Opinión | Tropezones

Hoy hablaremos del gobierno

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, con el presidente del EBB del PNV, Andoni Ortuzar, firmando el acuerdo.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, con el presidente del EBB del PNV, Andoni Ortuzar, firmando el acuerdo. / EFE

Como Uds. saben, evito escribir sobre temas políticos. Pero la situación actual me parece tan alarmante, que se me hace difícil seguir haciéndome el sueco.

Acaba de ser reelegido el anterior presidente en funciones, colmando su ambición de permanecer a cualquier precio en el poder. Como no lo puede confesar abiertamente, utiliza como coartada haber evitado una alternativa de derechas que pudiese poner en peligro la estabilidad del país. Para ello ha conseguido la complicidad, y los votos, de unos partidos a cuyo lado la ultraderecha es una hermanita de la caridad. Pero el peaje y las cesiones al partido condenado por golpista que finalmente ha apuntalado su investidura han causado verdadera alarma social, por de pronto dejando vendido al poder judicial al claudicar ante el chantaje de un delincuente. Imitando a Supermán invirtiendo el tiempo para salvar a Lois, ahora el flamante presidente ha consentido, para salvarse él mismo, validar el relato de los golpistas, dando por no ocurrido el golpe de estado de dicho partido, ni los subsiguientes procesamientos y condenas, ni la defensa de la legalidad por parte del jefe del Estado. Sino por el contrario asumiendo que todo lo acontecido ha sido fruto de una inmisericorde persecución del Estado en connivencia con la judicatura. Por lo que éste habrá de resarcir con una amnistía total a todos los condenados o procesados por sedición, malversación y terrorismo, amén de compensarles con una pléyade de ventajas fiscales y económicas. Y abriendo así la puerta a posibles represalias legislativas contra los jueces «culpables». Aparte de la enormidad de tener que humillarse ante unos delincuentes prófugos de la justicia, haciéndoles el juego a cambio de unos votos, no ha perdido un minuto en registrar deprisa y corriendo en el congreso la preceptiva ley de amnistía. Aunque su legitimidad es cuando menos dudosa, el presidente cuenta para su aprobación con la complicidad de aquellas instituciones en las que ha conseguido infiltrar a sus afines, desde la fiscalía del estado, hasta el tribunal constitucional o la presidencia y mesa del congreso.

Porque también ha rebasado los límites legales y los mandatos constitucionales merced al secretismo de sus negociaciones con los partidos que le apoyan, obstaculizando la intervención y el control del parlamento, legislando por decreto, y aprobando proposiciones de ley sin siquiera tiempo para estudiarlas y debatirlas. Y por supuesto pasando olímpicamente de las instituciones de asesoramiento, como el consejo de estado o el CGPJ consustanciales al sistema de contrapesos de cualquier democracia. ¿Al fin y al cabo, para qué, si no son vinculantes? Si a eso añadimos que se está dando carta de naturaleza a la mentira, rebautizada como «postverdad» o «cambio de opinión» convirtiéndola en moneda de curso legal, todo vale para acallar las contadas voces discordantes del propio partido del presidente, mientras los incondicionales se garantizan sus poltronas. Por cierto cambiando de chaqueta sin el menor rubor, de un día para otro, y pasando de los valores identitarios de su partido. Y todo ello en medio de un clamor de protesta popular con continuas manifestaciones de cientos de miles de personas, ninguneadas por el gobierno, por presunta contaminación ultraderechista.

Se ha dicho que nos gobierna un personaje que por mantenerse en el poder es capaz de vender a su madre. Lo malo es que ya se ha puesto manos a la obra. Y lo peor es que le jalean y encima le justifican una cohorte de corifeos, alegando airados que la ley no prohíbe expresamente la venta de madres.

Pero mucho cuidado, señor presidente, que madre solo hay una.