Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Carlos de Inglaterra, ecologismo con calzador

El Príncipe de Gales, reconocido activista contra el cambio climático, obligó a un jet militar, altamente contaminante, a cubrir 2.400 kilómetros para recuperar un objeto personal

"Estoy firmemente convencido de que los próximos 18 meses decidirán nuestra capacidad para mantener el cambio climático en niveles que podamos sobrevivir, y para restaurar el equilibro natural que necesitamos para nuestra supervivencia". Esta tesis es de Carlos de Inglaterra. En puridad, ya no quedan esos 18 meses: el Príncipe de Gales marcó ese plazo en julio, durante una reunión con los ministros de Exteriores de la Commonwealth, así que estaríamos a unos quince meses del abismo, semana arriba semana abajo. Una advertencia que de venir de otro activista mediático como Greta Thunberg o Al Gore coparía titulares, pero que en el caso del primogénito de la incombustible Isabel II queda bastante desdibujada tras salir a la luz su predilección por los vuelos privados y sus escasos miramientos para controlar su huella de carbono.

Las costumbres, nada edificantes, de Carlos de Inglaterra han salido a la luz con el libro ...And What Do You Do? What The Royal Family Don't Want You to Know ( ¿...y qué haces? Lo que la Familia Real no quiere que sepas), escrito por Norman Baker y de reciente publicación. Baker, un escocés que llegó a ministro en el gobierno de David Cameron, analiza en el volumen -que está levantando una auténtica polvareda en el Reino Unido- las finanzas de la Familia Real Británica. Gracias al libro, los leales súbditos de su majestad saben que la reina tiene una fortuna estimada en 1.800 millones de euros, o que Guillermo y Enrique heredaron cerca de quince millones por cabeza tras la muerte de su madre, la añorada Lady Di. Pero además de la riqueza de los Windsor, el libro de Baker ha desvelado algunas historias rocambolescas que dejan en no muy buen lugar a sus protagonistas. Y una de ellas tiene en el reparto al príncipe Carlos y a un calzador.

Baker no fija las fechas de la historia, aunque precisa que se produjo durante un viaje del heredero británico a Canadá. Tras una estancia en Winnipeg, al sur del país, la comitiva real se desplazó hasta Isla Victoria, en el archipiélago Ártico. Una vez allí, siempre según el relato de Baker, Carlos se puso furioso al descubrir que su ayudante de cámara se había olvidado en Winnipeg su calzador favorito. El cabreo tuvo que ser mayúsculo, ya que la solución al flagrante descuido del sirviente fue fletar desde la ciudad sureña un avión a reacción de las fuerzas armadas de Canadá para trasladar el añorado calzador.

Tras hacer los 2.400 kilómetros de travesía, cruzando de cabo a rabo el país norteamericano, el calzador fue recibido en el aeropuerto de Isla Victoria con honores poco menos que de jefe de estado: allí le esperaba un convoy policial que custodió al objeto hasta que se pudo reunir, felizmente, con su propietario.

Objetos fetiche

Probablemente, la anécdota pondría furiosa a una activista como la jovencísima Greta Thunberg, que este verano se cruzó el Atlántico en velero para minimizar la huella de carbono de la travesía. Pero antes de juzgar al príncipe Carlos hay que tener en cuenta la predilección de los monarcas británicos por sus calzadores. Isabel I, la Reina Virgen, se jactaba de tener nada menos que 22 de estos utensilios: 18 realizados por el artesano Garrett Johnson y otros cuatro fabricados en metal por dos herreros, que seguramente serían los de diario. Además, las piezas de otro cotizado artesano de la época, Robert Mindum, son hoy obras de coleccionista, que pueden alcanzar en subasta cantidades próximas a los 6.000 euros. Se desconoce si el calzador favorito de Carlos es un Mindum o un simple utensilio moderno fabricado en serie, pero debe de ser realmente cómodo. Claro que, con episodios como este, el pretendido talante ecologista del Príncipe de Gales no entra ni con calzador.

Compartir el artículo

stats