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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Desirée González Concepción

Sanando el pasado

Todos arrastramos una herida. A lo largo de nuestra vida se abre en multitud de ocasiones. Esa herida emerge del pasado, de nuestra infancia y continúa sangrando hasta que surja un punto de inflexión que nos invite a sanarla. Nos devora por dentro ante una pérdida, una separación, un despido laboral,… Son esas situaciones tan dolorosas las que nos conducen a esa gran búsqueda en aras de consolar a nuestro niño interior.

Decía Rumi «la herida es el lugar por donde entra la luz». Así es, solo podemos «iluminarnos» cuando tocamos fondo y nos atrevemos a mirar la herida de frente. Si de verdad queremos vencer ese malestar, si de verdad queremos brillar, debemos volver al niño y preguntarle qué necesita. Muchas veces no nos gusta lo que vemos: abandono, sobreprotección, ofensas o falta de presencia. Hasta que no somos conscientes de esa herida, nos convertimos sin desearlo en mendigos emocionales buscando suplir las carencias infantiles. Repetimos patrones una y otra vez, nos embarcamos en nuestras relaciones clamando en silencio ser vistos y escuchados. Imploramos ese cariño que, en muchos casos, le faltó al niño y tropezamos dándonos de bruces. Esas nuevas heridas son rasguños, son superficiales, pero se nos vuelven desgarradoras, incluso puede brotar una hemorragia; sangre nueva y sangre vieja. Para detener esta hemorragia emocional hemos de lograr el único torniquete posible, ese que llamamos amor.

Quizá no podamos ofrecer lo que no hemos recibido. Quizá no podamos ser abundantes cuando fuimos criados en la represión. Tan solo quizá, porque es posible que la casilla de entrada y salida a tal encrucijada se encuentren en el mismo lugar del tablero: la casilla de la autoestima.

Somos adultos y debemos hacernos cargo de ese niño. Nos toca cuidarlo con esmero y brindarle aquello que no pudo tener. Mimarnos, regalarnos palabras amables, rodearnos de personas con corazón puro y sobre todo absolver a nuestros progenitores. Con la sabiduría que nos permite eximir de culpa a los otros y a nosotros mismos, podremos decirle al oído a nuestro niño interior que todo está bien y que estamos dispuestos a velar por él. Cuidándonos lo cuidamos, escuchándonos lo escuchamos y amándonos lo amamos. Muchos años después ese niño herido va a sonreír porque muchos años después el adulto en el que nos hemos convertido lo va a acompañar.

Una vez ese niño se encuentre fortalecido, el adulto se transformará en un ser resiliente capaz de enfrentarse con coraje ante las pruebas de este gran viaje que llamamos vida.

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