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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

Dependencia resucita a los muertos

Feo asunto cuando la burocracia se dedica a resucitar a los muertos, igual que el mensajero que llevaba hasta la América más profunda la noticia del fallecimiento del soldado en la guerra del Vietnam. Pues la Ley de Dependencia viene a ser algo parecido: cinco años después de meter en el ataúd al solicitante le llega a sus allegados una carta certificada.

La tétrica misiva, emitida desde el pudridero del Gobierno de Canarias, anuncia que el expediente se extingue por la muerte del peticionario, que fue, insisto, cinco años atrás. La notificación, con olor a flores de cementerio, va dirigida a «familiares de...», que la reciben con el susto de la aparición: el papel de Correos se llena de una vitalidad mortuoria, casi con el rostro del dependiente cuya personalidad jurídica todavía se mueve como una ráfaga fantasmal entre papeles que se ponen amarillentos antes de pasar a la base de datos del servidor.

El fin de los días de cada dependiente situado en la categoría de hipótesis, en proyecto, viene a ser un chollo: no se disculpan por los años que han tardado en comenzar la valoración del solicitante, ni dicen qué ocurrió para llegar a un retraso tan monumental. No, lo único que explican es que muerto el perro se acabó la rabia, o sea, que un día cualquiera de 2014, 2015, 2016, 2017, 2019, 2020 o 2021 se dieron cuenta de que el demandante de la dependencia estaba en la ultratumba. Siguiente paso: resolución luctuosa de inmediato, que cayó en Correos el otro día, lo que no quiere decir que tuviesen constancia del fallecimiento el mes pasado o el anterior. Quizás lo sabían desde hacía tiempo, pero fue en este momento preciso cuando se activó la resurrección. ¿Por qué? No tengo ni idea, pero sospecho que hay un stock de muertos que pensaron alguna vez que podían beneficiarse de esta legislación para el bienestar social. Una ilusión óptica. Ahora no son más que una conexión entre la otra vida y la que vivimos en realidad, un agujero negro colmatada de frustraciones y maldiciones. Feo asunto que los muertos no puedan estirar sus piernas definitivamente.

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