, se iba a honrar a San Diego en su ermita situada en un extremo de la ciudad. Los estudiantes debían contar los botones de la estatua del fundador del convento y se decía que si acertaban ese número, aprobarían sus exámenes.

En años posteriores, una vez que los estudiantes consiguen escabullirse de las clases, organizan bailes y excursiones al monte. Esta tradición de origen lagunero, desvirtuada y en declive, se extiende a institutos, universidades y colegios del resto del archipiélago. En este aniversario, con 101 años a su espalda, comprobamos que la fuga, con todos sus aderezos, empieza ‘por uno’ y acaba ‘con uno’, y, a pesar de la sufrida resaca del día siguiente, merece la pena haber vivido una jornada inolvidable.

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