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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Mascarilla bajo el sol

Amenazados por la cuarta ola de la pandemia, el debate de la mascarilla en la playa y la piscina ha sido de lo menos oportuno. El personal incumplidor (y dejémoslo ahí) está desesperado por colarse por los resquicios y establecer su propia normalidad, caigan las sanciones que caigan. La entrada en vigor de la ley estatal -no sé si tan anticuada como dicen- establece que no hay excepciones para el tapabocas, más allá de las derivadas de padecer una enfermedad que sea incompatible con el complemento sanitario. Pero siempre, con o sin apoyatura científica (más bien prima la del mercado turístico y su imagen), Canarias decide que seguirá con el mismo protocolo para la mascarilla, que excluye el uso de la misma siempre que se pueda garantizar una distancia de dos metros en hamaca o sobre la toalla. Y para el paseo por la orilla, siempre. La experiencia playera demuestra, en primer lugar, que el espacio vital entre usuarios no se suele respetar, dado que nadie saca un metro sino que lo hace a ojo de buen cubero, aproximadamente. Segundo, que nos encontramos en un pico vacacional con masificación, y como consecuencia de ello, con una tendencia a la interconexión de aerosoles tanto en la arena como en los bordes de la piscina. Pese a ello, pese a las llamadas a la prudencia, se ha publicitado por parte del ejecutivo regional que las Islas obviarán la normativa nacional. Mal asunto, a no ser que tengamos una armada de drones que vigilen e intimiden los núcleos de efervescencia vacacional, lo recomendable es ir al extremo, a una prohibición que admita el menor número de matices en estos viveros preveraniegos de la pandemia. Volvemos a lo mismo de siempre: una bajada de guardia siempre provoca resultados no deseados, lo comprobamos en Navidad con las compras y con citas festivas que pinchaban sobre los aforos establecidos, unas descubiertas por los agentes de policía y otras que consiguieron el privilegio de la clandestinidad. Las restricciones exigen a las familias sacrificios numéricos a la hora de una reunión familiar, por supuesto que necesarios para atajar los embates de la covid. Pero también lo deseable es que la misma firmeza se trasladase a la utilización de la mascarilla en nuestras maravillosas playas, donde los baños de sol y mar no son incompatibles con la mascarilla. ¿La imagen? Los empresarios temen la fotografía de cientos de bañistas con el artilugio, pero esa no es la cuestión. Ya está bien de frivolidades.

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