Opinión | Azul atlántico

El calor nos idiotiza

El sofoco, la alerta máxima, también afecta a las neuronas y las imágenes que deberíamos ver claras se tornan borrosas. ¿En verdad no lo aprecian?

Refresco al borde del mar, ayer, en la playa de Las Canteras.

Refresco al borde del mar, ayer, en la playa de Las Canteras. / José Carlos Guerra

Don Eugenio D’Ors, sabio multicompetente y buen conocedor del patrimonio patrio, sintetizó historias del pasado en aquello de que todo lo que no es tradición es plagio. Así se ha inmortalizado el aforismo en piedra en el Casón del Buen Retiro en Madrid. Acudimos a esta última circunstancia de la copia para utilizar una expresión sacada de uno de los artículos sabatinos del siempre a agudo y panfletario Gregorio Morán: La ola de calor nos idiotiza. ¿Lo dudan? Estos días tórridos por aquí en las Islas y por la Península son propensos a desvaríos. El sofoco, la alerta máxima, también afecta a las neuronas y las imágenes que deberíamos ver claras se tornan borrosas. ¿En verdad no lo aprecian?

Idiota es un adjetivo que el Diccionario de la Real Academia Española, en su primera acepción, define como «tonto o corto de entendimiento». Se utiliza demasiadas veces como insulto.

Ver las cosas como son, ese punto de partida tan necesario en la conducta humana, se hace más complicado con los termómetros por encima de cuarenta grados. Piensen en Tunte, que superaba ayer los 42 grados. Si lo imaginario triunfa sobre lo real con frecuencia en esta sociedad digital, con demasiada frecuencia se podría añadir, mucho más en jornadas estivales de canícula.

Los tradicionales síntomas de la alta tensión, esa enfermedad política española desde tiempo inmemorial, se agudizan con el bochorno de la calima. Todos llevamos dentro un inquisidor, aunque cueste reconocerlo e incluso encontrarlo, en unos más visible que en otros, tarde o temprano acaba brotando. Los omnipresentes grupos de las redes lo certifican. No ha de extrañar, pues, que la política nacional, que sufre de hipertensión, vaya a peor con la canícula. Lejos de la política también hay muestras de desvaríos por la temperatura. Un ejemplo saltó ayer en la provincia vecina. Un conductor de Tenerife, de unos 60 años, se presentó al examen para la recuperación de puntos del carné al volante de su propio vehículo. Sin insultar, hay que decir que andaba corto de entendimiento. La Guardia Civil se lo puso por escrito.