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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Observatorio

Ayusolandia

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Recuerdo una tarde de agosto en la plaza mayor de un pueblo en que apareció una mantis religiosa ante la mirada de dos ancianos. Me sorprendió la intransigencia de uno de ellos que afirmaba con rotundidad que no era una mantis sino un saltamontes. En lugar de rectificar se mantuvo firme en su creencia. Fue inútil el esfuerzo del otro anciano en explicarle la diferencia entre ambos animalitos. Cuando uno se niega a aprender algo nuevo, se encierra en una burbuja de autorrealidad paralela.

El populismo de Isabel Díaz Ayuso en el gobierno de la Comunidad de Madrid se alimenta de ese gran sustrato de intransigencia e intolerancia altiva que dejó sembrado el franquismo en parte de la población. Se trata de un autoritarismo moral compuesto de valores como el españolismo excluyente, el recelo a pagar impuestos y la mentalidad anarcoindividualista de pequeños propietarios, rentistas, funcionarios y clases populares que no esperan servicios públicos y consumen los fakes de la prensa de derechas.

En Cataluña persiste el llamado gen convergente como un ethos de amplio apoyo popular que va transmutando y adaptándose a cada coyuntura. En paralelo, en España ha ido resucitando el gen franquista de la máxima intransigencia revestida de posmodernidad y mucho patriotismo de boca que no de bolsillo. Ese ethos posfranquista quedó retratado en la famosa foto de Colón con el Partido Popular, Ciudadanos y Vox compitiendo por ese gran nicho electoral de españolismo herido tras la performance independentista catalana. Ni Casado ni Albert Rivera existen ya como líderes de la derecha y Abascal lleva camino de ser eclipsado por la auténtica lideresa de la derecha extrema que será Ayuso y no Feijóo ni su aparente centrismo forzado.

A diferencia de las lideresas de la derecha extrema de Francia o Italia, Ayuso tiene la ventaja de estar gobernando con una amplia mayoría electoral que puede repetir en mayo de 2023. Eso, si las izquierdas madrileñas no despiertan antes e ilusionan con un proyecto alternativo que desenmascare la Ayusolandia construida durante estos 27 años de hegemonía del PP en Madrid.

¿Qué es la Ayusolandia? Primero, es un paraíso fiscal, así reconocido hasta por la OCDE, con exenciones fiscales que cada año suman 4.100 millones dejados de recaudar. Segundo, Madrid tiene bonificado el impuesto de patrimonio al 100% y el de sucesiones hasta el 99% y ha atraído a 100.000 nuevos contribuyentes de alta renta de otras regiones en un claro dumping fiscal interno que agrava la desigualdad interterritorial. Tercero, Madrid se beneficia del efecto capitalidad por la concentración de grandes empresas, multinacionales, instituciones del Estado y empleos de altos salarios acumulando una capacidad fiscal que es un 45% superior a la media nacional. Es lo que le permite una gran recaudación con una presión fiscal reducida.

En suma, Ayusolandia es un régimen de poder y conquista centrípeta donde la única libertad beneficiada es la de las clases altas españolas en detrimento de la mayoría de los madrileños y del resto de comunidades autónomas a las que despuebla y descabeza de sus mayores patrimonios. Los 4.100 millones anuales que Madrid perdona a sus ricos se traducen en servicios públicos mínimos con la menor inversión per cápita en educación, sanidad y dependencia, perjudicando a las clases medias y trabajadoras. Un Estado mínimo del bienestar que desprecia lo público y hace privatizar la vida cotidiana de los madrileños para que paguen por sus derechos. Encima, se vende con chulería para enmascarar sus políticas de privilegio usando un tono matón y populista. «Quiero un PP callejero y pandillero» es una de las muchas ayusadas que la sitúan más cerca del falangismo (del que procede Ayuso) que de la altura moral y democrática que supone su cargo.

La última ayusada fue decir que «Madrid no se apaga» en medio de esta descomunal coyuntura de crisis energética por la guerra de Putin. Feijóo ha perdido su oportunidad de remarcar su liderazgo y su guion ya se lo está marcando Ayuso. Nos espera una precampaña larga y muy crispada en la que el mito de Ayusolandia debería ser desmontado por la, hasta ahora, débil y acomplejada izquierda madrileña. Veremos si es así y una mantis es o no es un saltamontes.

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