Opinión | Artículos de broma

Besamanos y modernidad

La princesa Leonor jura la Constitución en el Congreso

La princesa Leonor jura la Constitución en el Congreso / JuanJo Martín

La monarquía jalona el calendario simbólico con actos en los que lo más importante no se ve y lo más interesante está a la vista: a la pública TVE estos shows reales le dan audiencia por encima de los reality-shows de las privadas. El último fue el rito de paso de la mayoría de edad de Leonor de Borbón Ortiz, que lleva todo 2023 jurando. En su lucha permanente -y perdida- entre la tradición y la modernidad un besamanos nunca deja de asombrar. Reinar es un trabajo manual. Princesar e infantar, también.

En la pugna entre la tradición y la modernidad hacen grandes vísperas la confitería y la numismática porque los reyes siempre han impulsado la fabricación de dulces y la acuñación de la moneda, el azúcar y el oro, la obesidad y la codicia. Son buenos días para la peluquería, la tintorería y la sastrería, incluida la de los maceros, más unida a la tradición que a la modernidad.

En el territorio de desigualdad de la monarquía los saludos de hombres y mujeres son distintos: para ellos, la reverencia; para ellas, la genuflexión hay reverencias masculinas enérgicas como un latigazo cervical. Entre los que vertebran el poder en España y riesgos traumatológicos en el femenino doblar de la rodilla que carga peso y equilibrio sobre un tacón alto y estrecho.

Centenares de personas -casi un convoy de metro- desfilan a buen ritmo ante la familia real nuclear para estrechar la mano de padres e hijas durante tiempo tan interminable que, al final, parecía que la reina Letizia hacía la palanca con su tonificado brazo para propulsar a los invitados hacia la heredera del trono, esa muchacha que da estabilidad a una nación, según los apologetas. Hay repetidores. ¿Sale en los currículos el número de veces que alguien saluda a un miembro de la familia real? Las manos reales no las estrecha cualquiera. La distancia social se mide en manos reales como el pie mide la longitud en los países anglófonos. Me pregunto cómo se sintió el último de los recibidos en el besamanos, en el gallinero de la función real, ¿con el orgullo de entrar en la recepción o con el temor a salir de la lista?