Opinión | El revés y el derecho

Kissinger y la huella de Kipling

En el ratito que estuvimos juntos, él firmando el libro grande a una niña chica, yo acompañando a un periodista de la televisión a cumplir con el canutazo obligado ante personajes de esta alcurnia, apenas compartimos algunas notas de compromiso

Henry Kissinger, durante una intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, en el año 2013.

Henry Kissinger, durante una intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, en el año 2013. / Reuters

Conocí a Henry Kissinger en 1979, una vez que vino a presentar en Madrid sus memorias, un libro enorme en el que contaba todo lo que había hecho por el mundo. Era, como los escritores en gran medida y como los estadistas frecuentemente, un presumido, alguien que arrancaba aplausos de sus adeptos y desmanes de sus enemigos.

En el caso de Kissinger, era un hombre oscuro que recibió, sin despeinarse (y tenía tal pelo que hacía imposible el despeine), el premio Nobel de la Paz habiendo sido alguien que no sólo alentó guerras sino, además, guerras sucias, que rozaron, se dijo, la España en la que agonizaba Franco, el Chile que le dio carta blanca (carta blanca norteamericana) a Pinochet, y otros permisos de navegación, oscura, clandestina, durísima, en países muy queridos de aquella América sureña que, por ejemplo, había conocido la dentellada norteamericana que acabó (¡para siempre!) con la prosperidad de Guatemala.

Cuando lo vi llegar a la zona franca del aeropuerto de Barajas, en Madrid, apenas se sabían todas esas cosas que hizo, y que no estaban, naturalmente, así en aquellas memorias. Él venía acompañado, tan solo, de alguien que lo fue a buscar de la embajada, y su viaje tenía carácter privado, porque venía a presentar aquel mamotreto. Aunque a aquellas edades (yo tenía apenas los treinta años) uno veía al mayor como a un anciano, el secretario de Estado más famoso de la historia de los Estados Unidos tenía apenas el medio siglo, pero tenía labia, y escritura, que justificaba no sólo el libraco sino el prestigio (oscuro, o blanco) que tenía sobre sus hombros, bastante imponentes, por cierto.

Era, en efecto, compacto, como un defensa central de los de la época de los grandes mastodontes del fútbol, y él mismo era un aficionado a este deporte en la versión balompié. Sus gafas eran las que ya se ven hasta en las caricaturas, bien agarradas a las orejas, sus ojos serenos, seguramente de comprobar el susto que causaban, y esa voz que no parecía salir de su boca, sino estrictamente de la boca del estómago.

En el ratito que estuvimos juntos, él firmando el libro grande a una niña chica, yo acompañando a un periodista de la televisión a cumplir con el canutazo obligado ante personajes de esta alcurnia, apenas compartimos algunas notas de compromiso. Aquel compañero era José Luis Cruz, de la única televisión que había entonces entre nosotros; hizo su trabajo, le presentamos a Kissinger a la niña que estaba con nosotros, y que me acompañaba a mi, esencialmente, pues era mi hija y yo me ocupaba de ella aquel domingo, y alguien de por allí hizo una fotografía que duró para siempre, hasta esta mañana, cuando se supo que murió Kissinger y mi hija, aquella niña, la encontró en los vericuetos de la internet, que entonces brillaba por su ausencia.

No hubo declaraciones, porque además este periodista estaba entonces en destinos culturales, nada de lo que se saliera de ahí debía tener otro interés que el documental, aunque en momentos concretos de septiembre de 1976, si estuve cerca del secretario de Estado norteamericano haciendo reporterismo de sus incursiones en África del Sur, que era motivo de sus tratos contemporáneos. Lo esperaba un vecino nuestro en la isla británica, James Callaghan, que había sucedido a Harold Wilson al frente de los laboristas ingleses y entonces dirigía los destinos de la Gran Bretaña. Kissinger había estado al sur del sur tratando de arreglar, se supone que a su favor, los destinos de Rodesia, que era el conflicto contemporáneo.

