Opinión | Punto de vista

La convivencia

José Luis Rodríguez Zapatero.

José Luis Rodríguez Zapatero.

Una vieja ironía señala que los franceses cuando decidieron hacer su revolución añadieron a los principios de libertad e igualdad un terzo incomodo, la fraternidad. Una tercera rueda. Según parece los dos primeros términos eran irreconciliables. En España nuestra constitución establece los valores supremos que hoy en día son sobrevolados por un término en nada nuevo, ni menos grueso, pero más actual, la convivencia.

Es un clásico de la sociología que en tiempos de antaño prevaleció la solidaridad mecánica porque eran muchos los valores compartidos por todos los miembros de la sociedad. Y que ahora toda vez que son menos los valores comunes la solidaridad prevalente es la orgánica, fruto de la negociación de las diferentes tribus que conforman el cuerpo social.

Por las mañanas y también por la tarde la televisión ofrece una suerte de pasarelas, una la de Susana, otra de la Quintana y hay que estar en ellas acaso porque los que allí van no tienen otro foro donde decir lo mismo. Y allí acudieron de forma vecina y sucesiva Felipe y Zapatero para hacer públicas y patentes distintas formas de entender al argumento en alza, la convivencia. Quién saque más puntos en la asignatura de convivencia es el primero de la clase.

Felipe afirmó sin dejar un hueco a la duda que la amnistía o como quiera que la vayan a llamar va a quebrar la convivencia de la que disfrutamos desde el año 1978. Lo afirmó con olvido de que la duda es un nombre que se le puede dar a la inteligencia. Zapatero tiró por elevación y apeló a Azaña para poner el cuño de la convivencia. Azaña, para unos un hombre bueno en el timbre machadiano, para otros, y eludo por innecesario el nombre de ese otro, un político a medias al que le faltaba la mitad principal. Se ve que no hay acuerdo ni en los arquetipos. Pero Zapatero dejó claro que eso de la amnistía era lo mas cercano a la convivencia que se le ocurría, al menos en ese momento.

Felipe y Zapatero aparentan escenificar un espectáculo lirico-trágico exento de fascinación. Tengo para mi que si no dijeran lo que dicen tan enfadados sería la simple manifestación de dos sensibilidades distintas que anidan en el partido socialista con diferente intensidad. Pero se contradicen al borde de la injuria. Y como dice un maestro del que tengo prohibido dar su nombre por reiteración, el arte de injuriar puede ser algo tan sofisticado como decir que con pretexto de que era del gremio de la prostitución se dedicaba al contrabando.

Muchos ven en la fórmula de torturar al termino convivencia una forma excrementicia de confirmar una forma de ver la historia con la mente carnavalizada por los acontecimientos. En suma, que en términos evolutivos lo que prevalece no comporta la superioridad ética, sino que resulta ser aquella opción que mejor se adapta a la sociedad del espectáculo. Pero como evolución sin timón puede comportar regresión moral y fracaso ético.

Se aplica con frecuencia el término surrealista como si queremos emplear y no es el caso, el de kafkiano para connotar una realidad. Esto que vivimos no es kafkiano, es surrealista porque se apela a la subjetividad después de disgregar la realidad objetiva. Yo prefiero pensar y sentir que no hay surrealismo en nuestro día a día sino una suma de ironía y humor, aunque este humor pueda ser humor negro.

Y se me ocurre una maldad final y para ello tomo el túnel del tiempo hasta 1996 y me pongo a escuchar en el hotel Majestic ¿Le habría ofrecido Aznar a Puyol la ley orgánica de distensión y búsqueda de la convivencia?

Ni Susana ni la Quintana aquí llevan toda la razón, la tiene «aquí no hay quien viva».