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Matías Vallés

Al azar

Matías Vallés

Alemania cambia de robot

A l igual que Billy Wilder se planteaba «¿Cómo lo haría Lubitsch?» ante cualquier problema en la dirección de sus películas, Pedro Sánchez podría preguntarse «¿Cómo lo haría Angela Merkel?» al abordar la mesa de diálogo con Cataluña. Es probable que la cancillera también hubiera optado por sentarse, dado que sus problemas confesados con los Länder superan a menudo las vicisitudes del estado autonómico. Con todo, no se trata tanto de conocer la respuesta como de certificar el papel de referente de la presidenta del gobierno alemán durante 16 años ininterrumpidos.

Merkel ganaba en las filas de la democracia cristiana, pero todos sus enemigos saben que ha gobernado desde la socialdemocracia, al igual que Chirac en Francia. Poco importa la filiación estricta de la cancillera, porque labró su prestigio aportando a su trabajo un certificado de calidad. La tomaron en serio incluso quienes la vigilaban, porque Obama tuvo que disculparse cuando las aportaciones de Edward Snowden demostraron el espionaje en plena cancillería.

Alemania se dispone ahora a cambiar de robot, en especial si en los comicios de este septiembre sale elegido el socialdemócrata Olaf Scholz, imitador de su predecesora a lomos de una coalición de izquierdas bastante avanzada. Fue el saliente Obama quien obligó prácticamente a Merkel a presentarse a unas cuartas elecciones, porque el mundo no podía quedar desamparado en las garras de Trump. Fue el momento Theresa May de la cancillera, montar el teatrillo electoral para lograr una victoria a medias. Ahora se repite en Berlín la misma peripecia de Washington, donde una gobernante apreciada y longeva pierde la sucesión para su partido. Y así en América con Europa, se extiende la maldición del coronavirus, que se ensaña con la perduración de los políticos encargados de gestionarlo con la excepción de Isabel Díaz Ayuso.

No hay celebridades alemanas, un país donde siempre dominarán las virtudes colectivas. Karl Lagerfeld y Claudia Schiffer solo triunfan vestidos de ropa extranjera, el atormentado Boris Becker refuerza la incompatibilidad del carácter germano con la fama hueca. Pese a haberse desempeñado en estas coordenadas neutras, Merkel ha elevado la indiferencia ante las cualidades físicas o de indumentaria a alturas robóticas. Sus veraneos en los Alpes, rehuyendo el exhibicionismo mediterráneo de sus compatriotas, consolidan el muro infranqueable entre lo público y lo privado. En general, Alemania rehúye los liderazgos políticos mesiánicos, por motivos fáciles de comprender históricamente.

De hecho, Merkel era alérgica al contacto mucho antes de que el coronavirus impusiera el distanciamiento social. Se mostraba especialmente molesta ante las efusiones corporales de Sarkozy, entusiasta de la política táctil. Su aversión a las revelaciones íntimas no impidió que le preguntaran poco antes de su partida definitiva si echaría de menos la cancillería. La jefa de Gobierno respondió con un oracular «solo echas algo de menos cuando no lo tienes». Es una leyenda reversible, porque permita presagiar que los alemanes también añorarán la fiabilidad sin accesorios deslumbrantes de la gobernante a la que apodaban con un cariñoso «Mutti» o «Mami».

Examinando las despedidas a Merkel redactadas desde el interior de Alemania, vuelve a comprobarse que la gestión de los estadistas notables siempre es mejor puntuada a distancia de sus fronteras. El caso más radical de esta valoración diferencial se produce en el caso de Gorbachev, pero también la ha padecido González. Los homenajes ditirámbicos a la cancillera que resonarán en toda Europa contrastarán con la decepción alemana ante un ocaso poco glorioso.

En primer lugar, se culpará a Merkel de una hipotética victoria de la izquierda, que no solo podrá atribuirse al desfallecimiento de su último tramo. En segundo, la científica nativa de la República Democrática Alemana y visceralmente antinapoleónica nunca podía imaginar que su suerte se decidiría en la Siria que también frenó el avance de Napoleón. Ni las personas embargadas de sentimientos humanitarios consideran hoy que la aceptación millonaria de inmigrantes fuera una excelente idea. De hecho, Alemania ha sido el país más duro con sus colaboradores afganos, ofreciéndoles dinero para que se quedaran en el país talibán o conminándoles a no viajar a Europa.

Y en tercer lugar cronológico que no categórico, Merkel no ha sabido vacunar a Alemania. Ha mantenido a su país lejos de las huecas histerias latinas sobre el coronavirus, manteniendo vivo el espíritu crítico sobre la ciencia asociada a la pandemia. Sin embargo, su insuperable armada de UCI se tambaleó y el éxito del laboratorio germano Biontech-Pfizer no ha compensado la decepción ante la escasa inmunización.

Merkel interpreta mejor que nadie el papel de una líder mundial contra su voluntad. Sin enjoyarse de feminismo, está claro que pavimentó la llegada de mujeres gobernantes a los países de todo el mundo excepto Estados Unidos. Contrasta con la egolatría de estadistas a su altura como Mitterrand o Thatcher, pero demostrará que también «echas de menos» la normalidad, «cuando no la tienes».

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