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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Los robots jamás podrán tener corazón

El fundado temor ante la rápida progresión de la inteligencia artificial ocupa desde hace tiempo el estudio y la observación de expertos de todo el mundo. Desde el Foro Económico Mundial ya auguraban la destrucción en pocos años de siete millones de empleos en los quince países más desarrollados del planeta y desde algunas instituciones se trabaja a buen ritmo en los escenarios venideros que crearán los androides dentro de las sociedades avanzadas. No es ninguna película de ciencia ficción y, por eso mismo, los líderes en el campo de la innovación coinciden en asegurar que este debate no puede esperar más. Las autoridades políticas y científicas han de estar preparadas antes de que sean los propios robots quienes se conviertan en sus interlocutores al otro lado del tablero de juego.

En esta carrera contra el auge de las máquinas se enfrentan dos contrincantes. Por un lado, las tecnologías inteligentes, es decir, esos autómatas de nueva generación que sustituyen a personas de carne y hueso y que vislumbran acabar con una infinidad de puestos de trabajo. Por otro, los programas informáticos con sus correspondientes asistentes virtuales, que llevan a cabo las tareas administrativas que hasta ahora desempeñaban hombres y mujeres. Menos mal que, como hay estadísticas para todo y para todos, parece que son muy pocas las ocupaciones que podrán ser totalmente automatizadas a corto y medio plazo, lo que, a la vista del actual panorama laboral, supone un alivio considerable.

No obstante, la pregunta a plantear es si se crearán suficientes empleos capaces de absorber a esos colectivos de profesionales que se verán condenados a perder el suyo sustituidos por un ordenador o un humanoide. Todavía no se ha alcanzado ni por asomo la cota máxima de evolución tecnológica, pero desde luego se van apreciando fenómenos como el notable aumento de parados de larga duración, para quienes los sucesivos Gobiernos habrán de replantearse fórmulas e iniciativas como, por ejemplo, la tan traída y llevada renta básica. Otra de las sugerencias más polémicas consiste en la imposición de una tasa equivalente a una cotización, que nutra la Seguridad Social y garantice el mantenimiento del Estado del Bienestar. En otras palabras, que las empresas aporten una cantidad económica por robot destinada a pagar las pensiones.

Algunos se apresuraron de inicio en tildar esta propuesta de disparate, pero auténticos visionarios como Bill Gates se han mostrado alineados con el razonamiento. Lejos de todo pesimismo, el fundador de Microsoft no cree que el pago de un impuesto de estas características desincentive las ansias de innovar. Por el contrario, cree que la automatización de muchas tareas arduas o que acarrean un elevado gasto a nivel sanitario servirá para impulsar otros ámbitos de servicios como, por ejemplo, el relativo al cuidado de las personas mayores, que requieren ineludiblemente de rasgos como la humanidad y la empatía.

También resultaría deseable desarrollar programas de formación dirigidos a individuos con un reducido nivel de cualificación, a fin de insertarlos posteriormente en las modernizadas esferas productivas, dado que se trata de perfiles que carecen de habilidades digitales y cuyo desconocimiento en estas materias puede incrementar todavía más la desigualdad social. Se impone, asimismo, iniciar estos proyectos desde la infancia en los centros educativos y preparar a los niños en las competencias necesarias para habitar en este mundo cada vez más mutable, haciendo especial hincapié en su educación emocional y de valores. En este sentido, me entristece constatar que, a la opción existente de adquirir un amante sintético (algún que otro empresario ya se está forrando con el negocio), dentro de nada se añadirá la de la utilización de androides con idéntica finalidad. Desconozco si el alma vendrá incluida en el lote aunque, habida cuenta que veintiún gramos es un peso lo suficientemente escaso como para no incrementar los costes de distribución, no lo descartaría yo del todo. Lo que jamás podrán tener es corazón.

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