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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Jorge Dezcallar

Observatorio

Jorge Dezcallar

Rusia también tiene amigos

Se equivoca si usted piensa que el mundo entero está estos días contra Rusia. Tendemos a ver la invasión de Ucrania como una lucha entre el bien y el mal y, aunque las barbaridades que a diario nos muestra la televisión y el sufrimiento de tantos inocentes pueden avalar esta interpretación, sería muy ingenuo pretender que todo el mundo lo ve de esta manera porque eso no es lo que ocurre y son muchos los países que contemplan esta guerra como algo ajeno y lejano, algo que no les concierne directamente y donde no desean retratarse y tomar partido... por lo que luego pueda pasar.

Es verdad que cuando la Asamblea General de la ONU votó una resolución de condena de la invasión rusa, 145 países votaron a favor y solo cuatro se opusieron y se colocaron al lado de Rusia, pero es un resultado engañoso. Corea del Norte, Irán, Bielorrusia y Eritrea no son países particularmente admirables (hasta Cuba evitó colocarse al lado de Moscú) y los cuatro tienen buenas razones para votar como lo hicieron: Bielorrusia, porque es ya de hecho un protectorado y va camino de ser engullido por Rusia; Corea del Norte, porque el comercio con Rusia (y China) evita su total aislamiento y que su población muera literalmente de hambre; Irán, porque le une a Rusia su enfrentamiento con Estados Unidos, y además la necesita en la guerra de Siria y para revivir el Acuerdo Nuclear y poder volver a exportar petróleo; Eritrea depende de las armas que le envía Moscú. Pero no hay que olvidar que otros 35 países se abstuvieron y alguno, como Marruecos, se ausentó de la sala con objeto de evitar retratarse; y que el número de abstenciones subió bastante unos días más tarde cuando el Consejo de Derechos Humanos votó la expulsión de Rusia.

Estas cifras demuestran que muchos países ven esta guerra como un problema lejano, algo que a ellos no les afecta, mientras que otros piensan que Rusia es una potencia nuclear con asiento permanente en el Consejo de Seguridad y derecho de veto, y que no les interesa pelearse con ella porque siempre tendrá influencia en los asuntos mundiales; y los hay también que dependen del comercio con Rusia y, sobre todo, de sus ventas de armas. Son buenas razones para no querer enemistarse con ella.

Es interesante el caso de países como China, India, Argelia, Sudáfrica, Brasil, Arabia Saudí e Israel, muy diferentes entre sí pero unidos en su decisión de no condenar a Rusia y de no imponerle sanciones por razones distintas pero coincidentes: China considera a Rusia como «socio estratégico» (no aliado) en su oposición a EEUU y no la puede abandonar en esta tesitura a pesar de no estar nada cómoda con la violación por Moscú de principios tan caros a la diplomacia china como la inviolabilidad de las fronteras, el respeto de la soberanía e integridad territorial y la no injerencia en los asuntos internos de los estados. Aun así, China no le envía armas ni viola –al menos abiertamente– el régimen de sanciones. India necesita a Rusia en sus contenciosos con China y depende de las armas que tradicionalmente le envía Moscú, algo en lo que coincide con Argelia. Brasil y Sudáfrica ven la invasión como algo lejano y piensan que también los EEUU invadieron Irak, que esto no es muy diferente y que Occidente aplica un doble rasero moral con el que no están de acuerdo. Ambos culpan a la OTAN y a las sanciones de agravar la situación. Israel necesita las garantías de seguridad que le da Rusia en el complejo escenario de Siria, donde controla a Irán, y tiene que tener en cuenta la sensibilidad de los muchos judíos de origen ruso dentro de sus fronteras. Y Arabia Saudí teme por razones obvias esa confrontación entre democracias y sistemas autoritarios que la guerra de Ucrania anuncia.

El resultado final es que la mayoría de los 195 países miembros de la ONU ni han enviado ayuda a Ucrania ni se han sumado a las sanciones contra Rusia. Y evitan criticar la invasión. No por ideología sino por descarnado interés nacional y por ver el problema como algo lejano, en parte producto de nuestra doble moral y donde las culpas están repartidas. Es lo que hay.

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