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Realidad imaginaria

Vuelve la charla de ascensor

Todo el mundo habla del posible retorno de los dos besos a desconocidos, pero poco se ha escrito de la vuelta de las conversaciones de ascensor.

Dicen, también en algunas novelas ambientadas en aldeas o entornos rurales: «Pueblo pequeño, infierno grande». La frase es muchísimo más aplicable a ese momento de intimidad forzosa en que se sufre, como sucede con las hemorroides, en silencio o se esbozan conversaciones gallináceas y trotadas de un minuto.

El caso es que pensamos que estas charlas de ascensor han existido siempre, pero como sucede con la novela moderna, solo existen de verdad desde el siglo XIX. Podríamos vivir sin ellas y, de hecho, así ha sucedido durante este año pandémico: los vecinos subían de uno en uno, o en núcleos familiares, pero no compartían trayecto.

Decíamos que saldríamos mejor, pero yo mismo he sido adelantado por moradores de mi finca en el tramo que va del portal del edificio a la puerta corredera del ascensor. Vecinos aparentemente amables que me adelantaban como Marc Márquez en un Gran Premio.

Ahora, como bien sabe el lector, vivimos en tiempos confusos, así que aunque en ocasiones volvemos a compartir ascensor, entrar o no con el vecino se gestiona como la petición de un baile (la mazurca, pongamos) en una novela rusa: «¿Le parece bien que ascendamos juntos? Me apearé en el quinto piso». Y después: «Es que en Madrid el calor es más seco».

Pero volver a compartir ascensor puede ser aún más incómodo que en el pasado. Son vecinos a los que has visto cantar Resistiré, de los que has espiado conversaciones telefónicas, a los que has mirado como James Stewart en La ventana indiscreta. Encontrarte con ellos, ahora, en un espacio tan reducido, es como ver a alguien con resaca horas después de haber hablado demasiado (o de haber ido incluso más allá) en plena borrachera.

Así que vuelve el ritual de la cháchara elevadora. Los móviles arreglaron mínimamente la incomodidad: todos nos convertimos a veces en folclóricas o futbolistas llegando a la terminal del Aeropuerto llena de fans y periodistas y fingiendo que hablan (o miran) el móvil para ahorrarse el contacto visual.

Previsión meteorológica

Pero las conversaciones son las mismas. El tiempo: una conversación de ascensor es más informativa que mirar la previsión meteorológica de tu teléfono. Yo, a veces, cojo el ascensor hasta la planta baja y vuelvo a subir solo para que algún vecino me dé el parte y saber si me pongo rebequita porque refresca o no. Y también: es que ya no existe el entretiempo, no me puedo poner cazadoras ligeras o este tiempo está loco (ocasional incursión en la temática del cambio climático). Muy fan, también, de la constatación: el vecino con paraguas que se te aparece por ensalmo en el ascensor y te informa a ti, empapado hasta el tuétano: «Parece que llueve». Los hay que juegan la baza del cotilleo (de la finca, del barrio, del país, del continente, del mundo, del universo). Y el modelo Sherlock, «elemental, querido Watson», que deduce algo evidente de la prueba obvia: si llevas maleta, «¿¡qué, de viaje?!»; si llevas carrito de la compra, «¿¡qué, a comprar unas cosillas?!».

La charla de ascensor es el nivel menos uno de la retórica (el cero es la de taxi). Hay estudios yanquis que dicen que ese tipo de charlas nos hacen infelices. Yo, sin embargo, hasta las echaba de menos, aunque solo fuera para contároslas aquí.

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