Opinión | Retiro lo escrito

El regalo de Concha Velasco

Concha Velasco.

Concha Velasco. / EP

Una vez, hace media eternidad y un cuarto, me mandaron hacer una entrevista a Concha Velasco, que traía una obra al teatro Guimerá. Por entonces te mandaban a hacer una entrevista como a un soldado de caballería le mandaban a capturar a un piel roja. Recuerdo que en una ocasión un director me ordenó realizar una entrevista a una autoridad en esperanto que se hospedaba en un hotel del Puerto de la Cruz. Tenía que salir inmediatamente. Mis únicos datos se resumían en que el individuo se hospedaba en el Puerto de la Cruz (seguro) y que hablaba el esperanto (presumiblemente). Y dí con él. Hablaba mucho, muchísimo, y no solo en el idioma inventado por el oftalmólogo Zamenhof, y cuando salía corriendo de regreso a la redacción me preguntó, con una sonrisa de satisfacción, si intentaría aprender esperanto. Le dije que no.

-¿Para qué estudiar una lengua que no tiene literatura oral ni escrita?

Más vale no preguntar qué interés podía tener la entrevista en sí misma. Todavía no lo sé. Concha Velasco – por supuesto – era diferente. Apareció acompañada (todavía) por Pedro Masó, el hombre que la quiso, la engañó, le enseñó a montar un espectáculo, la cubrió de oro y la arruinó también. Es difícil acompañar bien a una diva. Y Velasco era una diva que se desmentía como tal. Masó sabía crear en el aire una esquina y se plegaba en ella y salía entonces Concha Velasco al exterior. Una mujer bajita, muy delgada y menuda, con una espléndida figura en la cincuentena. Por supuesto lo mejor eran los ojos carboníferos y la vivaz expresión del rostro. Velasco era una de esas personas – muy pocas – a las que se iluminaba el rostro a voluntad. Cuando ella quería y a la velocidad que ella anhelaba. Los ojos encendidos eran pura curiosidad crepitante y ganas de comerse el mundo con la vista, con la vista, lo primero. Después el sol se intensificó y por desgracia se puso unas gafas oscuras. Ya no supe que es lo que miraba.

Lo más evidente del mundo es que esa mujer amaba la vida. Y la siguió amando durante muchos años pese a las decepciones, los trances amargos, las putadas y las puñaladas. Estaba encantada por el mundo. «Nada me desengaña/el mundo me ha hechizado», escribió Quevedo. Esa mañana, bajo el cielo azul de la ciudad, estaba una actriz hechizada por el mundo que te hablaba con una pasmosa naturalidad y un falso sentido común. Me impresionó profundamente porque en esa felicidad, en ese pasmo hechizado, en ese alimentarse curativamente, una y otra vez, con el amor a su oficio, con el prodigio de vivir otras vidas, con el consuelo de practicar su talento, un talento que se moldeaba a todo y de todo aprendía, esa mujer había alcanzado una fuerza indestructible. Podían maltratarla, arruinarla o arrinconarla, pero en ningún momento podrían destruirla. Era una hermosa combinación de voluntad, hechizo y talento. Todo se lo había currado. No eran atributos suyos, sino una forma de ser y de estar.

Concha Velasco nunca rindió por sometimiento ningún papel. No eran suyos después de un duro proceso de metabolización. Tampoco ninguna extraña posesión la convertía, por ejemplo, en santa Teresa de Jesús. «¿Lo más importante? Aprenderse el guión. Mi trabajo empieza por aprenderse el guión: tienes que aprender a aprendértelo». No dijo nunca «interpretar». Decía «trabajar». Era simplemente un incesante relámpago de intuición que atravesaba ese guión de parte a parte. Le servía absolutamente todo. Sabía ponerse en el momento preciso bajo la luz de un foco, del sol o de una mirada. Y la voz. «Ya sé que no tengo buena voz para cantar pero aprendí a cantar bien. Si tienes buena dicción ya puedes cantar; yo odiaba mi voz cuando jovencita hasta que me dí cuenta que todo el mundo cantaba en la calle, en la casa, haciendo la comida, tendiendo la ropa». Cantó, amó, rio y murió ante las cámaras como lo hacemos todos, pero como un regalo a todos, y disfrutó de ese regalo. Como cuando uno tiende la ropa, sí. Es un trabajo pero gusta extenderla, limpia y fragante, impolutamente blanca y sin arrugas ni estropicios, como pasa a veces con la vida, como la vida misma cuando vale la pena.