Opinión | Risas y fiestas

No le tenemos miedo a tu opinión

No le tenemos miedo a tu opinión

No le tenemos miedo a tu opinión

Nosotras hemos pasado por muchas cosas. Cosas que nos han herido, cosas que nos han hervido, cosas que nos han unido entre nosotras. Tuvimos que aprender a vernos con nitidez a través de las lianas y lianas que nos pusieron delante para que no distinguiéramos nuestros verdaderos ojos, nuestras verdaderas manos temblorositas por el frío, o más bien para que no entendiéramos nuestra verdadera posibilidad de ser nuestro yo verdadero. Ese que nos apretábamos, cállate, para que no nos latiera ya más por Dios porque nos distraía de nuestro emperramiento de ser quienes, poco a poco y sin descanso alguno, aprendíamos a ser.

Resistimos a que nos inyectaran ese emperramiento falso de cumplir a toda costa “nuestra” voluntad, nos rompimos las uñas todas a mordidas cuando comprendimos que ese deseo tan fuerte de lograr llegar. Ese deseo tan llenatodo de lograr llegar a una meta querida y celestial. Era mentira, y pum pum pum pum.

Entonces, vacías de directrices, ¿qué sentido tiene el mundo si no tiene sentido el mundo?, nos miramos al espejo y nos supimos otros cráteres.

Cráteres (por el latido acentuados) de los que habíamos apartado la vista sin discusión porque teníamos otro objetivo y, por ejemplo, buscar sentarse bien no permite descubrir el gusto que aparece en la piel al sentarse mal y permitirle al cuerpo acomodarse como quiera, con la comodidad mayor que necesite para resistir a todo lo que nos puede suceder sentadas. Por ejemplo, buscar hablar bien no permite inventar hablas que lleguen a todos los rincones que (por el latido inacentuados) tenemos dentro, a todos los rincones que, porque eran (latido) inconfesables, no entraron en nuestra construcción de lo que el lenguaje es (latido).

Tuvimos que odiar el lenguaje, intentar arrancárnoslo de las lenguas, decirnos tírate de esa llaguita de ahí porque no podemos seguir más con esto que nos encierra dentro pegado, renunciar a explicarnos jamás, vivir con la decepción colgándonos del cada vez más nítido pum que nos señalaba todo lo que dentro de nosotras no podía tener nombre, tener una cara de fingimiento para presentarnos a los demás y sufrir por fingir tan bien por Dios, volvernos tímidas inevitablemente, y después tuvimos que hartarnos e inventarnos el habla que no teníamos.

Tuvimos que, como dice Elena Ferrante en ‘En los márgenes’, agarrar las formas tradicionales-masculinas de la literatura y reventarlas desde dentro porque eran lo único que sabíamos hacer y a la vez nos aprisionaban porque no estaban preparadas para nuestras realidades. Nos tuvimos que colar en todo ese aprendizaje en el que no creíamos para (latido) colar en él todo aquello que el aprendizaje no nos permitía ver.

Nuestra verdadera persona tras unos pelos muy peinados.

Y así tuvimos que inventar dicciones. Simbologías. Desenfrenos para contar todas esas cosas, todas esas cosas que nos han sucedido… y que, construidas con tus palabras, significan lo que para ti es cómodo que signifiquen.

Dichas con nuestras palabras fabricadas con cachitos de las tuyas todos mordidos y escupidos y pintados con pintura fluorescente, por fin dicen lo que deberían.

Te señalan y se enfadan contigo.

Y tú, señor que se sube a un balconcito y desde ahí escribe sus cosas en las que opina con odio sobre las nuestras, reclamándonos todo el rato, mientras lo repiten a la vez otros mil idénticos, no escriban siempre lo mismo todas se parecen esta moda de la escritura femenina ¿qué más tiene que decirnos el feminismo? váyanse a los grandes temas vuelvan de ahí y abandonen ese lenguaje que abandona las formas sublimes de la Gran Literatura Enorme, tú, señor que se ríe porque cómo no van a saber eso que yo sé hahaha no lo consiguen, ¿te has planteado que somos una perversión de lo que tú ya eres?

¿Que hemos abandonado tus formas porque nos han pasado cosas que tú no sabrías contar?

¿Que no eres, hegemónico señor, suficiente para abarcarlo todo?

Solo crees serlo.

Señor que se ríe y pocas veces ha tenido (latido) discordancia.

Lo que a ti te resulta sencillo a nosotras nos resulta tan difícil que sabemos hacerlo y no lo hacemos porque no sabe hacernos ello y qué vamos a hacer. No nos da miedo, escritor macho, tu opinión, pues hemos pasado por cosas y nada estaba preparado para que llegáramos hasta aquí. Ni escribimos para ti ni queremos escribir como tú. En ti nos educaron y a ti te trascendimos porque era eso o la injusticia y porque.

Queríamos pasarlo bien.

Sin ti. Y punto.