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La Provincia - Diario de Las Palmas

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José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Hasta la victoria final

La guerra de Ucrania pone de manifiesto, una vez más, el predominio del capitalismo anglosajón sobre cualesquiera otros capitalismos.

Cundía la impresión de que Rusia le estaba ganando la partida a los ucranios mediante el avance lento de su infantería, una gran potencia artillera, dominio absoluto del espacio aéreo y un desprecio absoluto por el número de bajas, como es tradición en la escuela militar rusa. No es, desde luego, aquel poderoso Ejército Rojo que al mando del mariscal Zhúkov derrotó a las tropas de Hitler en las decisivas batallas de Stalingrado y de Kursk.

Curiosamente, en el mismo territorio que ahora está en disputa, ya que entonces Ucrania formaba parte de la Unión Soviética. En aquel Ejército que había reformado Trotski, los oficiales debían ir delante de los soldados a sus órdenes, lo que explica el alto número de bajas entre generales y mandos de alta graduación, que ahora sorprende a la opinión pública. A los lejanos observadores del conflicto nos habían hecho creer que una vez ocupada por los rusos la región del Donbás ribereña con el mar Negro, Putin se daría por satisfecho y no iría más allá. Una creencia que todavía tomó más importancia con las declaraciones de los primeros ministros de Alemania, Francia e Italia, muy preocupados por el desastre económico al que contribuía la prolongación de la guerra. Incluso Henry Kissinger, a punto de cumplir los cien años de vida, compareció en la cumbre de Davos (la gran cita del capitalismo mundial) para urgir a Kiev a aceptar un inmediato alto el fuego y ponerse a dialogar una salida pacífica al conflicto. Aún no hace tanto tiempo, la sugerencia del instigador de tantos golpes de Estado, revoluciones naranja, y transiciones a la democracia, se tomaría como un aviso inequívoco de intervención inminente. Algunos historiadores hacen notar que la víspera del asesinato del almirante Carrero Blanco, el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, fue recibido por Franco. Por si faltaba algo para alimentar la sospecha de una claudicación ucrania compareció en las pantallas de la televisión el presidente Zelenski, ojeroso, abatido, y rogando a los países europeos el envío de armamento pesado (tanques, aviones y misiles con los que combatir a los rusos y prolongar la matanza). En esas estábamos cuando fueron convocados por la superioridad Macron, Scholz y Draghi. Los tres comparecieron con el aspecto sombrío de los niños que acaban de ser reprendidos por su mala conducta. Y lo que es más preocupante, con un discurso belicista en el que se promete «apoyar a Ucrania hasta la victoria final». Si no he entendido mal, eso equivale a una declaración de guerra, con la maldad añadida de prometer que será un conflicto largo y más sangriento que el actual. Un panorama aterrador en la medida que se puede dar la implicación directa de terceros países y hasta el empleo de armamento nuclear. Alguien tendrá que explicarnos cómo ese líder ucranio que va a todas partes en pijama ha conseguido acumular tanta influencia. Y cómo, pese a los años transcurridos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Imperio da trato de «nación vencida» a algunos de sus ahora aliados europeos.

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