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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

La política del manda huevos

Más que la cabeza, lo que de verdad importa en España son los testículos a la hora de tomar decisiones. “¡Con un par!”, exclaman, un suponer, los admiradores de la presidenta de Madrid, Isabel Ayuso, cada vez que le lleva la contraria al Gobierno. Tenerlos bien puestos es condición esencial para un gobernante, aunque este sea una señora y el halago contradiga un tanto las reglas de la anatomía.

(Dicho sea de pasada, Ayuso ha revertido las gravísimas cifras de contagios e incluso las de hospitalizaciones en Madrid, distrito federal, sin más que hacer lo contrario de lo que dice el Gobierno. Quizá esa idea de tomar al ministro Illa y a Simón como referentes de lo que no se debe hacer sea una línea a tantear en este caso).

Anécdotas al margen, lo cierto es que el pensamiento testicular goza de gran prestigio en este país en el que a todo hay que echarle huevos, como si fuera una tortilla de Betanzos. Poco importa que esa parte genital del cuerpo de varón tenga otras funciones en absoluto relacionadas con la solución de un problema.

La cabeza, que parecería más adecuada para las tareas de reflexión y gobierno, tiene en España mejores utilidades, tal que la de embestir con ella al enemigo. “De diez cabezas, nueve embisten y una piensa”, decía Antonio Machado en sus proverbios y cantares, hace ya más de un siglo. El país se ha actualizado mucho desde entonces, gracias a los fondos de la Unión Europea; pero el hábito de arremeter con la testa y pensar con los testes no parece haber variado gran cosa.

En España es costumbre arreglarlo todo con un par de narices, como esas que se sitúan a la altura de la entrepierna, en la histórica tradición de la cabra hispánica. Un animal que, según se sabe, usa la cabeza para embestir en lugar de dedicarla a más nobles tareas de intelecto.

No es solo cuestión de España, por supuesto. También en Rusia funciona el pensamiento macho de Putin, que persigue a los gais en la exagerada opinión de que su preferencia por los hombres les resta valentía. O en los mismísimos Estados Unidos, patria imperial de estos tiempos, donde un sujeto tan visceral por la parte que toca a sus partes como Donald Trump consiguió ser elegido y casi reelegido a golpe de tuit.

No siempre esa tenaz apelación a los testículos se corresponde con la biografía de quienes la propugnan, claro está. Trump, por ejemplo, se las arregló para no ir al combate en Vietnam con toda suerte de excusas médicas. Lo mismo ocurre con el líder de la extrema derecha española, que esquivó la mili por más que sus devotos lo floreen de político que tiene lo que hay que tener y dice lo que hay que decir.

Curiosamente, la actual España fue construida por gentes como Suárez, Fraga o Carrillo que, no precisamente por falta de valor, recurrían a la cabeza con la esperanza de resolver de una vez por todas la eterna guerra civil del país.

Ese fue, más o menos, el espíritu de la transición a la democracia, comandada por políticos que sabían aparcar las vísceras para llegar a puntos razonables de encuentro. No parece que el experimento saliese mal, por más que la nueva y ya tan vieja política de los extremos pretenda volver a las andadas bajo la convicción de que aquello fue una mariconada impropia de fachas y rojos.

Cuatro décadas después de ese ejercicio de sentido común, los testículos vuelven a ser la base del pensamiento político en España. Manda huevos.

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