Reseteando

Autovía Guiniguada

Javier Durán

Javier Durán

Seguro que habrá en esta ciudad más de un asunto que refuerce el nexo entre urbanismo y misterio, pero a buen seguro que ninguno como la autovía en la que se convierte el barranco Guiniguada a su llegada al casco histórico-cultural de la capital. La mole de hormigón, ordenada durante un pleno franquista al que le importaba un pimiento la sostenibilidad, sigue ahí como un ectoplasma rancio, residual, destinada a parking sin ley. Durante su larga enfermedad, el botánico David Bramwell escribió con mucho mimo un libro, editado ahora con carácter póstumo, que nos traslada hasta el nacimiento en la Cumbre del cauce y nos muestra con afán didáctico la flora, los insectos, aves y manantiales del espacio natural.

Ni que decir tiene que la obra es también un inventario de la extinción progresiva de un ecosistema insular. El Nuevo Guiniguada viene como anillo al dedo en un momento donde crece la fiebre de los políticos por plantar árboles para estar en el ajo de la ecología, algo que no está mal siempre que el mato se riegue y no acabe desmochado y mortecino.

El que fuese director del Jardín Botánico Viera y Clavijo, figura clave para la institución a la hora de mantener el legado de Sventenius, hace ese recorrido a la manera de un naturalista de siglos atrás, recopila foto de las especies, añade láminas de dibujo y nos deposita, después del Pambaso, en la contrahecha autovía-aparcamiento. El autor, claro está, denuncia un desaguisado urbanístico del PGOU de 1962, que ninguna corporación democrática ha podido o o no ha tenido interés por corregir o suavizar.

Justo en este 2022 se cumplen sesenta años de esta burda operación quirúrgica, que, después de tanto tiempo, ha penetrado en la genética social para normalizarse y ser carne de aplazamiento. O bien de diatribas entre instituciones sobre de quién es la titularidad de la vía, de la necesidad de su existencia para el transporte público, de su primera urgencia en el caso de un atasco monumental de los túneles de San José, del presupuesto que se llevaría, de las tuberías que hay bajo las entrañas de la plataforma de asfalto .... Una leyenda urbana construida para esparcir la podredumbre sobre cualquiera que plantee una idea seria sobre este desaguisado en el caso histórico y fundacional de la ciudad.

Bramwell, el querido investigador, se ha salvado de estas miserias por su fallecimiento, aunque estoy seguro que hubiese aguantado y rebatido a estos mareantes profesionales. Su libro es un llamamiento para que se hagan los corredores verdes comprometidos mandato tras mandato municipal, pero especialmente el acondicionamiento de la autovía del Guiniguada como zona para el esparcimiento ciudadano. No hay absurdo más grande que la unión de la categoría del viario a desaparecer con un barranco legendario, tan apegado a las tradiciones agrícolas y etnográficas de Gran Canaria. Sería como decir la autopista de las Dunas de Maspalomas, para entendernos en cuanto a la gravedad del tema.

El Ayuntamiento del Tripartito colgó hace bastante tiempo en las redes una recreación con unos carriles bici y algo de verde para camuflar el mamotreto que imposibilitaría la obtención de la Capitalidad Cultural, tal como pretenden. Hay que dejarse de maquillajes y convocar un concurso arquitectónico para decidir qué hacer con el problema, cuyo rango de complejidad es máximo y susceptible por ello de que lo metan en el congelador otras seis décadas más. El Nuevo Guiniguada de Bramwell es un estimulo para retomar un expediente clave de LPGC, necesario para el bienestar y la salud de sus ciudadanos. Todas las grandes capitales del mundo está en la carrera por aumentar su masa arbórea para decapitar el cambio climático. No podemos quedarnos atrás. Ya no caben más reparos a la idea por los vendedores de humo.

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