Opinión | La vida periodística y la vida

«No me vayan a haber dejado solo»

Veo aun a aquel hombre grande dejar la cocina para adentrarse en el patio. En la cocina había un enorme vacío, el de mi madre, que faltaba desde hace tantos años. Mis hermanas le había preparado viandas locales, él miraba hacia los techos, el de la cocina, el del pasillo. Se fijó en la destiladera, lo más antiguo de la casa, donde durante años mi madre insistía en guardar el agua, como lo hacían sus antepasados en el siglo XIX.

Aquel hombre grande pasó por debajo de los helechos y buscó en el cielo lo mismo que había tratado de encontrar entre las nubes del Teide o en las estribaciones del Valle de la Orotava, por donde fuimos buscando las consecuencias bellísimas de los volcanes. Él buscaba similitudes, en qué se parece esta tierra, la niebla, el sol, las nubes, a su pueblo, Nicaragua.

En ese entonces, este hombre, Sergio Ramírez, que ahora es uno de los cientos de exiliados del régimen de Daniel Ortega, era aun un ciudadano libre, que podía ir y volver, dormir cerca de sus libros y de sus amigos, de sus parientes más queridos, sin renunciar jamás a lo que había sido la esencia de su vida, su país, su patria, el patio de la casa, el sonido de la voz rememorada de sus padres o de sus hermanos, en un lugar que, aunque no fuera ya su vivienda, seguía siendo, en la distancia, la casa en la que quizá vio una réplica en el patio de mi casa.

Ese banco en el que se sentó estaba acribillado por tachuelas que los chicos fuimos clavando para entretenernos cuando en la casa no había otra distracción que hacer diabluras. Ese rato en el que estuvo sentado, mirando al aire. Él estuvo contemplando una escalera que ya no servía para nada pero que había sido aquel asidero al que se acercaba cada tarde mi padre para preguntarle a su hermano, que vivía al frente, detrás del barranco, cómo estaba la salud de mi abuelo…

Un día mi padre y mi madre hicieron ese viaje leve, y cuando desde la otra orilla del barranco recibieron la pésima noticia, el padre ha muerto, mi padre se viró hacía mi madre y le dijo: «Ya nos hemos quedado solos».

Cuando Sergio Ramírez alzó su mirada hacia el lugar en el que se produjeron esas palabras yo mismo me vi entonces, mirando hacia donde estaban mis padres, de modo que el aire, el mío, se llenó de soledad, como si la despedida volviera a ser presente y no pasado. No le dije nada a Sergio de aquella coincidencia que ahora me había llevado a mi misma a otro tiempo de aquel patio, cuando aún estábamos casi todos en casa, aunque cada uno estuviera fuera, pero no estaba mi madre, no estaba mi padre, así que no estábamos sino los que quedábamos, pero aún no estábamos solos, aun no estábamos completamente solos.

Tiempo después sí nos quedamos solos, no estaban mis hermanas, no estaban mis padres, estábamos los chicos, mi hermano y yo, estaban los nietos, estaba mi cuñado viudo, estaban los bisnietos, y estaba la casa, no sé si estaba la talla, pero estaban los sonidos de la casa, había recuerdos a los que yo podía acceder, y estaban aun las huellas que un día dejé en la puerta, los versos escritos con bolígrafo del poema If, de Rudyard Kipling. No estaban tantos, no estábamos más solos, porque podía volver, era mi casa y podía volver.

En aquel momento en que vino a mi casa Sergio Ramírez podía volver, también, a la suya. Pero ya no puede volver a su casa, y por eso ahora me ha venido a la memoria aquella figura suya, sus ojos, sus pies lentos, entrando en el patio que fue, también, el patio de todos mis antepasados, y ahora es el patio, asimismo, de quienes no están, el lugar en que le escuché decir a mi padre, cuando murió el suyo, «Nos hemos quedado solos».

En momentos de mucha melancolía me acuerdo de aquel patio, y si quisiera ahora mismo podría llegar allí. Pero este hombre de paso lento que cruzó los helechos y se sentó en el viejo banco a contemplar el cielo que se ve, abierto, desde mi casa, no podrá volver a la suya. Estos días, cuando se supo que el dictador (los dictadores: son hombre y mujer) de su país, al que el propio Sergio sirvió como vicepresidente de la época revolucionaria de Nicaragua, lo había desposeído hasta de aquella casa de sus padres en Masatepe, me vinieron en fila todas estas remembranzas que parecen de otro mundo e incluso de otro siglo. Pero ocurrió ahora: dominado por la maldad que ha diezmado la esperanza de su país, Ortega y su mujer ordenaron que se allanara la casa que fue de los padres de Sergio Ramírez, donde éste había organizado un centro cultural al que le había puesto el nombre de su madre, Luisa Mercado.

Antes de que eso ocurriera, cuando ya le había anulado el pasaporte y hasta la identidad, porque sus libros y su persona han sido declarados non gratos para esta satrapía, le pregunté en Madrid a Sergio Ramírez cómo afrontaba este tiempo. Me dijo: «Vivo en el exilio. Intento soportarlo, tengo que sacarle el mejor partido». Cuando ocurrió este despojo, hace una semana, me acordé de aquella visita suya al lugar donde nací, y no pude sino recordar un cuento de Sergio, No me vayan a haber dejado solo, que ha vivido conmigo desde lo leí en su libro Flores oscuras… Desde el título, que viene de un poema de César Vallejo, ese relato de un ensueño, en el que ñel regresa a propia casa y busca en vano uno a uno a sus habitantes, parece escrito para señalar que un día esto también pasaría: que un dictador no sólo iba a romperle en dos la vida sino que, además, iba a intentar destrozar la casa, y hasta el sonido, de sus sueños de hijo, de hermano y de nicaragüense. Pero jamás nadie será capaz de borrarle el ánimo de escribir, y sobre todo, nunca nadie le negará la enorme belleza emocional de ese relato. No me vayan a haber dejado solo.