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Entrevista | Rafael Rodríguez

"Estamos ante uno de los grandes textos de Mayorga"

"La inclusión de dos mujeres en el Gobierno es para darle más modernidad si cabe a la propuesta", destaca el director de Siete hombres buenos

Un instante en el que dos de los ministros se enfrentan por sus respectivos intereses.

Un instante en el que dos de los ministros se enfrentan por sus respectivos intereses. TONY HERNÁNDEZ

La compañía 2RC Teatro representa hoy y mañana, a las 20.30 horas, en el Teatro Cuyás, la obra Siete hombre buenos, un drama que aborda los conflictos de un gobierno que actúa en el exilio protagonizado por Blanca Rodríguez, Toni Báez, José Luis Massó, José Luis de Madariaga, Miguel Ángel Maciel, Abraham Santacruz, Ruth Sánchez y Luis O´Malley El director, Rafael Rodríguez, revela las características de un montaje que adapta el primer texto de Juan Mayorga y que llega a los escenarios en estreno exclusivo.

Juan Mayorga publicó Siete hombres buenos en los ochenta cuando gobernaba Felipe González. ¿Cree que eso ha influido en el propio dramaturgo?

Juan y yo no hemos hablado sobre la motivación. Pero lo cierto es que entonces se hablaba del exilio en una época en la que se empezaba a mirar lo que fue aquel gobierno de la República que, realmente, llegó hasta el año 77, cuando se aprobó la Constitución. Desapareció porque se entendió que ya había una democracia en España. Lo que si hemos hablado durante este tiempo es que queríamos distanciarlo del hecho real porque no es ni una crítica, ni un análisis, ni si quiera una reflexión de lo que fue el gobierno real de la República en el exilio. Es la anécdota, aunque es verdad que se habla de poder, que hay un escena en la que se habla de por qué se perdió la guerra.

Se trata de una nueva adaptación ¿Qué diferencias hay con respecto al texto original?

En el primer texto de Mayorga los referentes al exilio son mucho más concretos. Pero hemos querido distanciarnos de esos referentes. Se habla de una guerra, se habla de un exilio y de un tirano. Pero ni se nombra, ni se hace referencia a Madrid, ni al café Real donde se reunían los exiliados en México. La inclusión de dos mujeres en el gobierno es, también, para darle más modernidad entre comillas a la propuesta. Incluso sobre el lenguaje ya que en un momento se habla de siete hombres y hay una ironía por parte de Elvira que, aparentemente, es el personaje que está más loco y nos ayuda a hablar del momento de igualdad. Pero sobre todo lo que hemos hecho ha sido distanciarlo de la realidad de aquel gobierno que no nos interesa.

¿Y cuál podría ser el referente más claro en el texto?

Nos interesa hablar de cualquier gobierno que esté en el exilio. Puede ser incluso el doble gobierno que hay en Venezela con Guaidó y Maduro. Hay un gobierno que está gobernando un país que no gobierna. O el de Puigdemont en Bélgica, ¿Existe o no existe esa república? Hablamos sobre seguir con una ilusión que realmente no se tiene entre manos. Y, sobre todo, otro tema importante es el de la vuelta: cuándo se produce la posibilidad de volver. Estos hombres en el exilio, que están gobernando este país que aparentemente no controlan, tienen de pronto la posibilidad de volver porque ha habido un golpe de Estado y se ha restaurado el orden anterior. Ellos desean regresar, pero la vuelta ya sería diferente para cada uno. Hay uno que, evidentemente, no quiere volver porque ya ha rehecho su vida en el exilio y ha prosperado. Otro que sí porque quiere morir a su tierra. Y otro que no si no se resuelve el problema del asesinato de su padre que fue miembro del Gobierno pero que se lo cargaron desde su propio partido.

¿Es ese punto del regreso el más delicado de toda la obra?

