Opinión | Cartas a Gregorio

Al golpito

Querido amigo No hay nada más incómodo que te atosiguen ofreciéndote varias cosas a la vez, sobre todo porque, además de mala educación, es una forma de que, al final, no te decidas por ninguna.

Sin embargo, parece que, en los últimos tiempos, los vendedores, promotores y publicistas se han puesto de acuerdo para hacerte un mogollón de ofertas en los anuncios de televisión, la radio o en las redes sociales una después de la otra sin que puedas pararte a pensar.

No se puede elegir a toda velocidad entre tantas cosas, Gregorio, porque te pasa como con las uvas de fin de año que, como tengas que tragártelas a toda prisa, acabas añulgándote…

Lo mismo pasa con todo, y la gente te empuja para intentar pasar por la calle cuando solo tienes una acera de poco más de un metro.

La cuestión es meterte la prisa en el cuerpo para que no tengas tiempo de pensar y te dejes llevar a donde ellos quieren. Aunque, metidos en esa urgencia, la mayoría de la gente no sabe ni a dónde va…

Es por eso que desde hace un tiempo he decidido que lo mejor es tomarse las cosas al golpito.

El año pasado, el periodista y escritor inglés Oliver Burkeman (Liverpool, 1975) publicó «4.000 semanas; gestión de tiempo para mortales», donde, partiendo del tiempo de vida que tiene una persona de ochenta años, en la mayoría de los consejos sobre gestión de tiempo se fomenta la idea de que un día podremos «hacerlo todo» y convertirnos en los dueños de nuestro tiempo sin ningún tipo de problema.

Pero las cosas no funcionan así, y en lugar de intentar hacer todo al mismo tiempo, tendríamos que poner nuestra atención en las pocas cosas que realmente nos importan.

Como dice Annette Lavrijsen: «Es hora de ir más despacio y vivir bien, a la manera holandesa». Se refiere al llamado método Niksen, que, como dice esta autora en su libro «El arte holandés de no hacer nada», «hay que pulsar el botón de pausa, tomarse un momento para apartarse del trabajo diario y los compromisos sociales, y permitirnos estar ociosos sin la presión de sentimientos de culpabilidad o de pensamientos acerca de todo lo que deberíamos estar haciendo…»

Otra «prisa» es la que te provocan los móviles, que, además, te obligan a actualizarlos cada dos por tres. Pero como uno ya no está para clases de informática, lo que hago es acercarme a la tienda donde lo compré para que me lo dejen como estaba.

También le dije al encargado que me cambiara la música escandalosa que suena cuando me llaman, y que me pusiera la del bolero de Machín que dice: «Espérame en el cielo, corazón…», y, en vez de salir corre que te cagas, espero a que suene un ratito, que, como dice otra canción, «No hay que llegar primero, sino hay que saber llegar…»

Un abrazo, amigo, y hasta el martes que viene.