Por lo que alcancé a saber, y que conté en El País, el diario del que fui corresponsal, a Kissinger lo había despedido sin entusiasmo el racista más violento de entonces, Ian Smith, que no quería saber nada de la paz que le ofrecía el rubicundo jefe de la diplomacia de las diplomacias. Igual de reticente que Smith en Rodesia lo era Vorster, el presidente de Sudáfrica, que finalmente sería el que desencadenó a Mandela y admitió por fin el poder de los negros que eran mayoría en aquella zona del mundo y notoriamente del continente africano.

Aquel periodista que era este servidor entonces usó el lenguaje de palo que nos concierne tantas veces cuando sabemos sólo lo que decía el Foreing Office: «Hasta que Ian Smith no se exprese inequívocamente (…) Londres seguirá sin creer en las vagas promesas de cambio hechas por aquél después de sus contactos con el secretario de Estado norteamericano». Obligado el corresponsal a tomar nota de lo que dijeran los diplomáticos ingleses, así despeché las esperanzas que traía a la África negra (y a Londres) el secretario de Estado que acaba de morir después de cruzar los cien años de vida: «Para que Gran Bretaña se decida a intervenir en el conflicto que protagoniza Rodesia, Kissinger tendrá que traer muy buenas noticias de su gira pacificadora. En los ambientes londinenses se observa esta visita con un escepticismo cada vez mayor, que contrasta con el optimismo de los norteamericanos que acompañan al secretario de Estado».

Eso nos decían los hombres de Callagham, off the record, y nosotros lo poníamos sobre papel en una época en que casi todo era materia de voz baja, como si el mundo estuviera diseñado por John Le Carré, con la vista puesta en espías criados en el mismo Foreign Office que desconfiaba de Kissinger…

En otro despacho de esos días (despachos era la palabra periodística y diplomática de entonces) el escepticismo inglés alimentaba la pluma del corresponsal, que se permitió este pellizco al secretario de Estado: todo lo que este hombre hacía en África del Sur “estaba lleno de lagunas…»

El escepticismo contemporáneo era tan patente como el racismo sudafricano, a la vez que aquel hombre que parecía de todas partes, Henry Kissinger, acababa sus primeras memorias y se aprestaba a terminar otra misión más sureña: la que puso a América Latina patas arriba. Esos clarines del miedo habían sonado ya cuando Kissinger llegó a Madrid, le firmó aquel inmenso libro a mi hija, y ésta posó, sobre su estatura de los cinco años, para un recuerdo que ahora ha desempolvado como memoria de aquel instante en que el hombre que acaba de morir entrega su legado a la historia, lleno de gozos y de sombras, y de dolor también de aquellos que sufrieron en el mundo el resultado de viajes como el que lo llevó a Sudáfrica, a España, y a los sures del mundo que sufrieron, ya saben, el cuchillo ruin de la historia que tuvo, entre otros nombres, el nombre de la CIA.

Aquella muchacha de la foto, ya he dicho, es mi hija Eva. Hace muchos años, cuando ella ya era una adolescente, estuvo buscando en las paredes de mi infancia un vestigio del que yo hablaba todo el rato. De chico escribí en la pared de mampostería de mi casa los versos completos de If…, el más famoso poema de Rudyard Kipling… Mi madre me mandó a borrar aquella reliquia pero esas huellas no las borra ni el tiempo, así que ahí estaban, y están aun, más de sesenta años después, resistentes a las inclemencias de la vida. La muchacha me avisó: «Padre, siguen ahí las huellas de If…» Si llenas el minuto inolvidable y cierto,/ de sesenta segundos que te lleven al cielo./ Todo lo de esta tierra será de tu dominio,/ y más aún: serás hombre, hijo mío».

Aquellas huellas, ese encuentro, se hallan ahora en la misma longitud de la memoria, la que alentó en su día el entusiasmo que regalaba Kipling y que redescubrió la hija, y la presencia de aquel hombre que, habiendo sido tan grave para la historia, allí, en el aeropuerto, parecía un personaje como de Robert de Niro haciéndole el regalo de su nombre propio a una niña de seis años que luego ya sabría que el optimismo de Kipling no las tencuhabía entonces entre nosotros;an ml pajaba la mkirada para obsequiarla. abr historia, all a fancia un vestigio del que yo hablía todas consigo y que el cinismo de Kissinger era también el que bajaba la mirada para obsequiarla con su nombre propio estampado en el pórtico de unas memorias que pesaban en ese momento muchísimo más que las manos de una niña.