Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Matías Vallés

La inflación del día de mañana

Si crees que gobernar con una pandemia desatada es difícil, prueba a gestionar con una inflación galopante. Cuando el vicepresidente Alfonso Guerra era zaherido por los mismos que hoy lo encumbran, Jorge Semprún dedicó un libro entero a denigrar a su compañero de gabinete, Federico Sánchez se despide de ustedes. Al elitista ministro de Cultura le fascinaba la obsesión del número dos de González con el precio de la bombona de butano, que debía permanecer inalterable a toda costa. Con la instintiva agudeza que siempre aspiró a revestir de inteligencia, el populista sevillano adivinaba los riesgos de la inflación energética, que se ha disparado en el enésimo ocaso del coronavirus.

Sánchez (Pedro, no Federico) carece del poder de Guerra para someter al vector eléctrico, de modo que acelera la desescalada vírica para camuflar la escalada inflacionaria. Sonroja el descaro con el que se admite ahora que las mascarillas nunca debieron imponerse en ambientes despejados, que eran una medida meramente disciplinaria que pronto caducará. O la súbita voluntad por refrenar los alquileres. Las opiniones sobre el ascenso vertiginoso de la inflación se hallan tan enconadas como los dictámenes sobre el auge del coronavirus en febrero de 2020. Uno de los balances más ecuánimes y recientes corresponde a un informe de CaixaBank. «La inflación empezará a elevarse gradualmente con la recuperación de la economía».

La sociedad ha aceptado la esclavitud a cambio de la satisfacción garantizada de las necesidades elementales. El alza de precios violentaría el pacto de sumisión, con efectos retratados magistralmente por Stefan Zweig. «Nada envenenó tanto al pueblo alemán -conviene tenerlo siempre presente en la memoria-, nada encendió tanto su odio y lo maduró tanto para el advenimiento de Hitler como la inflación». Lo escribió en El mundo de ayer, sigue siendo válido para el mundo de mañana.

Compartir el artículo

stats