Opinión | Centenario desde Canarias

Emilio Díaz Miranda

Cien años del PCE: años de soledad y años silenciados

Cien años del PCE: años de soledad                   y años silenciados

Cien años del PCE: años de soledad y años silenciados

El argumento de la obra Cien años de soledad, obra maestra con Premio Nobel de Gabriel García Márquez, es complejo, tanto por la cantidad de personajes como por la escasez de nombres de los mismos. Esa misma escasez de nombres regía el panorama de oposición a la dictadura franquista durante muchos años; practicamente cuando se hablaba del «Partido» se entendía al único partido que luchaba clandestino y en solitario: el PCE.

En la novela de García Márquez, el último Aureliano Buendía encuentra unos pergaminos que hablan proféticamente de que el primero de «la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo comerán los gusanos.» Estamos en el final de la novela y Aureliano por fin entiende que, en los pergaminos, Melquíades había presentido el destino de la familia que terminaría con él porque «las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra». Con estas palabras Gabriel García Márquez pone fin a su novela.

Afortunadamente la soledad del Partido y de la familia comunista no ha padecido ese destino, afortunadamente para los del Partido y para la democracia en España, de ahí la larga trayectoria que pasa por tantos claroscuros externos e internos, que pasan desde la lucha armada de guerrillas que en Canarias no logró establecer Germán Pírez y que en el norte y resto de España tuvieron que abandonarse y pasar a una lucha pacífica, no violenta para derribar la dictadura.

Yo soy uno de los testigos sobrevivientes de la etapa de lucha pacífica y todavía no me han comido los gusanos.

Algunos me conocerán, suponiendo que mi nombre no ha caído en el pozo del olvido, por haber formado parte del equipo canario de natación campeón de España y haber participado en dos olimpiadas con el equipo nacional: la Universiade de Turín primero y la Olimpiada de Roma en 1960.

Lo que muchos no sabían ni saben es que fui activo combatiente contra la dictadura clericalfascista de Franco. Por esa actividad fui arrestado varias veces, torturado en comisaría, tres veces en la cárcel con pérdida de empleo e imposibilidad de ejercer mi profesión: maestro nacional, ahora con otra denominación.

Desde un cierto punto de vista, una vida agitada llena de peligros, tribulaciones y aventuras. Era el resultado de mis convicciones éticas y políticas en un tiempo y una situación dominados por el régimen franquista. Y también por ser entonces miembro del clandestino y perseguido Partido Comunista de España.

Empecé muy joven, en el año 1956, y el haber pasado aquellos años en la clandestinidad y en la lucha por alcanzar la democracia me da algún derecho a hablar sobre la historia del PCE, ya que esa historia no es sólo la de sus secretarios generales o personajes más conocidos, sino también de los centenares y miles de hombres y mujeres que lucharon por los derechos democráticos más elementales. Cada uno en el marco de sus posibilidades.

La historia del PCE es sin duda un cúmulo de heroicidades, pero como toda organización, sea política, religiosa o deportiva, etcétera, tiene sus altos y bajos. E igual que la vida de las personas tiene sus zonas de luz y otras de sombra.

El impulso a escribir estas líneas no viene de celebrar el centenario del PCE sino que está motivado por dos valoraciones escritas que me han llenado de indignación. Una totalmente contraria al PCE en que se le acusa de «traición contínua» a los trabajadores y otra desde un supuesto homenaje a esa historia tratándose en realidad de una burda mutilación de esa historia.

No voy a pasar lista de los distintos momentos que me tocó vivir, pero quiero recordar algunos sin profundizar en ellos: mis contactos con la llamada ‘iglesia cubana’ (que no era ni iglesia ni cubana, sino un grupo contracultural frente al clericalismo reinante), con Germán Pírez, con Fernando Sagaseta, con Agustín Millares Sall, con Tony Gallardo, con Mauricio, mi participación en la organización del movimiento obrero en Comisiones Obreras, mi escapatoria del cerco de guardias civiles y de la Brigada Social de Sardina del Norte en 1968, donde resultaron dos heridos de bala y luego largas e injustas condenas por una inexistente «rebelión militar». Más tarde mi necesaria salida con documentación falsa a la península por barco. Tras el indulto Matesa me presenté y entré a la cércel de Carabanchel. Y mi estancia en Madrid después de salir de la cárcel fue igual de intensa, especialmente en los días del atentado terrorista de ETA que dinamitó a Carrero Blanco.

