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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Día del cofrade

Con la congestión de días conmemorativos, que ya casi ni caben en el calendario, quisiera romper una lanza por una figura algo olvidada, pero piedra angular de nuestro período vital más extenso. El cofrade.

El primer grupo social que suele marcarnos y hasta cierto punto condicionar nuestro futuro, es sin duda el de la pandilla juvenil. En él ejercitamos por primera vez nuestros sentimientos, tanto los positivos, la empatía, la amistad o la solidaridad, como los negativos, la rivalidad, la envidia o el rencor. Y tal vez el contrapunto de nuestra pandilla de juventud lo pueda constituir lo que cabría denominar cofradía, o sea un grupo de amigos con un interés común, pero de amigos adultos, en pleno ejercicio de todas sus facultades y ya baqueteados por los avatares profesionales o sentimentales de su madurez. Aunque el cofrade es término genérico, me perdonarán si en este escrito me permito ceñirme a un grupo masculino.

Y como muestra voy a escoger un botón que ya ha abrochado alguna de mis crónicas anteriores: la «Cofradía Gastronómico Cultural de San Millán de la Cogolla», una hermandad de 10 amigos, con ya casi 25 años de andadura, con lo cual la mayoría une a su trayectoria profesional una edad próxima o superando ya la de su jubilación. Tal vez la denominación sea en sí un pleonasmo, pues qué testimonio más potente de la cultura que el estudio y el disfrute de la gastronomía. Pero lo cierto es que la degustación de un buen yantar es justificación suficiente para congregar semanalmente a la cofradía en variados y selectos refectorios, y hasta fomentando viajes allende los mares. Y ya sea porque «Dios los cría y ellos se juntan» o por caprichos de la providencia, todos los componentes de tan especializado gremio han sido y son destacados miembros de la comunidad, con aportaciones brillantes a la misma en sus distintos campos. Lo cual sin duda contribuye no poco a un intercambio rico y polifacético de impresiones, a veces vehemente, con frecuentes encontronazos propios de discos duros mentales tan dispares. Porque dentro de la variopinta naturaleza de sus profesiones y orientaciones empiezan a irrumpir ciertas rarezas (o manías en román paladino). Si un cofrade está preocupado por la forma o el lustre de su pelo, otro no tolera la cerveza si no es en botella, y preferentemente servida sin abrir. En otro se manifiesta un espíritu marcadamente maniqueo, con valoraciones extremas basculando entre «excepcional» y «una mierda». Otro es incapaz de reconocer su edad, y aunque no es reacio a celebrar sus cumpleaños, sobre todo compartiéndolos con sus cofrades, dejó de cumplir años a los 27. Otro es aficionado a la provocación, con lo que uno no sabe a qué carta quedarse con aseveraciones que no está claro si merecedoras de una sonrisa o de una llamada al 112 directamente. Y no puede negarse que alguno quizás se pase en un énfasis claramente escorado hacia los valores gastronómicos en detrimento de otros objetivos culturales.

Sea como sea, en la cofradía tienen cabida todo tipo de planteamientos, sin tabúes de clase alguna, aunque con ciertas cautelas autoimpuestas a la hora de apear discusiones de tipo político o futbolero.

Pero que lamentablemente han sido imposible mantener a raya en más de una ocasión, malográndose de paso alguna digestión sin duda digna de mejor suerte.

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