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Juan Francisco Martín del Castillo

Un día de primavera

A Saúl Méndez

Hay momentos en la vida en los que se nota el paso del tiempo, el peso de una existencia. Lo que voy a contar es uno de esos episodios. La verdad es que el ser docente no tendría por qué representar un hecho extraordinario. Sin embargo, todos los que nos dedicamos a la enseñanza sentimos que el estar delante de los alumnos implica algo diferente, algo que nos aparta del común. Como cada día, sin importar cuál, la labor se completa dentro de una conocida liturgia, un ritual que en sí no reviste mayor importancia. Se acude a la cita con los que pueblan el aula y se desarrolla la materia con igual esmero que en la jornada anterior, sólo deseando que el principio fundamental de la educación, la esperanza, vea cumplido su sino. Unas veces, el objetivo se ve cerca y otras, en cambio, parece tan lejano que mejor ni pensarlo. Lo único cierto es que la tarea del profesor es un continuo vaivén, el propio de una embarcación que navega en busca del conocimiento y la madurez y que, cuando finalmente llega a puerto, saborea el dulce aroma de la responsabilidad cumplida. Hay horas de recompensa y regocijo y horas de una soledad insoportable, incluso de abatimiento personal, en espera de que algo nos vuelva a reconciliar con el dichoso quehacer, como gustaba de decir Ortega. No hay opción al desmayo o al consumimiento, pues todo se fía al bien de los que han de seguirnos. Aun así, en esta aventura, los sinsabores son moneda habitual y, en más de un caso, han provocado dudas o inquietudes, pero, a estas sensaciones, les sucede algún que otro momento de plenitud profesional, instantes en lo que uno se siente colmado por la vocación y el oficio. No voy a demorar más el episodio prometido. Al salir del centro, especialmente en los “días buenos” -una forma de hablar en el gremio con la que dar a entender que la jornada se acorta-, me he tropezado en la calle con antiguos alumnos, tan mayores que no logro situarlos del todo en el recuerdo. Ellos, sin embargo, sí que tienen una imagen nítida del que fuera su profesor en la memoria y, para mi sorpresa, me regalan un momento de su pasada existencia que, desde esa grata hora, también es la mía. Apenas un nombre, quizás un mote a regañadientes, una anécdota al fin. El cariño con el que se me agasaja, por parcas que sean las palabras, me hace pensar que ni la joya más preciada de este mundo puede rivalizar con el valor de lo que se me concede. Por más esfuerzos que invierta en explicarlo, sólo los que han pisado el aula conocen el tesoro que me encontré un día de primavera.

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