Quienes me conocen saben que dejo muchos nombres y eventos en el tintero, y los antes mencionados lo son por tener un escalón de subida a esto que escribo.

El primer motivo que me impulsa ha sido la lectura de un artículo de alguien que se autotitula trotskista (aunque yo dudo que haya estudiado a fondo al gran revolucionario León Trotski, asesinado en México por orden de Stalin). El artículo hay que leerlo con ‘Lupa’ que es casi el apellido del Santiago Lupe que escribe desde una supuesta izquierda que «la historia del PCE es un serial de traiciones a la lucha de la clase trabajadora. Desde el aplastamiento sangriento de la revolución social en 1937 o el desvío del ascenso obrero de los 70 para imponer la Transición pactada, a su integración en el gobierno progresista en 2020 para apuntalar el Régimen del 78». O sea, el PCE y no Franco es responsable de aplastamientos.

El señor Santiago Lupe nació en 1983 y se autotitula historiador por haber escrito un libro sobre la pasada Guerra Civil española La victoria era posible. Escritos sobre la revolución española [1930-1940], los escritos de León Trotsky. Con todos mis posibles respetos a Trotsky desde una posición contraria, pues el éxilado ruso al escribir sobre la Guerra Civl hacía caso omiso tanto de la intervención militar italo-germana de Mussolini y Hitler como del régimen autoritario de Salazar en Portugal y la actitud del Imperio británico y la Francia colonialista de los años del 36 al 39.

El super-revolucionario Lupe, que nació en 1983, no participó lógicamente en la lucha antifranquista, como sí harían otros trotskistas como Rafael Morales, periodista canario, que estuvo conmigo en la cárcel de Barranco Seco en Las Palmas de Gran Canaria y otro, catalán, en Carabanchel.

Y supongo que en su osadía se habría enfrentado al golpe de Tejero no escondiéndose como hicieron muchos, con razón y miedo, sino sacando armas y enfrentándose. Pero no había nacido. En Alemania se habla de la ‘gracia del nacimiento tardío’ (gnade der späten geburt) para referirse a los que nacieron después de 1930. El concepto lo utilizó Helmut Kohl siendo canciller durante su visita a Israel, queriendo así relativizar la ‘culpabilidad’ decretada por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial sobre el pueblo alemán. El señor Lupe ha tenido la divina gracia de haber nacido en democracia y no haber tenido que probar que era revolucionario y no parte del «serial de traiciones».

El segundo motivo indignante es otro artículo de la misma trinchera de valientes francotiradres que hablan del «carrillismo monárquico-democrático» y despotrican de que en el acto de celebración participarán, «aparte del secretario general PCE y diputado de UP, Enrique Santiago, los líderes de CC.OO y UGT, Sordo y Álvarez, dos centrales de entreguismo, traiciones, y firma de convenios deplorables, así como la ministra Yolanda Díaz, que no para de elogiar a la socialdemocracia».

Los que así escriben son de la misma suerte que los que hace poco interrumpieron con gritos insultantes a Pablo Iglesias en uno de los actos de de celebración previos al homenaje central. Los insultos se adornaban con ‘palabras anti-represivas’ de tipo antifascista, gritando que los del gobierno progresista actual «amplían las leyes represivas». Cabe preguntarse: ¿Si son tan rrevolucionarrios (con muchas erres) por qué no van a los mítines de VOX o del PP?¿O si tan antifascistas son, por qué no aparecieron en los actos claramente fascistas que se celebraron en el cementerio madrileño en homenaje a la División Azul que Franco mandó contra la Unión Soviética al lado de las tropas de Hitler? ¿O es que tienen miedo?

