Opinión | Luna de agosto

Bienvenido, míster Guiri

La palabra ‘guiri’ se remonta a las guerras carlistas del XIX, entre quienes batallaban contra los partidarios de la regente María Cristina, los ‘cristinos’, los otros, los de fuera; de ahí su viraje a ‘guiristinos’, término acuñado por el bastión carlista del País Vasco

Si uno ha nacido en el Reino Unido tiene muchas probabilidades de apellidarse Smith, Jones o Williams, lo que vienen a ser nuestros García, Rodríguez o González. Conforme la sangre va adoptando la tonalidad del añil, pasamos a la genealogía blasonada de los Howard, Seymour o Byron, hidalguía anglosajona que comparte mesa con infanzones ilustres de nombres Osorio, Falcó o Martínez de Irujo, linajes de paladar nacido para la vajilla de La Cartuja, la cubertería de Christofle, porcelana de Vista Alegre y mayordomía de cofia, doble puño y cuello ‘wing’, tras quien probablemente encontremos a un Jones, a un Brown o a un primo de Bournemouth.

Cuando uno de esos ilustres Seymour o un menos distinguido Williams se sube a un avión en Heathrow o en la respetable baratura de Stansted, las raíces heráldicas se van disipando al rebasar los Pirineos. El pasaje de cabina se democratiza y a medida que el aparato pierde altura (no hay buen aterrizaje que la barahúnda británica no celebre con un aplauso entusiasta), poco importa si la noche anterior cenó de lujo en The Greenhouse o se apiñó tres pintas en una taberna de un triste recodo de Nottingham. Llegados al destino, Seymour y Williams se convierten, simple y llanamente, en un par de guiris, la mayor conjunción de léxico y democracia de Gran Bretaña desde el sufragio universal de 1929.

En España se aplica indistintamente a los de arriba y a los de abajo si reúnen los criterios no escritos, aunque reconocibles, para adquirir el estatus de guiri, porque no es el origen social lo que le define, sino su comportamiento y su porcentaje de aportación al PIB nacional: escaso el de arriba; una de las bases de la economía española, el de abajo. Bendito sea el señor Smith.

La palabra ‘guiri’ se remonta a las guerras carlistas del XIX, entre quienes batallaban contra los partidarios de la regente María Cristina, los ‘cristinos’, los otros, los de fuera; de ahí su viraje a ‘guiristinos’, término acuñado por el bastión carlista del País Vasco, cuya fonética acostumbra a convertir la construcción ‘cr’ en ‘gu’ (cruz, ‘gurutz’). En algún momento (la RAE no es clara en este asunto), el término derivó hacia cuerpos policiales, los ‘guripas’, hasta su refundación popular a raíz del ‘milagro’ turístico de los 60.

A menudo, el término acepta ambigüedades y se aplica a cualquier turista extranjero que ande en chanclas y no le resulte extravagante mezclar lechuga con espaguetis, sardinas y ketchup en el bufé del hotel. Ni vajilla de La Cartuja ni cubertería francesa. En ese caso, ¿es guiri el italiano que da cuenta de toda la cerveza disponible entre Torrevieja y Peñíscola y duerme tirado en la acera? Pocos lo dirían. ¿Consideramos a David Beckham un guiri por ser británico? Tampoco. ¿Y a Paul Gascoigne, uno de los mayores talentos que ha dado la Premiere y al que de vez en cuando la policía recoge en la calle para que distraiga la borrachera en su casa de Dorset? Podemos discutirlo. Reconocemos al guiri en ese turista joven, padre, madre de familia o jubilado anglosajón aficionado al fútbol, la piel tirando a gamba roja de Dénia, que evita mezclarse con la cultura local, no intenta aprender español y adora la ‘happy hour’, esa fracción mágica del día en que los pubs de Calvià y Benidorm sirven dos pintas al precio de una. Pocos como el guiri aprovechan esa hora.

Guiri no debe equipararse al desdeñoso ‘franchute’ o al despectivo ‘gabacho’. Tampoco al ‘krautz’ alemán, tan bélico y de novela ‘pulp’ de Sven Hassel. Guarda semejanzas con el ‘gringo’ o el ‘gallego’, con el que a menudo fabrican chistes en Latinoamérica como hicimos aquí con los honorables ciudadanos de Lepe. «Llega un gallego a un bar… ». El guiri nunca salió en nuestros chistes, preferíamos a los británicos en conjunto, a quienes disputábamos por la vía de un humor de parvulario la hegemonía imperial que una vez tuvieron las grandes potencias: «Un inglés, un francés y un español llegan a un bar…».

El Daniel Craig de ‘James Bond’ es inglés, pero nunca le pondríamos a jugar en el mismo equipo que el señor de las chanclas. Pero mientras 007 se dedica a salvar el mundo en las películas, el tipo sonrosadete y burlón enjuga el PIB español como ninguna otra industria. No es ficción, ‘es la economía, estúpido’. Y en la cutrez de ese bañador XL se encuentra la diferencia que separa el ‘Tourists, go home’ del ‘Guiri, don’t go’. Al guiri hay que quererlo. Camarero, póngale otra cerveza al muchacho. Y un bote de Aftersun.