Opinión | Memorias de agosto

El eterno adolescente

En este tórrido y sofocante verano se ha celebrado una efeméride que ha pasado un tanto desapercibida: los 60 años de la publicación de Rayuela, de Julio Cortázar, una novela que conmocionó el panorama cultural de su tiempo y marcó un hito dentro de la narrativa contemporánea. Curiosamente, el mismo año, 1963, en que The Beatles iniciaba una revolución en la música popular y Bob Dylan acuñara en una de sus canciones que los tiempos estaban cambiando. Con Rayuela, el escritor argentino influyó a varias generaciones de españoles (por cierto, en nuestro país no fue publicada hasta diez años después por la censura, aunque ya circulaba la edición argentina). Con su aire de eterno adolescente, Julio Cortázar cuestionaba, preguntaba y debatía con todo aquel a quien conoció. Sus años de intensa dedicación a la literatura en Francia, el alejamiento de su tierra, lo habían distanciado del mundo real que reflejaba en los libros que le dieron el reconocimiento internacional. Cuentan los que le conocieron que rehuía dar consejos a otros escritores, como si esa asistencia pudiese extraerlo de su modestia, de su reservado decoro, de su tímido recato. No deseaba convertirse en un maestro, en un pontífice doctrinario. Siempre advirtieron en él un desprendimiento de su contexto y de sus cosas, una curiosidad inacabable, un tierno candor pueril unido a un apasionado interés por la justicia. En una carta de 1967 Julio Cortázar confesaba en forma de autocrítica que era un intelectual que había permanecido 16 años fuera de Latinoamérica escribiendo con el solo fin de su regocijo personal. Había creído que Paul Valery era el más alto exponente de la cultura occidental, un intelectual que transcurrió una vida consagrada a la meditación y a la creación, ignorando los desastres de las circunstancias humanas. Súbitamente tomó conciencia de que el verdadero camino de un escritor era enfrentarse a lo que él llamó «su pobre y maravillosa condición de hombre entre hombres»; es decir, ser testigo de su tiempo, aceptar su responsabilidad de participar en el destino histórico inmediato del ser humano. Por eso, por Rayuela, por sus cuentos y por toda su literatura, Cortázar es uno de los nombres que hicieron Historia con mayúscula en la literatura del siglo XX.