Hic Rhodus, hic salta.

Se puede ser muy revolucionario de boquilla con un coñac delante. Pero habría que repetirles lo que Marx escribió en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa». Y critcando Marx a los que alardeaban con «engreídos ladridos de triunfo» les recordaba la exigencia: Aquí y ahora. Hic Rhodus, hic salta.

Esta frase proviene de la fábula de Esopo en que un farolero se autoglorificaba de haber dado en Rodas un tremendo salto y decía tener testigos de su hazaña. Ante tanto presumir uno de los presente le contestó con la exigencia: Hic Rhodus, hic salta¡ (¡Aquí está Rodas, salta aquí!)

La democracia que hay en nuestro país no cayó del cielo, sino fue traida a trancas y barrancas por los que anhelaban un régimen distinto al sufrido bajo la dictadura. Y una parte importante la desempeñaron los comunistas del PCE con Santiago Carrillo a la cabeza, así como otras fuerzas que provenían del franquismo pero ansiaban incorporarse al conjunto de las democracias y especialmente al entonces Mercado Común Europeo, entre ellos Adolfo Suárez. Había muerto Franco, pero no el franquismo... que, por cierto, todavía colea. Durante los años de la dictadura franquista, con sus medidas primero de terrorismo anti-republicano y luego de represión contínua, se puede hablar de la soledad del PCE en su lucha por la democracia, de tal manera que cuando se hablaba entonces de oposición, y se decía «el Partido», todos entendían que se trataba del PCE porque los otros partidos estaban en el exilio o esperando a mejores tiempos.

Pero, aparte de esos dos motivos anteriores citados, tengo un tercer motivo, una espina que me molesta y me apena e indigna, porque lo considero una mutilación desde dentro del propio PCE. Y es el silencio sistemático o el olvido del que fue secretario del partido desde 1960 hasta su voluntaria abdicación: Santiago Carrillo Solares.

Recordemos, por ejemplo, cómo en marzo de 1977, tres meses antes de las primeras elecciones generales españolas tras la muerte de Franco, comenzó la cumbre eurocomunista entre Enrico Berlinguer del PCI, el dirigente del Partido Comunista Español, Santiago Carrillo y Georges Marchais por el Partido Comunista Francés.

Recordemos también a los que hoy silencian el papel jugado por Santiago Carrillo en el PCE, pues si bien no coiciden con los que hablan un «carrillismo monarquico-democrático», evitan o relativizan el papel jugado desde el año 1960 como secretario general y aún antes cuando el joven Carrillo, dirigente máximo de las Juventudes Socialistas Unificadas, se pasa con la plana mayor juvenil a las filas del PCE que dirigían José Díaz y Dolores Ibárruri (Pasionaria).

Y en estos graves momentos estatales se plantean unas consignas con las que yo, personal y políticamente, no estoy de acuerdo, como cuando se critíca al «régimen del 78».

El llamado «regimen del 78», ¿cuando empieza?, ¿empieza cuando se aprueba la Constitución actual o cuando Tejero irrumpe, pistola en mano, en el Parlamento y todos se tiran al suelo menos tres diputados, uno de ellos Carrillo?

Ese «carrillismo», ¿es idéntico al que combatían los maoistas primero y luego los disidentes prosoviéticos que aprobaban la invasión de la república socialista de Checoslovaquia por la URSS y el Pacto de Varsovia ?

¿Quieren decir que quien defienda al actual gobierno de coalición de España es un «carrillista» y que no hay que asistir al Parlamento y dejar el sitio a los del PP y VOX porque todavía tenemos «régimen del 78», es decir, la democracia que ha permitido el actual gobierno progresista con ministros comunistas, cosa no vista desde los años del Frente Popular? Claro que hay mucho que hacer y mejorar en nuestra democracia, en las leyes e instituciones, en la elección de tribunales de justicia y jueces, etc. Hic Rhodus, hic salta! Esa es la tarea.

