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La Provincia - Diario de Las Palmas

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En la tierra de un turista guerrero

Los escritores y periodistas de turismo españoles visitaron uno de los estados más legendarios de Méjico

Vista de los tejados de Taxco desde Del Ángel Inn. M.H.B./P. DE LUCAS

La propuesta de un viaje a Méjico nos excita. Siempre. Incluso a lugares que hemos visitado. Como fue en diciembre pasado el Estado de Guerrero, que muestra páginas brillantes: épicas y entrañables, de la conquista y colonización. O haber engarzado la primera de las globalizaciones al convertirse en el último eslabón para perimetrar el planeta y conectar con Oriente desde su bella costa, que será con los siglos un glamuroso destino turístico; porque desde ese litoral, que nos es más familiar si decimos Acapulco, se despedía y, tras un año, se recibía a la mítica e inmensa Naos de China, escala en Filipinas y mantón de Manila, abriendo así el comercio entre Europa y la exótica y rica Asia.

Los primeros días los pasamos en Taxco, que es una de esas urbes medievales mejicanas de calles curvilíneas, blancas casitas cubiertas de tejas árabes, calzadas empedradas y empinadas en las que se aposentan abigarrados mercadillos o vetustos abarrotes de aceite y vinagre; de bella catedral churrigueresca del XVIII pegada a una arbolada plaza o zócalo con kiosco de música, alrededor del cual flirtean jóvenes y surgen amoríos al son de románticos sones de mariachis jilgueros. Música que es Patrimonio Intangible de la Humanidad. O niños degustando chicharrones en garepas, pirulines, helados caseros... Es conocida como la Capital de la plata, y sus innumerables tiendas, en las que prolífera la imaginación artesana azteca, tientan al viajero. En el subsuelo del hotel Posada de la misión, donde nos alojábamos, está "la mina de Taxco", que se enseña con fines turísticos: galerías de 300 metros a 40 metros de profundidad; se mandó tapar al avistarse las huestes de Cortés, permaneciendo así 500 años, por lo que fue desconocida hasta que durante unas recientes obras se descubrió. El espléndido hotel colonial pide a gritos remozarse y una gestión puesta al día.

Como ciudad muy visitada no faltan restoranes, hoteles, posadas, cantinas o populares puestos de tortillas, tacos, enchiladas, antojitos, quesadilla... Méjico en el asunto culinario es la mayor potencia americana, y por ello consiguió otro Patrimonio Inmaterial de la Humanidad; lo que pretende conseguir Perú en 2020 como regalo al conmemorarse el bicentenario de su independencia.

A los mejicanos les gusta rebautizar las cosas; en realidad, Taxco es Taxco de Alarcón. Y tiene otra denominación más: Ciudad Luz, que advertimos segura y con policías deseosos de platicar. Saliendo en automóvil desde Méjico DF, es parada y fonda para alcanzar el Triángulo del Sol; del que también forman parte Acapulco y Zihuatanejo-Itxapa, de clima excepcional y prestigiosos destinos turísticos, en donde se celebraría el Congreso Internacional de la FEPET. Comimos muy bien en hoteles como el lujoso Montetaxco, con panorámicas vistas de águila; la zigzagueante carretera que le permite el acceso es también asombrosamente empinada; los ingenieros no daban con un trazado y, tras meses errando, un sencillo campesino les dijo: "Dejen subir a mi burro y tracen el camino sobre las huellas que va dejando". Y tuvimos un banquetazo con colorista folklore en un remanso de paz.

Nos deleitamos recorriendo la bella catedral, que sufragó el aragonés José de la Borda con parte de lo que ganaba con sus minas. "Si Dios da a Borda, Borda da a Dios", dicen que dijo. O visitar la casa de aquel escritor del Siglo de Oro español, Juan Ruiz de Alarcón, de acaudalados abuelos mineros, autor de Las paredes oyen, La verdad sospechosa, Ganar amigos, Examen de maridos, Pechos privilegiados... Es tal su prestigio que la ciudad le sisó el apellido.

Un día nos saltamos un almuerzo institucional e invitamos a un tal Mario Hernández Bueno a conocer el plato más famoso de Taxco de Alarcón: el Mole rosa, en el lugar donde se inventó: Del Ángel Inn, al lado de la Catedral. El restorán es la remodelación de unas antiguas casonas de varios pisos unidas. Un laberinto. Nos sentamos en una de sus terrazas, Mario y nosotros, prácticamente solos, oíamos embelesados los boleros de un trío al tiempo que contemplábamos el tapiz de tejados de la ciudad. El plato es el alter ego del celebérrimo Mole poblano, pero con el chocolate blanco. Y antes llegaron un generoso bowl con mantequilla y unas tortillas de harina de trigo tostadas triangulares, crujientes, calientes. El Mole nos recordó el medieval Manjar blanco; lleva, además de pollo, nueces, piñones, chiles mulatos, pasillas, anchos, chiplotes y mecos, almendras, pétalos de rosa..., si bien el color se lo da el zumo de la remolacha. Nos encantó tan barroco manjar. Vino con frijoles fritos, arroz blanco. Es el mejor restorán de Taxco. Comimos y bebimos, hasta quedar de los más satisfechos, atendidos por ese servicio llevado por los entrañables, amables y serviciales, pero de casta hidalga, mejicanos. Y comentamos que daríamos cualquier cosa para que se les conceda otro Patrimonio Internacional a esa humanidad. Y todo, por menos de 20 euros.

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