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Juan José Millás

A la intemperie

Juan José Millás

Me sienta bien

La señora que se ha dirigido a mí en la calle no es real. Esto es lo que me digo mientras la señora me habla y mientras yo evito contestarla para que la gente no me vea hablar solo. Entonces le ruego telepáticamente que me deje en paz, pero ella carece de funciones telepáticas y no me escucha. Estoy detenido frente al escaparate de una tienda de ropa, con la señora irreal al lado. Dice que conoció a mi madre y que mi madre adoraba las milhojas de merengue, aunque no hacía ascos a las de crema pastelera. La mención a las milhojas me obliga a salivar, pues tengo una ligera bajada de azúcar. La señora irreal y yo nos reflejamos un poco en el escaparate de la tienda. Nuestros reflejos aparecen junto a dos maniquíes, uno de hombre y otro de mujer, como si formáramos parte de la decoración.

En esto, los maniquíes se ponen a hablar también, primero entre sí, luego dirigiéndose a nosotros, como solicitándonos con gestos que nos vayamos. Tampoco esto es real, me digo. Estoy acostumbrado a luchar contra las cosas irreales que se presentan en mi vida como reales y sé dónde se encuentra la frontera entre la verdad y el delirio. Pasados, sin embargo, unos segundos, resulta que los maniquíes del escaparate son dos empleados de la tienda que se encuentran cambiando la decoración y no les gusta ser observados. Compongo, pues, un gesto de disculpa y continúo andando con la señora irreal al lado. Dice ahora que mi madre estaba muy preocupada por mí y que se murió con esa pena.

Pienso en la idea de “morirse con una pena”. Ahora estás vivo, con una pena, y dentro de un minuto te abandona la vida, pero quizá la pena sigue ahí, perdida entre tus entretelas. Tal vez en una buena autopsia saliera a relucir.

El merengue de las milhojas -insiste la señora- constituía un chute de energía para tu madre. Tu madre necesitaba azúcar.

Detengo un taxi, me meto en él y cierro la puerta antes de que le dé tiempo a entrar a la señora irreal, que se queda haciendo gestos en la acera. Cinco o seis calles más allá pido al conductor que se detenga. Me bajo y entro en una cafetería donde me tomo un café con leche con una milhoja de crema, pues no las tienen de merengue. Lo hago a la salud de mamá, pero me sienta bien a mí.

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