Opinión | Isla Martinica

Ser profesor

Una docente ayuda a una alumna en la escuela Vedruna Immaculada de Barcelona.

Una docente ayuda a una alumna en la escuela Vedruna Immaculada de Barcelona. / Ricard Cugat

Mi profesión, la de enseñar, es tan vieja que da vértigo ponerse a predicar sobre lo que debe ser y, especialmente, sobre lo que no debe ser, quizá lo más relevante de cara a ese futuro aún por llegar. El ejercicio del magisterio lo han desempeñado, a lo largo del tiempo, personas de muy distinta consideración, aunque con objetivos similares: provocar o motivar el aprendizaje entre los que han de formarse. Con arreglo a unas mínimas reglas, el profesor ha entendido que lo suyo ha de estar presidido por la responsabilidad, el compromiso y la disciplina. Estos tres factores son los que, en esencia y solidariamente, podríamos definir como la autoridad.

En la actualidad, ninguno de estos elementos guía la práctica de la enseñanza y me temo que, las leyes promulgadas en los últimos años, vienen a certificar la muerte del magisterio como tal. Porque nadie en su sano juicio, aceptaría ejercer la docencia en un mundo en el que no existe la responsabilidad, como tampoco el compromiso por estudiar y menos todavía la disciplina, pero, incluso así, siguen dándose las clases. Y esto es lo que me preocupa, el que haya docentes que se encuentran en el más absoluto desamparo social e institucional. Decir que los profesores estamos solos ante el peligro ya parece un cuento chino, algo semejante a un capricho de los interesados. No obstante, es una verdad que, cada día que pasa, se agranda hasta llegar a aplastar la vocación de muchos compañeros de profesión.

Ser profesor es una aventura destinada a la incomprensión, la indiferencia y el desprestigio. Y, sin embargo, no todos los profesores son iguales y, por mucho que moleste, todavía hay clases en el magisterio. La labor del maestro ha de estar al servicio del progreso del alumno, de su rendimiento objetivo y, cómo no, de la mejora de su actitud ante el proceso de aprendizaje. La ley Celaá desintegra esta imagen, la pulveriza hasta la inanidad. Hoy, y me cuesta reconocerlo por lo doloroso de la afirmación, el buen profesor es el mal docente, del mismo modo que el pésimo maestro es el halagado por la administración. Es lo que tiene entregarse descaradamente al relativismo. Mejor lo explico con un ejemplo real.

Hace poco, tuve la oportunidad de observar cómo algunos entienden el ejercicio del magisterio, en un momento en el que la indignación corría pareja con el evidente desánimo, porque, lo que uno esperaría encontrar, se transformaba en burbujas, pero literalmente hablando, sin broma alguna. En la distancia, fui testigo de cómo una materia de bachillerato, sobre la que callo el nombre, se materializaba en pompas de jabón, que subían al cielo al mismo ritmo que por la ventana escapaban el rigor y la solemnidad de la enseñanza. Confieso que me invadió el desconcierto, no menos que una tristeza que rivalizaba en intensidad con el espectáculo que se ofrecía a mis ojos. Desistí de saber el porqué, así como de preguntar por el quién, ya que lo imperativo era reflexionar sobre la situación en sí, es decir, sobre la conversión del magisterio en algo ajeno a su definición milenaria, en un espejismo de lo que en su día fue.

Hay centros en los que los profesionales no educan, sino entretienen; donde no evalúan, sino regalan las calificaciones. Existen directivas, más de las que se cree, que apuestan decididamente por marginar la tarea del docente con el fin de empeñar la escuela en favor de un improvisado parque de atracciones. Y, en otros, la innovación educativa se ilustra con la identificación del colegio con una agencia de viajes, dándose la paradoja de invertir enormes cantidades de dinero, tan obscenas como la propia conversión de la enseñanza en una estafa, cuando los centros siguen necesitando lo básico, como puedan ser sillas, mesas y ordenadores para alumnos y profesores.

Así nos va. La educación en España –porque esto no es sólo visible en las Islas Canarias– está a la espera de descubrir la palabra que la califique, puesto que la de vergüenza hace mucho tiempo que se quedó corta.