Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

El buen tiempo y sus sempiternas esclavitudes estéticas

Confieso que en su momento me sentí gratamente sorprendida al enterarme de que cada 6 de mayo se celebra el Día Internacional Sin Dietas. Por lo visto, se trata de una jornada dedicada a la aceptación del cuerpo humano en todas sus formas, así como a la alerta sobre los peligros de algunos regímenes dietéticos exagerados. Y es que, por desgracia, el verano volverá a colocarnos a sus puertas en pocas semanas y las obsesiones de buena parte de la población femenina, lejos de disminuir, aumentarán a pasos agigantados. Para no variar, los desvelos de más de la mitad de la ciudadanía (si bien existen cada vez más hombres dispuestos a imitar idénticas penalidades estivales) se centrarán fundamentalmente en dos aspectos: la dieta y el bronceado. Mientras playas y piscinas sigan siendo territorios de exhibición, numerosas personas continuarán tropezando con la misma piedra de conseguir un cuerpo esbelto y tostado.

La esclavitud del ayuno es un caballo de batalla que comienza a trotar alrededor de este florido mes de mayo, que es cuando mujeres de toda edad y condición visualizan con horror ese inevitable momento en el que habrán de despojarse de sus atuendos primaverales, al menos si pretenden lucir los correspondientes bañadores, bikinis, trikinis o asimilados. Sirva un pequeño toque de ironía para indicar que el drama está servido en forma de michelines que, día sí, día también, advierten de que la única opción para menguarlos viene a ser un sellado bucal, dejando un exiguo orificio para introducir apenas una caña. Puro líquido y, a lo sumo, en un alarde de osadía, alguna ensaladita sin aceite ni sal que deje el cuerpo más frío que un pingüinario y el alma más triste que un ciprés. Porque las dietas son como aquellas películas clasificadas S que proliferaron en la década de los setenta: ves una y has visto todas. Normalmente se inician sin supervisión médica, siguiendo el tradicional sistema del boca-oreja tan del gusto de estas latitudes.

«El otro día me crucé por la calle con Fulanita y me dijo que, si tomo la sopa quemagrasa, puedo perder hasta un kilo diario. Ella lo ha hecho y, desde luego, parece otra». No me cabe duda. Seguro que ha rebajado una talla de pantalón pero, en compensación, ha aumentado dos de mala leche. Qué quieren que les diga. Quienes me conocen saben que, para mí, un mundo sin bocadillos de chorizo es una estafa. Me parece estupendo cuidar el aspecto físico e intentar dar la mejor imagen de una misma pero, de ahí a renunciar al placer de la gastronomía y a poner en riesgo el estado de ánimo, va un abismo que, personalmente, no estoy dispuesta a atravesar.

La misma reflexión me asalta cuando observo a tantas personas arriesgando el pellejo (y nunca mejor dicho) en hamacas, toallas y esterillas varias. Es obvio que las campañas informativas sobre los peligros de la exposición solar desmesurada no hacen mella alguna entre los incontables amantes del astro rey, por mucho que los dermatólogos lleven lustros alertando sobre el aumento de los índices de melanoma sin lograr alterar en lo más mínimo esa discutible apreciación de asociar el moreno a la belleza.

«El otro día me crucé por la calle con Menganita y me dijo que, con apenas cinco sesiones de rayos UVA, puedo alcanzar un tono lo suficientemente dorado como para no hacer el ridículo en mi primer chapuzón. Ella lo ha hecho y, desde luego, parece otra». Tampoco lo dudo. Seguro que su grado de torrefacción podrá competir con el de Julio Iglesias pero, en compensación, será una firme candidata a la dermis más ajada del milenio. Qué quieren que les diga. Quienes me conocen saben igualmente que, para mí, lo mejor del sol es la sombra. Aun así, admito desde el mayor de los respetos que cada cual es muy libre de ser esclavo, pero me entristece profundamente. Y esta vez sin ironía.

Compartir el artículo

stats