Opinión | Observatorio

Escribir en el dialecto canario

Se propone la lengua oral como modelo literario, una prosa caleidoscópica y anárquica, que rompa el canon, para vomitar novelas que parecen escritas sin coger aire

Imagen de archivo de ciudadanos por la Avenida de Canarias de Vecindario, en Santa Lucía de Tirajana.

Imagen de archivo de ciudadanos por la Avenida de Canarias de Vecindario, en Santa Lucía de Tirajana. / Juan Castro

Aveces la riqueza puede provocar efectos indeseados cuando no se la administra adecuadamente, y, mientras que la más suntuosa estancia, decorada y amueblada con valiosos componentes, puede resultar contraria al buen gusto por su abigarramiento, la humilde y sencilla vivienda, con los elementos imprescindibles para cumplir con las funciones de quien la habita, se adecua más a los cánones estéticos predominantes en determinadas épocas y en sociedades de elevado nivel cultural. Huelgan los ejemplos. Con la lengua puede ocurrir lo mismo, pues el resultado desequilibrado y falto de armonía de muchos mensajes se produce cuando, aun siendo conscientes de su riqueza léxica y de sus muchas posibilidades sintácticas, en mezcla desigual combinamos sus componentes sin considerar que la existencia de tantos elementos se debe a las variadas circunstancias en las que se actualizan las unidades del complejo sistema lingüístico. La selección y la combinación de las palabras habrá de hacerse de acuerdo a las peculiaridades del canal elegido para la transmisión del mensaje (oral o escrito), con el espacio geolectal en que nos encontremos (elegir uno u otro dialectos), según el nivel sociocultural de los hablantes (adoptar el sociolecto adecuado) y con el registro, formal o informal de la situación comunicativa. Can y chucho, bocadillo y bocata, gazuza y jilorio no pueden ser intercambiados en cualquier situación de habla, por más que se nos diga que son parejas de sinónimos.

Es anómalo, por ejemplo, que en una situación comunicativa informal utilicemos palabras y construcciones propias del lenguaje poético; así, frases como «Se daba un baño con el líquido elemento» o «Fue mordido por unos canes», se rechazarían por cursis o afectadas, como resultaría contrario al buen gusto que en una situación de cierta formalidad, como en una clase, nos dirigiéramos a los alumnos en el siguiente tono: «Arrejálense pacá los de la primera fila y no se escarranchen mucho para que quepan todos; y les advierto que pueden mandarse a mudar quienes no tengan interés en esta lección», como acaso diría un profesor canario que, buscando complicidad, entendiera que así se aproximaba más a sus alumnos.

Por el contrario, una sensibilidad modelada por una buena educación en materia de lenguaje, complementada con un bagaje de buenas lecturas, que incluyera autores canarios, aceptaría, sin la más mínima coartación el uso de arrullar (mecer a los niños en la cuna’ y ‘columpiar), empatar (enlazar entre sí, cabos o cuerdas) y amorosar (ablandar o reblandecer), por ejemplo, como voces sin restricciones sociolectales o pragmáticas, pues tan generalizadas están y tan respaldadas por los buenos hablantes y escritores que nadie pondría en duda la validez de sus usos en cualquier situación comunicativa.

Pero hay quien propone como criterio literario el rechazo a todas las normas, la eliminación de los matices que caracterizan dialectos, sociolectos y registros, para exhibir en un totum revolutum el novísimo modelo de una narrativa rompedora que rechaza toda una tradición literaria por considerarla anacrónica y obsoleta. Propuesta que parece defenderse en el artículo Escribir como se habla: así es la nueva tendencia en la literatura española, publicado en El País, el 22/04/2023, y en el que leemos lo que sigue: «Una propuesta estética de no usar comas ni puntos ni mayúsculas, adoptar la lengua oral como modelo y tomar prestadas expresiones en otras lenguas, ya sean cooficiales o extranjeras, de manera desacomplejada. Todos están firmados por debutantes que han asaltado las librerías con pocos meses de diferencia con una prosa frenética, caleidoscópica, anárquica y (estudiadamente) espontánea. Esta nueva hornada de autoras y autores sin aparente nexo común ha vomitado novelas que parecen escritas sin coger aire, con la voluntad de reventar el canon y una ortografía disidente, situada al margen de las reglas de la RAE. No se trata, en realidad, de un fenómeno estrictamente nuevo. Respecto a las reglas, una vez aprendidas, procuro olvidarme, escribió Montserrat Roig, contra la hipocresía lingüística de un panorama que encerraba a las palabras sin dejarlas volar […]».

En resumen: se propone la lengua oral como modelo literario, una prosa caleidoscópica y anárquica, que rompa el canon, para vomitar novelas que parecen escritas sin coger aire. Estas son las recomendaciones para los escritores del futuro y, según he oído, una nueva y posible propuesta didáctica para las clases de lengua y literatura.

Quizá se ignora que una característica de la literatura en relación con las restantes bellas artes es que mientras que estas parten de una materia amorfa que el artista tiene que formalizar (los sonidos, los colores, el movimiento, la masa, los espacios), aquella, la Literatura, cuenta ya con una materia perfectamente formalizada y estructurada que es la lengua, y es el escritor quien le dará una nueva forma en el poema, en la novela, en el cuento o en el drama. Pero se está proponiendo, paradójicamente, el proceso completamente contrario: como la lengua cuenta ya con unas leyes que la rigen, con unas normas que compartimos, rechacémoslas, pues son un corsé que limitan la libertad creadora. ¡No deja de ser un buen pretexto para justificar la ignorancia y negar el esfuerzo que supone el proceso creativo!

