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Martín Caicoya

Más compensación y menos compasión

El mérito es uno de los principios que regulan el acceso a los empleos públicos, junto con la igualdad, la capacidad, la transparencia y la seguridad jurídica. El objetivo es que la selección sea justa y que la Administración, y por tanto, los administrados, se beneficien del rendimiento de los mejores para el puesto. Y esos principios son los que informan el modo de progresar en el empleo. De manera notable en la Universidad. Empujados por el “publica o perece”, los profesores se afanan en colocar sus investigaciones en las revistas de más impacto. En una revisión realizada en 2010 del informe que la Fundación Carnegie había encargado en 1910 sobre cómo diseñar la carrera de Medicina, una de las mayores preocupaciones del autor fue el descuido de la docencia y la asistencia por parte de los profesores más prestigiosos, concentrados como están en la investigación. Si bien fue el Flexner Report de 1910 el que sancionó la idea de que un hospital debía conjugar atención, docencia e investigación, y eran las dos últimas las que precisaban más impulso, hoy quizá necesitemos encontrar un modelo de reconocimiento de los clínicos que emplean muchos de sus talentos en el cuidado de los pacientes. Ese mérito y capacidad no cuenta en la carrera profesional.

Pero no solo se puede cuestionar cómo se mide el mérito, en los últimos meses dos autores, Sandel y Rendueles, han publicado sendos libros que critican abiertamente el modelo de la meritocracia.

Cuando Darwin ideó la teoría de la selección como motor de la evolución de las especies estaba abonando una idea que ganaba cada vez más adeptos en el XIX: la necesidad de imponer que solo los mejores deberían procrear. Entonces las clases altas estaban preocupadas por la prolificidad de los pobres. Aunque el hambre, la suciedad y la enfermedad los diezmara, aún su prole era más numerosa que la de los ricos. Nace así el darwinismo social que propugnaba, entre otras cosas, la selección de la raza. Una selección que ya se había llevado a cabo en el Neolítico con las plantas y los animales. Tuvo su cenit en el holocausto. Los arios, los mismos que habían invadido Grecia muchos siglos antes, no debían mezclarse con los semitas, ni tampoco con los gitanos, ni se podía permitir que degenerados, como los homosexuales, tuvieran descendencia y pasaran ese rasgo a sus hijos. Dos siglos antes, el Ayuntamiento de Oviedo instaba repetida y amenazadoramente al doctor Casal a que expulsara de la ciudad a sus hijos en cuanto llegaban a la edad de procrear porque temían que trasmitiera a su progenie ese mal heredado de su madre de estirpe judía.

El problema del mérito como método para ordenar la sociedad es que es injusto. Todos nacemos desiguales, en contra de lo que dice la constitución americana. Unos nacen con talento para la música, otros para el fútbol, o el dibujo o las matemáticas. Unos tienen buena memoria, otros fantástica voluntad o magnífico entendimiento. Rasgos que se desarrollan o atrofian en el medio donde se crían. Un medio que equipa mejor a los que tienen la suerte de nacer en una familia, en un vecindario, en una comunidad, rica y estimulante. Ellos tendrán más mérito y capacidad y esa circunstancia confirmará una y otra vez que la clase superior es mejor. Solo unos pocos, extraordinarios, lograrán ascender por la escala social, como también unos pocos descenderán. Pero la mayoría quedará donde nació como demuestran los estudios de movilidad social.

Dice Rendueles que un alto porcentaje de americanos creía que la famosa frase de Marx “a cada uno según sus necesidades, a cada uno según sus capacidades” figuraba en la constitución. Los estadounidenses, orgullosos como están de ella, la leyeron varias veces en la escuela. Pero la memoria, que tantas trampas hace, la deformó, creando ese concepto que bien podría figurar en vez: “Todos los hombres nacen iguales”. Porque la equidad es eso: dar más al que más lo necesita y exigir más al que más pueda dar. Y se hace, como nunca antes se había hecho, con el estado redistribuidor mediante los impuestos progresivos. Que llegaron a ser en la década de 1970 hasta del 90% para los tramos más altos.

La sociedad se beneficia de que los mejores médicos se ocupen de los casos más difíciles, los mejores arquitectos construyan más, los mejores políticos tengan más poder… Pero antes hay que compensar los déficits que personas o grupos sociales tengan por nacimiento o crianza. Entonces sí que se acercará al mito de igualdad de oportunidades. Lejos del darwinismo social, el ser humano se caracteriza por la compasión. En algunos casos es necesaria y lo único posible. La mayoría de las veces lo que se necesita es la compensación.

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