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Las remontadas

Hace un par de semanas perdí dos décimos de lotería, uno de ellos compartido, un trágico hecho que desencadenó una sucesión de gestiones varias y búsquedas desesperadas. Ya sabéis que yo en la lotería salgo a empatar -que no me toque a mí pero tampoco a mis amigos-, así que no encontrar esas papeletas que muchos de ellos tenían o no poder comprar de nuevo esos números, que es lo que parecía, hubiese supuesto no dormir hasta el día del sorteo, por si acaso, porque no hay nada peor que la incertidumbre fatal del por si acaso.

Al final la tarea de investigación contrarreloj obtuvo recompensa y conseguí esos décimos queridos. La alegría que sentí al apresarlos con mi mano fue de una satisfacción superlativa. Quiero decir: en caso de no haber sido tan idiota como para perderlos nunca habría llegado a ese momento de felicidad pura que alcancé al recuperarlos, la paz máxima del alivio. La gente sin taras como las mías desconoce esa sensación, pobres personas con perfectas vidas. Compran sus décimos, los saben conservar hasta el sorteo y ya está. Demasiado aburrido.

A veces es mejor sufrir por algo para después disfrutarlo el doble al reconquistarlo, a veces por el camino hasta aprendes a valorarlo. Es igual que los equipos de fútbol que se descuelgan en el primer tramo de Liga, o que regalan goles al rival en el comienzo de los partidos. Si no fueran así de torpes, así de estúpidos en el inicio, no nos proporcionarían de vez en cuando el gozo incomparable de una buena remontada, de esos volteos inverosímiles en el descuento, con la emoción al límite en la ansiedad de la última jugada. Eso se lo pierden los aficionados de los equipos modélicos, de los equipos sin taras, de los equipos sin defectos como los tuyos y los míos.

Hablando de taras, aún no sé qué pasó con Heurtel, y me da un poco igual: algo así como que el Barça lo dejó abandonado en Turquía. No me da pena porque a mí me pasó algo peor. De niño estaba en un equipo infantil y nos llevaron a Francia a jugar un partido, a Châtellerault, ciudad hermanada con Castelló. Allí nos alojábamos por parejas en casas particulares con familias, y todo bien, pero el día de emprender el viaje de vuelta llegamos tarde a la cita. Al llegar descubrimos que el autobús del equipo se había ido. Hablamos del año 95 o 96, sin teléfonos móviles, y aún hubo suerte porque la mujer que nos alojaba reaccionó rápido. Tras un cuarto de hora de angustiosa persecución por la autopista, a 200 por hora, alcanzamos el bus de nuestro equipo. Paró en el arcén y nos recogieron, y ahí los entrenadores se dieron cuenta de que no estábamos, de que faltaban dos niños. Unos y otros compartimos el ridículo.

Pero si no hubiésemos llegado tarde, si no se hubieran olvidado de nosotros, es lo que os digo: no habríamos sentido la felicidad máxima de alcanzarlos a tiempo, la remontada y el alivio.

[Tres posdatas. Una: como me apuntó Álex el otro día, quizá antes de subir al bus dijeron ‘si falta alguien que levante la mano’, y como no la levantamos, pues nada, se marcharon. Dos: ahí entendimos lo importantes que éramos para el equipo. Tres: si aparece el bus sin mí en Castelló, mis padres ni reclaman, mis padres tan contentos y yo ahora francés de adopción, yo ahora sería un mito].

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