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Observatorio

Blanco, verde, violeta

La historia de los colores está envuelta de elocuencia. El color violeta se suele identificar con el feminismo, pero en sus inicios este movimiento reivindicativo de los derechos de las mujeres optó también por el blanco y por el verde. De forma habitual se acepta que la asociación entre el violeta y el feminismo procede de la estela humeante que surgió del incendio de una fábrica textil de Estados Unidos que confeccionaba camisas de ese color. Allí murieron abrasadas 146 mujeres que se habían declarado en huelga para defender sus derechos laborales. Fue el mismo capataz de la fábrica quien provocó el suceso, prendió fuego al edificio y cerró sus puertas. A raíz de aquella tragedia se dice que el violeta se adoptó como color feminista.

Sin embargo, esto no es del todo cierto puesto que ese hecho luctuoso ocurrió en 1911 y unos años antes ya las sufragistas británicas empleaban ese color en sus protestas. En realidad, los tres colores conformaron la marca identificativa y propagandística del sufragismo. Fue esa tríada de colores la que, desde principios de siglo XX, tomó presencia entre las manifestantes de la Women’s Social and Political Union (WSPU) que marchaban juntas para seguir luchando tenazmente por su derecho al voto, ofreciendo de este modo un efecto visual colectivo de unidad, resistencia y fuerza.

En realidad, fue Emmeline Pethick Lawrence quien popularizó el simbolismo de esos colores en el periódico ‘Votes for Women’ que fundó junto a su marido. En ese medio publicó un artículo en 1908 en el que afirmaba que el violeta representaba la dignidad de cada una de las militantes sufragistas, el blanco su honradez y el verde la esperanza en un nuevo comienzo. De hecho, el violeta que procede de las tonalidades que se consiguen con el color azul púrpura, remite a la nobleza pues en la antigüedad quienes se vestían de púrpura ostentaban un rango jerárquico superior a los demás. Por su parte, el color blanco de los pañuelos y delantales de su indumentaria, tal como aparecieron, por ejemplo, en la multitudinaria manifestación sufragista que tuvo lugar en Londres en 1910, simbolizaba la honradez de las manifestantes. No por casualidad el blanco se asocia con la pureza y con la luz y mantiene aún hoy, casi universalmente, esas raíces simbólicas que proceden de tiempos remotos.

En cuanto al verde, color asociado a la esperanza, se utilizó también para la confección de las bufandas, pamelas, bolsos, sombrillas, bordados y todo tipo de accesorios con que se engalanaban. Nada extraño si pensamos que es un color que ofrece la posibilidad de avanzar y que al igual que el semáforo verde permite pasar hacia delante. En esencia, la elección de esos colores confluía en el orgullo de estar contribuyendo al nacimiento de una mundo mejor y más justo para las mujeres y la sociedad entera.

De entre todos, el color blanco sobresalió en el conjunto uniformado que componían las sufragistas en sus mítines y manifestaciones. Así, entre las banderolas que portaban y las prendas que vestían, predominaba ese color con el que conseguían ser más reconocibles como movimiento social organizado que marchaba pacíficamente para concienciar al Estado de sus peticiones legales. Por eso cuando Kamala Harris en las últimas elecciones de Estados Unidos, tras declararse la victoria demócrata, se vistió de blanco para aparecer ante la opinión pública como vicepresidenta electa, se entendió que era en homenaje a las sufragistas estadounidenses que en su época dieron peso simbólico a ese color junto al dorado y el púrpura. En efecto, en 1913 el National Women´s Party se decantó por el blanco y, desde entonces hasta la fecha, este color funciona como referente cromático del sufragismo y del feminismo estadounidense más reciente. Y ese código es el que utilizó Harris en Wilmington, el pasado 7 de noviembre, al presentarse ante sus votantes vestida con traje chaqueta y pantalón blanco. Sin duda fue toda una acción de autoafirmación feminista.

Ahora bien, sin quitarle el mérito logrado, circula el temor de que ese gesto simbólico pueda acabar vacío de contenido y no ser más que un ‘tokenismo’, una mera concesión de imagen para acallar las acusaciones de discriminación que existen en torno a las mujeres. Al respecto, no está de más recordar que en el ala progresista del Partido Demócrata no son las mujeres blancas las que lideran sino más bien las mujeres afroamericanas, latinoamericanas y de otras procedencias. Esa línea la representan las cuatro mujeres congresistas que se conocen como ‘El escuadrón’ y que son Alexandria Ocassio-Cortez, Ayanna Pressley, Ilham Omar y Rashida Tlaib. Al mencionarlas expreso mi esperanza en que, llegado el momento de poner fin a la política espectáculo, esas cuatro voces feministas también se escuchen para resolver las cuestiones raciales y de igualdad de oportunidades que se reclaman. Con ello, no voy a restarle importancia al logro de Kamala Harris, solo quiero sumar un pensamiento de agradecimiento a todas las mujeres que le precedieron y que lucharon e incluso murieron por la causa feminista para que, una vez roto el techo de cristal, las demandas de sanidad y los derechos sociales no se queden por el camino.

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