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José A. Luján

Piedra lunar

José A. Luján

Ciudad, cita previa, aforo

La actual situación de pandemia, con sus altibajos invasivos desde sus orígenes, propicia una reflexión sobre la ciudad, espacio conceptual en el que se aloja parte de la población mundial. Se considera que Ur, cuyas ruinas se encuentran próximas a la actual Irak, es la madre de todas las ciudades. Fundada hace seis mil años, fue uno de los primeros núcleos urbanos de Mesopotamia y también de la humanidad. Dos ríos históricos, Tigris y Éufrates, le dieron cobijo.

Podríamos imaginar el momento fundacional de nuestra ciudad de Las Palmas. Vendría a ser como un espermatozoide fecundante en un terreno en forma de montículo, en las cercanías de un barranco, con un mediano caudal de agua, que atrajo a los colonizadores. Tres palmeras se cimbreaban en el entorno, en esta vertiente de la isla atlántica, agitando sus brazos vegetales, a la vez que observaban el glorioso coito.

Nacida la ciudad, femenina en su nomenclátor, va creciendo y dotándose de las necesidades de quienes la habitan de manera progresiva. Iglesias, plazas, conventos, calles, casas regentales, alamedas, siguiendo modelos de localidades históricas de la metrópoli. En el diseño urbano aparecen aceras y zonas de rodadura de carros y carretas además de puntos de parada del transporte público. Un tranvía cruza el arenal, con sus detenciones en las cercanías del tarajal. La población adopta estilos de urbanidad. El único arquitecto de las islas, el señor Oráa, que reside en otra isla, sede de la provincia única, aprueba o rechaza las pautas municipales. El plano queda ordenado y los habitantes se amoldan a las instrucciones corporativas. Pasan las décadas y el comercio se instala a pie de acera. La urbe crece y se moderniza.

En 2020 llega la pandemia que cíclicamente nos corresponde, conocida por covid-19, y se dictan pautas novedosas: Limitación de viajeros en transporte público, mascarillas internas y externas, distancia entre viandantes, control de acceso a tanatorios e iglesias de culto. El usuario de servicios públicos se puede mover por la ciudad pero al llegar a un punto concreto para hacer sus diligencias se encuentra limitado porque debería haber pedido cita previa. Los edificios de la zona administrativa aparecen adornados, a pie de acera, con una cola de usuarios que forman una colorista estela de personajes, cual cometa celeste, hecho no visto en la historia de la ciudad. ¿Habrá que diseñar las aceras y los zaguanes para no dejar al interesado en la intemperie? En ciudades muy lluviosas como Compostela, Valladolid o Salamanca en el medievo se construyen soportales que desde el punto de vista urbano adquieren rango de atracción artística. En la moderna Avenida de la Trinidad lagunera se copia ese modelo de ciudad lluviosa. La necesidad obliga.

El aforo o limitación de personas en el interior de los locales lleva a rediseñar los espacios. Tantos usuarios dentro, ni uno más. El resto permanece en la puerta. Todo va cambiando. Los asientos disponibles en cualquiera de los recintos quedan cruzados de manera alterna con cintas albirrojas, o letreritos del tipo «no te sientes».

Torres, el arquitecto de nuestra tertulia, dice que el colegio profesional se está planteando un nuevo diseño de edificios, con asientos en sus accesos. Y Codina plantea que en la biblioteca pública los ejemplares de la prensa diaria se los disputan los lectores. Josema, el coordinador, se ha visto obligado a dar cita previa para la lectura. Dice que una columna que se disputan es una que cuelga cada quince días en un periódico de la provincia y que tiene por rótulo «Piedra estelar». Caemos en la cuenta que habla de esta que usted lector tiene en las manos. Y según cuentan es la pura verdad. Puestos en contacto con su autor, dice que no se le ocurre otra fórmula alternativa y que para él es un índice de la proyección que tiene su creatividad basada en la inspiración que le provocan los aconteceres de la isla. A un lector, algo desesperado, se le ocurrió decir que a los adeptos de la susodicha tirijala se les podría ofrecer la lectura en voz alta. Eso lo hicieron con la titulada «Pildain, novelado». Todos querían saber de primera mano cuáles eran las contradicciones de aquel prelado que habitó entre nosotros durante casi 40 años del siglo pasado. La cita previa cambió los hábitos de lectura, y el aforo no más de diez personas, durante 20 minutos. Codina, que presenció el espectáculo, dejó a lector y escuchantes en aquel menester, y corrió raudo a encontrarse con el resto de contertulios en Cairasco.

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