Puede porque cuando aparece esa posibilidad resulta que no es fácil. Es un texto complejo desde el punto de vista de los temas que plantea porque no hay un solo tema, sino que se habla de la lealtad, de la traición, del exilio, del dolor, de la pérdida y de la nostalgia. Todos estos aspectos están en la obra, pero lo mejor que tenemos es que, siendo el primer texto de Mayorga, ya era un texto grande. Ahora, para mí, visto en el escenario y viendo cómo se mueve, cómo son los personajes y lo que se dicen, me parece que es uno delos grandes textos de Mayorga, de los importantes. Hay otros textos muy importantes suyos, pero este no se queda en la cola. Todo lo contrario. Yo pienso que hay un valor añadido. Hay ocho actores luchando sobre el escenario como en la película Doce hombres sin piedad, que es el referente de lo que tendría que ser la obra escénicamente de cara a la recepción del espectador y de cómo deberían recibirlo. Tendría que ser como una tensión permanente, como una montaña rusa que, de repente sube, empieza a bajar, sigue dando vueltas, parece que te vas a marear, y de repente vuelve a un llano y vuelve a subir o a bajar. Esa sensación de continuo movimiento, de que todo está desbocado pero que va por un carril, es lo que yo quiero generar en el espectador. Y mi referente es esa película donde se ve en los actores cómo son las tensiones, cómo se miran entre ellos, los silencios y las ironías.

Ha elegido, sin embargo, una escenografía muy austera.

Es algo sencillo pero muy pensado. Hay una mesa, una silla y una escalera, No es un teatro de efectos, ni de candilejas, canciones o proyecciones. Podía haber optado por eso, pero al final preferí una versión más artesanal, un montaje en donde la palabra tuviera mucha más fuerza.

¿Cómo se desarrola la trama de la obra básicamente?

Hay dos línea de acción. Una tiene que ver con la del gobierno que se reúne todos los viernes y recibe la noticia de que ha habido un golpe de estado en su país de origen ya que un tal Domenech, un general fiel a la República que esperaban 30 años a que se rebelara, lo ha hecho, y como tienen que volver se preguntan cómo y en qué medios han de hacerlo. Y luego está la otra trama que es la que trae Julia ya que ella ha vuelto al país de origen y está investigando la muerte de su padre, que era realmente el dirigente del partido previo al golpe de estado y se supone, según las noticias, que fue asesinado por soldados del tirano. Sin embargo, ella descubre que realmente los que se lo cargaron fueron miembros de su propio partido. Por tanto, ella acusa en un momento al presidente de este república que se supone que es un hombre noble, un hombre fiel, que quiere que sus ministros sean rectos y se incluye todo lo que sería el descubrimiento de ese asesinato. En toda eso surge la cuestión del honor, de lo qué fue en su momento la República, qué significó, o cómo se abordaría. Esas dos tramas se van intercalando.

¿Hay una visión pesimista sobre la clase política?

No es tanto hablar de política, sino de que los políticos son humanos, que se pueden equivocar o no, pero que como personas también tienen sus propios intereses. Es más hablar de seres humanos que de roles sociales. Hay un cierto pesimismo en un momento determinado, pero es verdad que Juan le ha dado muchas vueltas al final. Hubo un momento en el que creamos un final beckettiano y al final optamos por uno mucho más épico, con cierta esperanza y posibilidad de futuro. El texto original dejaba a los personajes como Esperando a Godot donde seguían esperando eternamente. Pero este final ha sido mucho más épico y esperanzador con visión de futuro ya que lo que realmente transmite es que hay que avanzar más que quedarse esperando.

La obra dura en torno a una hora y 40 minutos que transcurren en tiempo real. ¿Cuál sería la secuencia desde el punto de vista de su desarrollo?

Partiría de que el Consejo de Ministros en el exilio se reúne todos los viernes. Y este viernes es uno en el que viene Julia que se ha enterado de que ha matado a su padre gente de su propio partido. Ese es el desencadenante y dura lo que dura esa reunión. No hay flasback ni saltos de escena. Es una obra de estructura clásica, yo diría que renacentista, y en muchos casos hay referentes a Antígona y Shakespeare. Pero es, sobre todo, una obra clásica porque mantiene la unidad de tiempo y acción.

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