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Tribuna abierta

El significado de la hispanidad

Todos los años, el 12 de octubre, coincidiendo con el aniversario del día del descubrimiento de América, se celebra en España el Día de la Hispanidad. Su propósito es ser fiesta de concordia y de celebración para todos los hispanos, -españoles, portugueses, americanos o filipinos-, en reconocimiento a la enorme importancia que el descubrimiento e hispanización de toda América y Filipinas tuvo para Europa y el mundo entonces conocido.

En la península ibérica, por el empeño personal y unión matrimonial de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, -conocidos en la historia como los Reyes Católicos-, se estaba fraguando la unión de dichos reinos, a la vez que terminaba en 1492, después de siglos de lucha, la presencia musulmana en territorio peninsular. Tras la conquista y anexión de Navarra en 1512, se conformaría un reino hispano que iría gradualmente asumiendo la denominación de España.

Pero se da la circunstancia de que España inmediatamente se convierte en Las Españas pues, justo en ese momento, comienza una epopeya única en la historia de la humanidad. Cristóbal Colón, en nombre de los Reyes Católicos y navegando desde las Islas Canarias hacia el oeste, descubre tierras que él morirá creyendo corresponden al continente asiático, concretamente a La India. Se trata, sin embargo, de un continente nuevo y desconocido hasta entonces; por ello, incluso carece de nombre, y es que hasta el 12 de octubre de 1492 el mundo conocido se limitaba a Asia, Europa y África.

Da comienzo una gesta histórica en la que un pequeño reino europeo habitado por menos de seis millones de habitantes, con una vitalidad desconocida hasta entonces, impulsa una enorme cantidad de viajes de exploración, conquista, evangelización y civilización sobre una extensión de mares y tierras de decenas de millones de kilómetros cuadrados, empeñando en ello una valentía, capacidad de lucha, generosidad en el esfuerzo y austeridad en los medios que apabullan aún hoy en día. Primero, cruzar el océano Atlántico en barcos de menos de 25 metros de eslora prácticamente sin otra forma de orientación que arcaicas brújulas y astrolabios; miles de kilómetros de mares desconocidos e indómitos para alcanzar las costas inexploradas de un nuevo continente. Luego, desembarcar y adentrarse en resecos desiertos o espesas selvas plagadas de todo tipo de animales (cocodrilos, caimanes, pirañas, mosquitos,…) y de indígenas con los que no había capacidad de entendimiento y que en ocasiones los recibían amistosamente, pero en otras se mostraban mortalmente agresivos.

Aunque el propósito de Colón y de los Reyes Católicos fue encontrar una ruta hacía las islas de las especias (Molucas), navegando por primera vez en la historia hacia occidente, por un mero accidente y debido a un error sobre la verdadera extensión de la Tierra, -que ya había sido medida con admirable precisión por Eratóstenes a finales del siglo III a.c.-, se produce el descubrimiento de un enorme continente que durante milenios se había mantenido aislado del resto del mundo. El viaje comercial se convierte en la génesis de un acontecimiento único e irrepetible en la historia. Comienza la era del descubrimiento, exploración e integración de América en el mundo del Siglo XV.

Había un viejo mundo y de repente se halló un Nuevo Mundo, en lo que ha de considerarse el más importante y desafiante descubrimiento que registran los anales de la Humanidad.

Para valorar en su justa medida el desafío que los reinos hispanos aceptan en ese momento, es preciso hacer un esfuerzo para abstraernos de la comodidad de nuestros hogares del siglo XXI, así como de la enorme seguridad que nos proporcionan nuestros ordenadores, aviones, coches o barcos de motor. Es preciso cerrar los ojos y hacer un doble esfuerzo de entendimiento en relación a las circunstancias del Siglo XV en Europa. De un lado la pobreza del entorno castellano y la escasez absoluta de medios técnicos, humanos y económicos. Pero, sobre todo, para poder valorar en su justa medida la gesta que daba comienzo con el descubrimiento del continente americano, es esencial analizar los hechos como pretende la Real Academia española de la Historia, «bajo la luz de la verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia o malicia», y en todo caso, sabiendo ponderar y «contextualizar las circunstancias de tiempo y espacio eliminando cualquier vestigio de presentismo anacrónico». Es en el entorno del siglo XV, de sus medios técnicos y de sus circunstancias históricas, religiosas, jurídicas y morales con el que hemos de acercarnos al desafío que la humanidad, encabezada por los reinos hispanos, las Españas, se verá obligada a afrontar a partir de 1.492.

