Opinión | La vida periodística y la vida

Serrat y «la abuelita de Kundera»

En 1994, cuando él era todavía un joven autor maduro, Serrat le dedicó unos versos cantados a aquella abuela de Kundera

Milan Kundera.

Milan Kundera. / EFE

Unas horas después de que se anunciara en el mundo la muerte, ocurrida el último viernes, de Milan Kundera, sentí el escalofrío de la música de Joan Manuel Serrat cantándole a la abuela, la abuelita, del autor de La insoportable levedad del ser.

Aquel escritor que tuvo que servirse de Carlos Fuentes, su colega mexicano, para sacar de Checoslovaquia La broma, la primera novela que habría de publicar en el extranjero, vivió una dictadura como la que España tuvo, y como la que vivieron, y viven, otros países de la tierra, desde aquella URSS que esparció la ceniza de la vigilancia y el horror por medio mundo, a la Nicaragua de hoy en día.

Esa dictadura soviética en Checoslovaquia afectó no sólo a esa entidad difusa que constituyen los países, sino a las personas, una a una, incluidas por supuesto las abuelas, que son las últimas vigilantes de la paz de los niños, o de la esperanza de sus padres, o del estupor de los amenazados.

En 1994, cuando él era todavía un joven autor maduro, Serrat le dedicó unos versos cantados a aquella abuela de Kundera. Ahora ha muerto el nieto a una edad simétrica a la fecha en que nació la canción, a los 94 años. Así que horas después de conocerse que el autor de El libro de los amores ridículos y de Un occidente secuestrado, estaba sonando en los tocadiscos de hoy aquel poema singular, una de las mejores canciones de Joan Manuel Serrat.

Pues no escribía Serrat, en aquel 1994, cuando en España ya pervivía una democracia más que razonable, amenazada ahora, por cierto, por la resurrección de la ultraderecha, tan solo una canción para la abuelita de Kundera, sino para su propia abuela, que vivió en Belchite, España, el mismo miedo que la antepasada aterida del escritor checo. Dice desde el principio la voz del cantante: «La abuelita de Kundera y también la mía/ conocían cada yerba y sus aplicaciones/ sabían lo que tenían dentro de los colchones, /sabían leer el cielo y cocer el pan». En el escalofrío de los versos está a veces la historia del mundo, desde Homero hasta Gioconda Belli o Serrat, y en ese prefacio que viajó de Barcelona a Chequia no está sólo el corazón de los que sufrieron en el Este la baba de Stalin y en el Oeste las consecuencias de Hitler o de Franco, sino que está ahora el mundo entero, sometido de nuevo a la amenaza de otros terrores contemporáneos. Así que la canción de Serrat a la abuelita del escritor se lee ahora, y se oye, como si se estuviera escribiendo, en muchos lugares, esta misma mañana.

Así que se oye a Serrat cantar: «La abuelita de Kundera en su pueblo checo/ y la mía en su Belchite y las dos sabían/ que el cura era el confidente de la policía./ Nada tenía secretos a su alrededor». El horror fue yendo de década en década, y siempre ha habido razones para que las abuelas y los nietos participen de cada estupor contemporáneo, pues canta Serrat: «El vecino de Kundera se parece al mío. Si algo tiene destacable nadie lo diría/ Es un tipo muy correcto que se pasa al día/ ocho horas tecleando un ordenador. /Mi vecino vuelve a casa y enciende la tele/ y brinda con la familia con sidra El Gaitero/ cuando el locutor afirma que en el mundo entero/ no hay un lugar más seguro que nuestra ciudad».

Mientras esa certeza crece, la certeza de que vivimos en el mejor de los mundos, la vida sigue, y Serrat lo comprueba y lo advierte con sus versos de 1994 apara la abuelita de Kundera: «Mi vecino nunca supo que esa misma noche/ violaron en su calle a una adolescente,/ que asaltaron a dos viejas y que un indigente/ apareció degollado en el callejón». La sangre de los tiempos es concreta, sucede, traspasa la memoria de aquella época en que Kundera podía escuchar la respiración asustada de la abuelita, y late en el mismo instante que el propio autor de La insoportable levedad del ser expira en su casa de París, por cierto ya en estos tiempos desprovisto de la memoria que hizo posible sus novelas.

Serrat hace versos, en esa canción, y en todas, para todos los tiempos, como Mediterráneo o Penélope, pero en este instante vuelve a la casa del vecino, en su penúltima estrofa cantada a la abuelita de Kundera: «Mi vecino, aquella noche, se metió en la cama/ convencido de tener el mundo controlado/ seguro de ser un hombre muy bien informado/ respecto a lo que ocurría a su alrededor». Los tiempos se conjugan, como los verbos, y saltan de un siglo, o de unas décadas, y llegan al instante mismo en que vivimos con su olor de azufre y podredumbre. Los recuerdos se hacen canciones dedicadas, y así termina, con estos versos, aquella dedicatoria que Serrat le hizo a la abuela del escritor que ahora ya es memoria de un tiempo y de un país. Esto escribe y canta Joan Manuel Serrat: «La abuelita de Kundera y también la mía/ conocían cada yerba y sus aplicaciones,/ sabían lo que tenían dentro de los colchones, /sabían leer el cielo y cocer el pan».

Cuando Serrat le refrescó al cronista la memoria de esos versos contó esto también: que le envió a Kundera la canción a su casa de París. «Me escribió de vuelta». No es común que la gente responda las cartas, ni cuando les mandas versos, pero Kundera le respondió una bella carta al autor de ese recordatorio de los tiempos oscuros, como lo son estos tiempos también.

Quizá es que no dejan de ser los tiempos escenarios en los que nuevas abuelas, nuevos abuelos, están viviendo con estupor el tiempo que viven o que les esperan a los nietos de hoy en Ucrania, en Rusia, en Nicaragua o en las empobrecidas soledades de los países en guerra y hambrientos. O de las calles terribles de las ciudades donde, por ejemplo en Nueva York o en París o en Madrid o en Buenos Aires o en México, asaltan para robar o para matar o para interrumpir la alegría de haber estado paseando al aire de las noches.

Hace años, en 2014, tuve oportunidad de hacerle una larga entrevista a la muy importante editora de Kundera en español, Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets. Me contó Beatriz la sonrisa de Kundera cuando, en 1968, el escritor que ella publicó con tanta pasión como éxito viajó a Praga y coincidió allí con Carlos Fuentes y con Julio Cortázar. «Parece ser que lo pasaron en grande», me dijo Beatriz, «en aquella Praga esperanzada y que tan pronto sería invadida por los tanques soviéticos». Las abuelas siempre amenazadas por el advenimiento de otra oscuridad tan grande como la que vivió aquella abuelita de Kundera a la que evocó Joan Manuel Serrat en versos tan exactos y tan inolvidables como los abrazos de un nieto.