Opinión | Memorias de agosto

El viajero inmóvil

Agosto es el mes donde más viajeros se mueven en el mundo. Al ver estos días en los telediarios las imágenes de miles de personas en puertos, aeropuertos o estaciones de trenes uno no deja de pensar en la reflexión del escritor cubano José Lezama Lima (1910-1976) cuando le preguntaban sobre su aversión a viajar. «Viajar, decía, no es subirse a un avión; el viaje es apenas un movimiento de la imaginación». Ese temor del autor de Paradiso, cuya extraordinaria obra se va engrandeciendo a medida que pasa el tiempo, tenía su origen en una terrible experiencia cuando era un adolescente: su padre falleció durante un viaje al extranjero y esa muerte iba a turbarle el resto de sus días. Sólo viajó fuera de Cuba dos veces en su vida. Primero a México en 1949 y un año después a Jamaica. «No necesito salir de mi casa para estar en el lugar que quiera, cuando yo quiera», afirmaba. Cuentan que en cierta ocasión describió a un periodista italiano la bahía de Nápoles y el Vesubio pespuntando de luces en medio de la noche. Lo hizo con tan asombrosa minuciosidad y evocación que el visitante no se creyó que el escritor jamás había visitado Italia. Otros intelectuales extranjeros admiradores de su obra –entre ellos, Julio Cortázar– se quedaban perplejos por su capacidad para viajar a lejanos puntos del planeta en el espacio y el tiempo gracias a la lectura. Tanto viajó a través de los libros que él mismo se calificó de «peregrino inmóvil». Una vez le contó al argentino Tomás Eloy Martínez que subirse a un avión y caminar de proa a popa no era viajar. Y añadió: «Goethe y Proust, esos hombres de inmensa diversidad, no viajaron casi nunca. La imago era su navío. Gide ha dicho que toda travesía es un pregusto de la muerte, una anticipación del fin». Siempre que viajo a La Habana no dejo de visitar su casa en la calle Trocadero, 162, donde Lezama Lima vivió prácticamente toda su vida. Aquí se refugió de la marginación que sufrió de un régimen intolerante entre libros, tabacos, amigos y recuerdos. Cuando uno observa la habitación húmeda y oscura donde estaba su mesa de trabajo no deja de pensar cómo fue posible que en aquel lúgubre lugar se escribieran muchas de las páginas más trascendentales de la literatura hispanoamericana.