Los pioneros que desembarcaron en las Américas eran, en palabras de Salvador de Madariaga, «hombres de fiero individualismo como corresponde a gentes cuyo esfuerzo y resistencia no ha sido igualado antes o después en la historia»; conquistadores a la vez anárquicos e indisciplinados, dispersos en un mundo virgen de toda Ley pero «penetrados de un sentido de ciudadanía humana fomentado en España como en todo el mundo latino por la doble tradición de Roma, la imperial y la cristiana».

Negar el interés económico que desde su origen late en las expediciones de descubrimiento y conquista de América y de Filipinas, así como la exploración de los océanos Atlántico y Pacífico carece de sentido, al igual que resulta injusto y ridículo limitar todo el proceso de descubrimiento, conquista, evangelización e hispanización de América a un mero ejercicio de explotación económica. Cientos de hombres justos y de honor realizaron inmensos sacrificios e incluso dieron sus vidas por el engrandecimiento de la monarquía hispana y por la trascendencia absoluta que daban a la evangelización de los indígenas.

Es un hecho incontestable, que desde el primer momento, la Reina Isabel de Castilla somete a una Junta de Teólogos y Juristas la cuestión relativa a la libertad de los indios y su consideración de súbditos de la Corona. Tras su temprano fallecimiento, será Fernando de Aragón quien encargue al Doctor Palacio Rubios todo tipo de cuestiones relativas al Derecho que asiste a los españoles a conquistar América. La Iglesia, y en su nombre los diversos Papas de los siglos XV y XVI, por aplicación de doctrinas de tradición medieval, -con la que igualmente se había justificado la conquista de las Islas Canarias-, había asignado a Castilla la ineludible obligación de convertir a los aborígenes a la «verdadera fe católica».

En América tan solo se vivió el segundo acto del proceso con el que se había reconquistado la península ibérica, destacando que ya en 1512 se dictan las Leyes de Burgos para fijar normas que debían evitar los abusos, que a miles de kilómetros de distancia de la península, cometían algunos conquistadores sobre los aborígenes. Fue la Iglesia, -que no quede en el olvido el nombre de Fray Antonio de Montesinos-, quien plantó cara a «Adelantados» y «Capitanes» poniendo de manifiesto, desde los primeros momentos de la conquista de la isla de La Española, la necesidad de que el adoctrinamiento de los indígenas se llevara a cabo con respeto a su libertad y a los derechos individuales, tal y como tales conceptos eran entendidos en los albores del Renacimiento. Las bases morales y doctrinales de esas primeras Leyes de Burgos, siguieron desarrollándose posteriormente gracias a la brillante labor del Padre Francisco de Vitoria y a la Escuela de Salamanca para acabar esbozando el Derecho de Gentes, así como las teorías morales y jurídicas precursoras de los modernos Derechos Humanos. Se consideró que existía Justa Causa en el obrar español por la necesidad de Predicar la Fe Católica en América y proscribir cualquier religión que permitiera sacrificios humanos y como tal se promulgan las Leyes Nuevas de 1542. Cómo resumiría el historiador inglés Robert Goodwin, «La monarquía intervino con la intención de establecer para el imperio una armazón legal y conceptual de naturaleza moral».