Y si lamentable era la política estalinista que borraba la foto de Trotski cuando aparecía junto a Lenin, y lamentable fueron las condenas de los antiguos bolcheviques Bujarin, Kamenev, Zinoviev, y tantos otros que lideraron durante años a los bolcheviques y luego la revolución soviética junto con Lenin, también es lamentable, a mis ojos, sin la brutalidad estalinista, la constante omisión del nombre del que es, guste o no guste, uno de los «padres de nuestra actual democracia».

Ahora se entonan constantes loas a Anguita, cosa que me parece bien dados sus méritos, pero no en exclusiva si se habla de «cien años del PCE» y ni siquiera si se hablase de la Transición de la dictadura a la democracia, ni de la vida parlamentaria, incluyendo el intento de golpe de Estado del teniente coronel Tejero. Porque esos episodios, como también los hechos de Sardina del Norte en Gran Canaria de 1968, después de haber condenado la intervención militar soviética en Checoslovaquia, y otros muchos, como el asesinato de los abogados de Atocha, supusieron jalones que hicieron posible la legalización del PCE, las elecciones democráticas y la aprobación con referéndum de la Constitución.

No se pueden silenciar esos años ni sus protagonistas si se habla de «cien años de historia del PCE». La historia objetiva no puede escribirse con años silenciados.

Los cien años del PCE tienen su orígen en la Revolución Soviética de 1917, dirigida por Lenin, y luego en la fundación de la Internacional Comunista. Aquellos momentos cambiaron el orden mundial y originaron tanto a la Unión Soviética como a los procesos emancipadores y anticolonialistas que acabarían por derrumbar el poder omnímodo de las elites aristocráticas de las monarquías y las finanzas. Luego vendrían la subida del fascismo y del nazismo, la Segunda Guerra Mundial, el stalinismo, la Guerra Fría, los procesos descolonizadores, la Revolución China, las guerras de Corea y Vietnam, la Revolución Cubana, el Glassnot y también el derrumbe del llamado ‘campo socialista’ culminando, finalmente, con el desmoronamiento de la Unión Soviética.

Las cosas están ahora como están, con nuevos poderes mundiales y complicadas situaciones políticas y económicas que se ensombrecen por efecto de la pandemia mundial. Pero, sea como sea, tanto la revolución soviética y su fundación son sin duda unas fechas digna de conmemorarse, unos con lágrimas en los ojos, otros con muecas o sonrisas escépticas, pero todos con la atención que reclaman los hechos de trascendencia histórica universal.

Al nivel europeo, y concretamente al español, es estimulante ver cómo una mujer como Yolanda Díaz, actual segunda vicepresidenta del Gobierno, habla audazmente del concepto matria en vez de patria, entendiendo el concepto como de madre cuidadosa de la convivencia, del diálogo, de ir sumando y llegar a puntos de encuentro en vez de imponer. Una matria que acoja todas las identidades y diferencias y cuide de las potencialidades que hay en todas las regiones de España.

Ya en la recta final, a modo de conclusión, retomo las palabras de Enric Juliana (excelente periodista, que no es comunista, del periódico La Vanguardia) cuando animaba a los asistentes a una conferencia suya a recuperar el legado de fraternidad del comunismo español: «Hay que recordar que el PCE (siendo secretario Santiago Carrillo) fue quien hizo las primeras llamadas a la reconciliación nacional después de nuestra Guerra Civil, en fecha tan temprana como 1956, con las brasas de la contienda todavía quemando. La iglesia no empezó a hacer lo mismo hasta después del Concilio Vaticano II», destaca, en contraste con la polarización actual.

Una reconciliación nacional , que, sin olvidar la memoria histórica, evite las crispaciones y los llamamientos a la violencia o el revanchismo.

No sé si tendrá razón Yolanda Díaz ni si será posible el deseo de fraternidad de Enric Juliana, pero me emociona, creo que merece el esfuerzo y tengo la esperanza de que sea así... aunque yo no lo vea.

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