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Daniel Capó

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

El tiempo impreciso

A mi abuelo le gustaba recordar una entrevista a Azorín que había leído en los años cincuenta. El escritor de Monóvar, ya envejecido, atendía en su casa de Madrid al periodista de ABC. Los relojes en la pared avanzaban de forma anárquica, cada uno marcando una hora distinta. “Creo en la libertad –le dijo al periodista–. Mire los relojes: son libres, siguen su pulso interno. Nunca los ajusto”. Al rememorar esta historia, supongo que mi abuelo pensaba en un tiempo antiguo, no medido por el minutero; un tiempo rural, guiado por la duración del día. Más largo en verano; más breve en invierno, con sus noches frías, inacabables. No lo sé, nunca se lo pregunté y ahora ya es tarde. El tiempo es un bien escaso y avanza libre, a pesar de la exactitud del cronómetro. No recuerdo haber visto a mi abuelo con reloj ni creo que le importara demasiado. Sabía a qué hora levantarse y a qué hora acostarse. Sabía el tiempo que llevaban los trabajos, la posición del sol y las estrellas, la necesidad de alternar la faena y el descanso. En su casa –que ahora es la de mis padres–, había un reloj de cuco, aunque nunca lo vi en marcha. Sí la radio, y junto a ella el periódico, que leía a última hora, como si la lectura de las noticias no fuera algo urgente. Para lo urgente estaban los boletines al levantarse; pero no el periódico, al que trataba como un libro, como algo que merecía reverencia. Era otra época también.

El tiempo impreciso de Azorín y de mi abuelo era el tiempo de los hombres antiguos. El hombre se ajustaba a una medida que distaba de ser mecánica. El historiador mallorquín García M. Colombás, en su obra sobre la tradición benedictina, reflexionaba sobre esa libertad adaptada a las estaciones, que ya no existe más que en la nostalgia: “El tiempo antiguo no era científico. Los monjes no tenían relojes. Ni cuando estaba nublado o la niebla era densa podían guiarse por las estrellas. El día estaba dividido en doce partes. Pronto se acostumbraron a contar en horas plenas; por ejemplo, la hora sexta denota la hora sexta terminada, esto es, mediodía. Igualmente, la noche constaba de doce horas, de duración muy diversa, según las noches se iban alargando o acortando. Bueno, los monjes hacían lo que podían. Si a veces se equivocaban en sus cálculos, y se levantaban más tarde de lo debido, no era por falta de buena voluntad”. No lo era, no.

Ahora que termina 2020, celebramos la llegada de un año nuevo que se espera mejor, menos aciago. Ojalá sea así. Nada dura para siempre, ni siquiera las pestes medievales. Lo cierto es que la historia sigue un curso libre, ajeno a las pretensiones del hombre por controlar su rumbo. Lo imprevisto acontece una y otra vez, marque o no las horas el reloj. Con la vacunación masiva es probable que nos hallemos ante el final de la pandemia, pero no lo sabemos realmente. Tendríamos que aprender a vivir con la libertad del no saber; no por falta de buena voluntad, sino como un ejercicio de independencia y de valor. No hablo de ignorancia, sino de querer vivir con prudencia y sensatez, aunque sin el miedo que nos confina mentalmente. Reivindicar el tiempo del hombre –que es la vida imprecisa–, porque sólo en lo imperfecto reina verdaderamente la libertad.

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