Con este soporte moral y religioso toma forma, de manera natural, un hecho único en la historia universal: el Mestizaje. Entendido como mezcla de razas para el desarrollo, crecimiento y sostén de un Nuevo Mundo que no es otro que América. Se mezclan las sangres del nuevo y del viejo mundo creando un concepto que solo cientos de años después ha empezado a ser imitado por los demás pueblos del orbe. Se trata del Mestizaje, auténtica simiente de la hispanización de América. Los españoles que cruzaban el Atlántico representaban el resultado histórico de la mezcla de sangres íberas, celtas, cartaginesas, romanas, godas y árabes. Por ello, de forma natural, desde el mismo principio de la conquista de América mezclaron su sangre con la de los indígenas americanos e incluso posteriormente negros africanos, dando lugar a un crisol de razas, verdadera esencia del espíritu abierto y universal del ser hispano. El proceso de integración de América en la cultura hispana y de fusión de los valores hispanos en el ser americano se lleva a cabo a través del mestizaje y se defiende y justifica por su propio devenir histórico, destacando poderosamente sobre las formas de colonización ejercidas por otras metrópolis europeas que durante siglos rechazaron cualquier mezcla de sangre con los aborígenes. Frente a estas colonizaciones claramente racistas, la hispanización de América, se lleva a cabo con inmediata mezcla y coexistencia de razas, destacando que desde los primeros años aparecen nobles mestizos, como el Marquesado de Moctezuma o el Inca Garcilaso. El Catedrático de historia Mario Hernández Sánchez-Barba, definiría muy acertadamente lo que hizo España en América, como un «injerto» de su propia sociedad y de su existencia moral, social, cultural y religiosa. Tal como la romanización convirtió a Hispania en parte del imperio romano, la conquista de América y su hispanización convirtió al continente americano en parte esencial de «Las Españas».

Es imposible olvidar la enorme cantidad de indígenas que perdieron sus vidas como consecuencia de las enfermedades que inconsciente e inocentemente llevaron los españoles a América. En el conocimiento científico de los siglos XV y XVI era imposible saber que los aborígenes, aislados durante decenas de siglos del resto del mundo, no habían desarrollado anticuerpos contra enfermedades comunes en Europa. Así, como tragedia imprevisible, fueron centenares de miles los indígenas que perdieron sus vidas por el contagio de enfermedades comunes en el viejo mundo, como la gripe o el viruela. Como consecuencia, las poblaciones aborígenes en América se vieron muy mermadas e incluso en algunos casos, como en las islas del Caribe, desaparecieron totalmente.

Con todo, para entender la magnitud de la labor de trasplante cultural, social y religioso realizado por las Españas de acá en las Españas de allá, destacar, en palabras de Charles E. Lumis, que en el siglo XVI por la influencia y empuje de España se «construyeron las primeras ciudades, abrieron las primeras iglesias, escuelas y universidades; montaron las primeras imprentas y publicaron los primeros libros; escribieron los primeros diccionarios, historias y geografías y trajeron los primeros misioneros», indicando que «ha habido en América escuelas españolas para indios desde 1524 y que allá por 1575 se habían impreso todo tipo de libros en la ciudad de México en doce diferentes dialectos indios» destacando «el espíritu humanitario y progresivo que desde el principio hasta el fin caracterizó sus instituciones».

El imperio hispano en América se expandió en pocos años llegando a abarcar desde el nordeste de Kansas hasta Buenos Aires y desde el Atlántico hasta el Pacífico. La mitad de los Estados Unidos, todo México, Yucatán, la América Central, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Perú, Chile, Nueva Granada y además incontables islas del Caribe y del Océano Pacífico hasta llegar a las Islas Filipinas. En algo más de 15O años se abrieron 16 universidades en lugares tan dispares y distantes como Santo Domingo, Lima, México, Puebla, Bogotá, Quito, Cebú, Córdoba, Mérida, Cuzco, Manila, Sucre, Guatemala o Ayacucho. En la actualidad, más de 20 ciudades hispanas de América en 15 países, han sido declaradas como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y son incontables las iglesias, catedrales y misiones que se consideran joyas de la humanidad en América. Igualmente son cientos los escritores y artistas de habla hispana que han engrandecido las artes y las letras, creando obras artísticas y literarias de valor incalculable. No renunciemos a nuestra historia y cultura común.

Tras años y años de desidia y olvido de nuestra propia historia, es importante tomar conciencia de la necesidad de ser justos en la valoración de los trabajos, sacrificios, esfuerzos y pasiones que propiciaron una realidad social que durante tres siglos constituyó un único cuerpo político, pero que en la actualidad, con sus especificidades locales, sigue siendo unidad cultural, moral y social que concita habitantes de ambos lados del océano atlántico. La hispanidad es una realidad social que se genera en la historia moderna de la humanidad y siendo conscientes de ello, debemos luchar todos juntos en su engrandecimiento continuo.

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