No dudo que pudiera haber resultados más o menos afortunados con esta nueva estética del todo vale; a veces la inspiración y ciertas capacidades innatas pueden producir efectos no exentos de belleza modelando el barro o combinando los colores, mas, desconociendo la lengua, difícilmente puede hacerse con ella algo más que no sea un mero experimento o, en el mejor de los casos, el producto de una aislada casualidad. Y es que «El bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio», decía Fray Luis de León, y, por lo menos, en el terreno de la narrativa, sin negar las posibles excepciones, me alineo con Fray Luis. Y con Rafael Arozarena, el autor de Mararía, quien afirmaba en una entrevista que «Para ser escritor hay que saber escribir, y esto sucede después de los 70 años. Antes es una ilusión». Más recientemente, Paul Auster con la misma rotundidad afirmaba: «En la literatura no hay genios precoces, no es posible. Se pueden dar en música, en artes plásticas, en ajedrez, en matemáticas, pero en literatura no, porque para dominar el lenguaje hace falta que pase mucho tiempo» (El País, 17 /09/2021).

Y no basta con el dominio del lenguaje, pues, si no se posee la capacidad para crear mundos sorprendentes con palabras, difícilmente se conseguirá sorprender estéticamente al lector. Como sí lo ha conseguido Antonio Lorenzo, reconocido dialectólogo y miembro de número de la Academia Canaria de la Lengua, de quien conocíamos su extraordinario dominio de las disciplinas filológicas y de la dialectología canaria, que nos sorprendió gratamente cuando hizo pública su faceta literaria, como poeta y como narrador. En 2020, nos brindó un excelente libro de poemas, Imitación de clásicos, y en 2021 una colección de treinta relatos con el sugerente título de Buenas y malas palabras. Y, mientras disfrutábamos de la lectura de sus bien elegidas palabras, nos vuelve a sorprender con una veintena de textos agrupados bajo el título de La posguerra civil, publicado en este año de 2023 por la misma editorial, Ediciones Idea/ Aguere.

No es este el lugar para exponer con la extensión exigida los muchos valores de estos relatos, tanto en su expresión como en su contenido, pues aunque pudieran parecer textos propios de un nuevo realismo mágico, los relatos de Antonio Lorenzo están inspirados en la más próxima realidad, y en un tiempo pasado que adquiere valor en el presente, toda vez que se inscribe en el contexto de la literatura que trató (o que trata) de la necesidad común de reconstruir la memoria familiar por encima de la historia oficial.

Excelente retrato de la vida diaria en un pueblo canario en aquella época de posguerra lo encontramos en el relato titulado Los trabajos y los días. Y en el que da nombre al libro, La posguerra civil, nos ofrece un canto a la amistad, nos explica las razones de la emigración, reflexiona sobre la guerra, la posguerra y el hambre, con una ironía inteligente que contrasta con la dura realidad: «la guerra mundial destrozó parte del planeta, la paz mundial lo ha destrozado por completo». «La posguerra española –escribe–― coincidió con la Segunda Guerra Mundial, así que a una posguerra le sucedió la otra. Como para salir corriendo. Y eso fue lo que hicieron muchos isleños, que tenían como meta la lejana Venezuela».

Reflexiones en torno a la literatura hay en el titulado La siesta, en el que nos cuenta cómo el personaje, que padecía de insomnio, recuperó el sueño cuando empezó a leer verdaderos libros de buena literatura, como le había recomendado su hermana que era profesora de lengua y literatura. Y confiesa que hoy ya duerme la siesta, y lo hace «con libros de peso mosca, de relatos cortos, poco extensos, pero bastante intensos».

Consigue Antonio Lorenzo envolvernos en el ambiente del tiempo y el lugar en que sitúa la acción, sin grandes artificios, con un lenguaje conciso, claro y sencillo, en el mejor español, como lo es el estándar del dialecto canario, y utiliza los canarismos sin estridencias, pues no aparecen forzados, como creen algunos que hay que proceder para escribir en el dialecto canario. Están usados con la espontaneidad, con la naturalidad de un excelente conocedor del dialecto: fogalera, velillo, gofio, pollaboba, y otros incluidos en expresiones que todos reconocemos como características de nuestra modalidad: hacer mandados, caminar por los riscos, regar las matas, pagar los fiados, salir a sesenta, estar alongado, una docena de canarismos perfectamente contextualizados y cuyo significado se deduce sin necesidad de acudir a ningún repertorio de voces canarias. Antonio Lorenzo sabe muy bien lo que se tiene entre manos, y es consecuente con el compromiso que manifiesta desde la Nota preliminar que precede al libro: «La palabra hay que pesarla, medirla antes de ponerla encima de la mesa». Y otro compromiso también de una enorme profundidad en esta lograda paronomasia: «En el libro se libra hoy la batalla del pensamiento libre».

Yo también me reafirmo en esta idea, y creo que es esta la literatura que puede servir de modelo para nuestros estudiantes y para contribuir a la estandarización del dialecto. Y comparto, por supuesto, con Gabriel García Márquez, que «la buena escritura es la única felicidad que se basta de sí misma». (Se necesita un escritor, El País, 6-10-1982).

Sé que la defensa de estas actitudes en pro de la norma y de lo que considero el buen gusto literario suelen asociarse con ideologías conservadoras, pero correré el riesgo de que se me sitúe en un espacio en el que seguramente no me sentiría cómodo antes que renunciar a mis convicciones estéticas, las lingüísticas y las literarias.

*(A propósito de la publicación de ‘La posguerra civil’, de Antonio Lorenzo Ramos)