Opinión | Retiro lo escrito

Cabos sueltos

El exministro canario Héctor Gómez, a la salida del Congreso de la Diputados

El exministro canario Héctor Gómez, a la salida del Congreso de la Diputados / Efe

A veces los padres, cuando están exhaustos después de un duro día de trabajo, son capaces de aparcar el coche, abrir la puerta de casa y ya en el ascensor reparar en que han dejado al bebé en el vehículo. Algo similar ha ocurrido con Héctor Gómez, que hasta hace dos días era ministro de Turismo, y del que ahora se afirma que abandonará incluso su escaño para no se sabe qué. El destino ha sido cruel con Héctor Gómez. Es difícil saber lo que ha fallado. Es un militante leal –se repitió hasta el hartazgo que era amigo de Pedro Sánchez, como si los presidentes del Gobierno pudieran tener amigos– es un hombre trabajador y responsable, jamás se la ha escuchado ninguna inconveniencia, dislate o demasía, no suele participar en las refriegas partidistas. Y puede ser precisamente eso lo que le ocurre. Es ambicioso, por supuesto, pero parece incapaz de transitar por las ambiciones ajenas. Es celoso de su imagen pública y hasta de su cuota de pantalla, naturalmente, pero no sabe gestionarla ya no para ser sugerente, sino simplemente para que la gente no se olvide que está ahí. En un cuento maravilloso, Enoch Soame, el diablo pacta con un escritor mediocre la fama al cabo de su alma. Al final se lo lleva al infierno, y mientras lo arrastra le grita a un amigo: «Dile a la gente que he existido. Dile a la gente que he existido de verdad». Gómez, con toda su apostura de triunfal perdedor, siempre se me ha parecido mucho a Enoch Soame. Me gustaría romper una lanza por él y aclarar que ha existido. Que todavía es diputado. Que todavía existe.

El vulgo podría pensar que, en fin, Gómez fue elegido diputado el pasado julio, y allí podría y quizás debería seguir. Pero en la realidad política si uno ha sido ministro –incluso un ministro tan discreto como Héctor Gómez–quedarse como diputado peatonal es casi un desdoro. Por otra parte, en la constitución y distribución de las comisiones del Congreso de los Diputados, que se cerraron ayer, el exministro de Turismo está ausente, por lo que parece muy clara su salida de la Cámara Baja. Quizás siga la senda de Miquel Iceta y termine de embajador en Mongolia. No es imposible que lo destinen a presidir una empresa pública, aunque casi todas estén bien pilladas. Algunos lo sitúan en la lista al Parlamento europeo el próximo año, aunque parece difícil: Juan Fernando López Aguilar (obviamente) quiere repetir y se ha granjeado un sólido reconocimiento en el grupo socialista, y no solo entre los diputados españoles. Pero Gómez es una pieza que hay que encajar y se hará rápidamente. De la misma manera el aun flamante ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, designará a su antiguo viceconsejero de Comunicación, Ricardo Pérez, como jefe de su gabinete, para mecerle la cuna cuando necesite dormir, y al que fuera su viceconsejero de Presidencia, Antonio Olivera, como secretario de Estado. Y allá él.

Servidor diría que están claras tres cosas. Primero, que contra lo que le ocurrió a varios de sus predecesores, Torres quiere seguir liderando el PSOE canario como su secretario general y estará singularmente atento a cualquier brote de disidencia en la organización: la inminente reorganización del grupo parlamentario socialista en la Cámara regional ofrecerá algún indicio al respecto. El ministro quiere presentarse como candidato presidencial en las autonómicas del 2027 y arrancarse la espina de la decepción que lo arrasó el pasado mayo. Segundo, que el PSOE seguirá intentando romper discretamente pactos entre Coalición Canaria y el Partido Popular o, para ser más precisos, procurará expulsar del poder en cualquier espacio institucional a los conservadores, garantizando incluso la estabilidad de gobiernos coalicioneros. Y tercero, que los compromisos adquiridos por Pedro Sánchez con las fuerzas independentistas catalanas y los nacionalistas vascos los 1.500 millones de euros de la agenda canaria están más próximos a una fantasía escenográfica que a un objetivo político por el que el PSOE sería capaz de salvar cualquier dificultad. Los socialistas necesitan estabilidad y erosionar el poder autonómico y local del PP en toda España y, por supuesto, en Canarias. Y CC necesita una legislatura que dure, por lo menos, un par de años. Para que el olvido haga su magia.