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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

Geopolítica covidiana

No sé si la ministra Carolina Darias acabará tan chamuscada de la gestión contra la pandemia, que no tendrá más opción que pedir refresco en la alcaldía de LPGC, en el Cabildo de GC o en el Gobierno de Canarias. En dicho trance está al soliviantar a buena parte del arco parlamentario -independentistas y PP- y a Isabel Díaz Ayuso, que siempre hay que engastarla como caso aparte dada su finezza a la hora de disparar. La tiburona madrileña quiere más flexibilidad para la restauración y el dancing nocturno, y dado que Pedro Sánchez ha abierto la libreta de la crisis, aprovecha, la muy sibilina, para esgrimir que el daño que quiere infligirle Carolina a Madrid sólo lo justifica que la ministra se vaya a marchar pronto para Canarias como candidata alternativa al bueno de Ángel Víctor Torres. Se nota que Ayuso mete hasta el fondo el sacacorchos, porque su hipótesis ha servido para que este sábado (por ayer) los camareros del PSOE estén desde primera hora de la mañana garabateando comandas con gráficos llenos de vectores. ¿Qué será de Carolina? No mañana ni pasado, sino en plan futurible.

Resulta una lástima que la correosa pandemia y la libertad de los ciudadanos tenga como obertura el grimoso asunto de las listas electorales, pero Ayuso nunca tiene llagas. La revuelta, rebelión o sedición, todavía no es golpe de estado, que le han montado a Carolina tiene su raíz en algo tan clave como la desescalada nocturna, que, como se ha podido comprobar, es el talón de Aquiles del orden en emergencia sanitaria. Un resbalón podría provocar un hiperbotellón unido por las autopistas de las redes sociales que pondría a los pies de los caballos los logros obtenidos, con y sin vacunas. La lucha contra la covid-19 ha tenido hitos durante su larga duración, pero a nadie se le oculta que los efectos positivos de la inoculación provoca lo que se vive en este momento: la exacerbación de la geopolítica covidiana.

No se puede permitir que cada autonomía decida cuál es su hora idónea para cerrar restaurantes y discotecas, importándole una berenjena -con perdón de la verdura- el nivel de alerta en que se encuentre. El Consejo Interterritorial toma los acuerdos por mayoría, pero su función más necesaria está en evitar que las prisas de una autonomía acaben afectando a otra o al resto del país. El despegue no es sólo de Cataluña, Galicia o Madrid, sino que atiende a la solidaridad entre los territorios del Estado para evitar, por ejemplo, que la incertidumbre que recae sobre la economía se prolongue más en el tiempo, o para que los países emisores de turismo nos saquen de sus listas negras. Pese a ello, hay autonomías que pisan el acelerador sin escrúpulos y partidos y líderes que están dispuestos a obtener réditos políticos, sabiendo que está en juego el fantasma del confinamiento.

España, frente a otros países de la UE, puede debatir ahora mismo que sus restaurantes abran hasta la una de la madrugada y que sus bares de copas y baile lo hagan hasta las tres, siempre con nivel cero y uno, gracias a la dureza de sus medidas contra la pandemia, con unos niveles de encierro y distanciamientos social que fueron insoportables y draconianos. Pero como consecuencia de ello, estamos en situación de ventaja, en una mejor posición de salida, o al menos entre la excelencia, para adentrarnos en la nueva etapa. Todo ello se puede ir al traste con la frivolidad de los protagonismos y con comportamientos díscolos que afectan a todo el sistema, algunos de ellos más obsesionados por derrumbar el edificio de Pedro Sánchez que por poner punto y final a la pesadilla. Y la ciudadanía, que ha sido ejemplar, ya está agotada de tantas peleas, debates y discusiones. Exige una clase política madura, o al menos que lo sea en el momento en que abandonamos la ciénaga.

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